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SEFF, 16 Edición. Sección Oficial. Toma 11. ‘El reflejo de Sibyl’: Una terapia peligrosa

Quien esto firma, vuelve a lamentar que la segunda mirada de mujer de este Concurso tampoco le haya resultado nada estimulante, sino todo lo contrario. Se trata de una coproducción franco-belga, de 100 minutos de metraje, dirigida y coescrita, junto a Arthur Harari, con diálogos de David H. Pickering, por Justine Triet – guionista, actriz y cineasta de la cosecha del 78, de la que esta firmante apreció mucho ‘La batalla de Solferino’ (2013), integrada en la Sección de Las Nuevas Olas del SEFF de ese año y cuya entrada tienen en este blog- cuya excelente fotografía es de Simon Beaufils y cuya música suena estridente y exasperada. Casi tanto como la propia historia…

Una historia delirante, entre la comedia y el drama psicológico, sobre una terapeuta que quiere retomar su vocación de escritora y, por ello, deja a la mayoría de sus pacientes. Pero no puede desatender las súplicas para que la analice de una actriz al límite. Con lo que no contaba es que tal relación profesional cuestionará su microcosmos y conectará con sus fantasmas más ocultos y personales, transgrediendo todos los códigos deontológicos de su oficio.

Se ha escrito delirante porque su guión no tiene ni pies, ni cabeza. Ni tan siquiera un mínimo de verosimilitud. Porque aunque contiene gags y situaciones francamente divertidas – esta firmante se rió a carcajadas con algunas de ellas – están narradas y filmadas buscando el efectismo, sin ninguna base lógica ni en el desarrollo del relato, tan espasmódico y atropellado, ni en el tratamiento – superficial, epidérmico, inexistente… – de los personajes. Porque incluso hay momentos en que pareciera que solo se focalizara el papel de celofán resultón de una dramedia de lujo con erotismo de alto voltaje. Porque… y así podríamos seguir y seguir

Menos mal que el final, aún confuso y epatante, restituye algo, solo algo, de cordura. Pero no es suficiente.

Para que les conste, fue muy aplaudida y celebrada. Véanla y opinen por sí mism@s. La pelota está en sus tejados.

 

SEFF, 16 Edición. Sección Oficial. Toma 10. ‘Dios existe, su nombre es Petrunya’: La cruz patriarcal

Teona Strugar es una guionista y cineasta macedonia, de la cosecha del 74 y una de las tres miradas de mujer de esta Sección con su última propuesta, esta que nos ocupa. ‘Dios existe… venía precedida de referencias críticas contrastadas pero que ponían el acento en afirmaciones tales como “clara y rotunda radiografía del machismo ancestral’. Lamentablemente, y aunque algo de eso haya, el cómputo global se salda con una enorme decepción.

Porque la peripecia de una licenciada en Historia treintañera – algo sobrada de peso, desempleada, viviendo aún con una madre con la que tiene una relación de amor-odio y con un padre al que adora – que, por un capricho del destino, se hace con una cruz que un sacerdote ortodoxo arroja al agua, que solo pueden coger hombres preparados al efecto y que promete suerte para todo el año… se queda muy corta de alcances.

El arranque es divertido y dinámico. Pero el guión, a partir de que ella es detenida, por la denuncia de su propia progenitora, con la cruz que ha “ganado”, de que es retenida absurdamente en la comisaría, de que sus rivales la presionan, agreden e intentan arrebatarle el preciado trofeo, mientras una periodista – que no puede conciliar por su ex – y un cámara lo filman todo… hace aguas por todas partes.

Porque las situaciones son progresivamente más inverosímiles, porque la lógica desaparece de la función, porque el ritmo baja, porque el tono está forzado y un incipiente romance aún más. Porque, a la postre, el final es absurdo, conservador y patriarcal hasta decir basta y elimina cualquier atisbo crítico. Porque tenía muchas posibilidades de ser incisiva, cáustica y transgresora y las desaprovecha todas lamentablemente. Su protagonista, Zorica Nusheva, es claramente superior al personaje.

Coproducción entre Macedonia, Bélgica, Francia, Croacia y Eslovenia de 100 minutos de metraje. El guión, ya citado para mal, lo firman la propia directora y Elma Tataragic. La buena fotografía se debe a Virginie Saint-Martin y la aceptable banda sonora es de Olivier Samouillan.

En fin, una pena. La pelota, en sus tejados.

 

SEFF, 16 Edición. Sección Oficial. Toma 9. ‘Martin Eden’: Clase y cultura

Quien esto firma no ha leido ‘Martin Eden’, la novela autobiográfica de Jack London. Lo que no le ha impedido disfrutar – y también irritarse, todo sea dicho – con su adaptación cinematográfica firmada y escrita, junto a Maurizio Braucci, por Pietro Marcello – cosecha del 76, documentalista hasta que debutó en la ficción con ‘Lost and Beautiful’ (2015) – de la que, por esta razón, ignora su fidelidad a la letra profunda de su homónima literaria.

Coproducción entre Italia, Alemania y Francia de 129 minutos de metraje. A la autoría de su guión ya nos hemos referido. Su excelente fotografía la firman Alessandro Abate y Francesco di Giacomo y la banda sonora, que no le va a la zaga, Marco Messina y Sacha Rizzi. Sus factura y producción son impecables. La historia sigue a un joven marinero muy pobre que accidentalmente salva la vida de un chico rico, quien, no solo le introduce en su ambiente, y de cuya hermana se enamora y es iniciado por ella en los placeres del conocimiento que le descubrirán su vocación literaria y asentarán sus ideas filosóficas y políticas, en plena ebullición de las socialistas entre un proletariado luchador y pujante.

