Los hermanos belgas, Jean Pierre y Luc Dardenne han filmado como pocos realizadores las negruras y perversidades que se esconden tras las autocomplacencias urbanas europeas. Especialmente en su propia ciudad, Lieja, escenario de todas sus películas. Esas películas suyas que remueven conciencias biempensantes y adormecidas, con su dureza sin paliativos ni anestesia. Cuatro títulos en su haber y dos Palmas de Oro en el Festival de Cannes, con ‘Rossetta’ en 1999 y ‘El niño’, en 2005. Con la que nos ocupa, coproducción entre Francia, Gran Bretaña y Bélgica, fechada en 2008, obtuvieron el del Mejor Guión, pues ellos también son guionistas, en ese mismo Certamen en el 2008.
Se trata de una crudísima denuncia, con factura de cine negro, de las condiciones en que sobreviven los inmigrantes, carnes de las mafias, dispuestos a todo por conseguir la nacionalidad. Es el caso de Lorna, una estupenda Arta Dobroshi, quien, para lograr el objetivo de la ciudadanía legal y así poder regentar un bar con su pareja, accede a un matrimonio de conveniencia con un toxicómano. Luego, deberá separarse y volver a casarse con un ruso y convertir, a su vez, a éste en belga. Para acelerar este último proceso, en el que hay mucho dinero implicado, los delincuentes traman un plan terrible que implica la complicidad, el silencio, de la protagonista.
Los directores plasman en imágenes tan oscura historia con el estilo austero, bronco y áspero que les caracteriza, sin concesiones sentimentales o estéticas, sin tregua ni piedad. Sin trampas, ni lenitivos. Sus miradas son complejas y corrosivas, abarcando todas las perspectivas. Las de los explotadores mafiosos, las de las víctimas, las de las víctimas de las víctimas, hasta el último y más vulnerable eslabón de esa cadena terrible e insidiosa que no parece tener fin. Y que también incluye lo que no se muestra, o se hace indirectamente, nuestra propia responsabilidad como ciudadan@s en este estado de cosas. En las miserias económicas, sociales y morales, entre las que malviven y mueren tantas personas a las que no aceptamos como compatriotas.
Carmen Jiménez