Estamos ante una película-río, deslumbrante, poderosa, magnética y febrilmente narrada. Estamos ante una película brillante, tan moderna como producto de su época, tan clásica como atemporal y tan vibrante como reflexiva. Especialmente sensible en lo que respecta a su toma de posición de clase en un siglo en el que la educación era privilegio exclusivo de las más privilegiadas. Estamos ante un homenaje a la lectura y a la escritura, a las inquietudes más intelectuales, así como a la solidaridad obrera frente a la esclavitud de unos trabajos explotados y de unas condiciones de vida infames.

Pero también ante una escritura demasiado enfática, que pasa de puntillas sobre los personajes, cuyas protagonistas femeninas son esquemáticas hasta decir basta y que es efectista y epatante en ocasiones. En cuanto al personaje central, con el que quien esto firma empatizó a duras penas, por su feroz individualismo, prepotencia y desclasamiento, también está dividida en cuanto a su intérprete – Luca Marinelli – Mejor Actor en Venecia – que le resulta tan magnético y solvente, como sobreactuado.

En cualquier caso, ha concitado entusiasmos generalizados y debe verse.

SEFF, 16 Edición. Sección Oficial. Toma 8. ‘Longa noite’: Nos queda la palabra

Eloy Enciso, cosecha del 75, es una de las voces más singulares del cine gallego. Lo demostró sobradamente en ‘Arraianos’ (2012) y lo confirma en esta su última propuesta. Sus señas de identidad fílmicas, centradas en comunidades cerradas y claustrofóbicas en bellísimos entornos rurales de su tierra, están también en ‘Longa noite’, aunque su temática sea muy diferente.

La historia, ambientada en la primera parte de la posguerra, sigue a un hombre que vuelve a su aldea para concitar el odio y la sospecha tanto en vencedores como vencidos. Esta es una sinopsis muy esquemática, que no da la medida de un tratamiento narrativo y estilístico muy pausado, deliberadamente no naturalista, poético, en el que se hace un tributo a la Memoria Histórica, de una forma valiosa, necesaria y nada convencional, con textos de Max Aub o Alfonso Sastre con cartas de presos del franquismo.

Para captar en toda su profunda complejidad la esencia de este filme hipnótico y poliédrico, hay que dejarse llevar por su ritmo pausado y por la sugerencia de sus palabras e imágenes, tanto más interesantes cuanto más avanzan sus 93 minutos de metraje. Hay que dejarse envolver por sus imágenes debidas a la prodigiosa fotografía del gran Mauro Herre y por los meandros de un guión que firma el propio Enciso.

Pues eso. Háganlo.

 

SEFF, 16 Edición. Selección EFA. Toma 7 ‘Sons of Denmark’: Fascismos

El danés Ulaa Salim, cosecha del 87, concibió este thriller político – su debut en el largometraje – tan poderoso como efectista, tan estremecedor como reduccionista, tan contundente como un puñetazo en el estómago, localizándolo en el futuro. Aunque en muchos países, como el nuestro, se ha hecho realidad el arrollador ascenso de una fuerza totalitaria de derechas. El arrollador ascenso de un fascismo neofranquista que se ha impuesto como el tercero en el ranking parlamentario. Para nuestro miedo y nuestra vergüenza…

Pueden ustedes figurarse el impacto que esta historia – en la que el ascenso imbatible de los radicales de extrema derecha, los Hijos de Dinamarca del título, y su feroz y sucia lucha contra una inmigración, a la que criminalizan como terroristas, mientras unos jóvenes van radicalizándose en respuesta y en sentido contrario y en medio está un policía en conflicto entre sus lealtades profesionales y su identidad –  en una sala llena, a una hora en la que se cerraban los colegios electorales y ya corría el run run de que los innombrables habían arrasado.

Pueden ustedes imaginarse tal conmoción, el silencio sepulcral con que fue seguida su proyección, el estremecimiento que nos recorrió al pensar que tal horror del ascenso al poder de esos malvados también podría hacerse realidad aquí. Para quien esto firma, tuvo, además de todo lo citado, el efecto secundario añadido de nublarle el entendimiento y la necesaria capacidad de análisis crítico que ya, elaborando y pensando la película, cree haber recuperado.

Porque esta ópera prima tiene tantas cualidades como defectos. Tanta fuerza como debilidades argumentales. Tantos aciertos y giros inesperados, como fallos garrafales. Tanta lúcida rabia como tramposas concesiones. Tanta verdad como fuegos de artificio. Tanta contundencia en su condena como maniqueismo. Pero aún así, desde luego que hay que verla.

120 minutos de metraje. Su guión, para lo mejor y para lo peor, lo firma el propio director. Su factura es impecable. Su espléndida fotografía se debe a Eddie Klint. Y su banda sonora, que subraya y potencia lo narrado, a Lewand Othman. Su reparto es sólido e impecable, pese a algunos trazos de brocha gorda en el retrato de los personajes.

Pues eso, teníamos que verla precisamente esta noche. Oportuna la programación. VÉANLA.

SEFF, 16 Edición. Sección EFA.Toma 6. ‘Dirty God’: Retrato de una mujer en llamas…

Quien esto firma, cuando entra y sale del metro sevillano, – cosa que hace continuamente en este Festival – mira con dolor y rabia las fotos de la campaña institucional de la Junta de Andalucia con esas mujeres sonrientes y exultantes – modelos publicitarias en realidad de una clínica dental – con el lema: “Ella ha sufrido malos tratos, pero la vida siempre es más fuerte”. Lema con el que se responsabiliza insidiosamente a las víctimas de sus propios sufrimientos y con el que se pretende banalizar y falsear los devastadores daños colaterales del terror machista.

Esto viene al caso al respecto de la película que nos ocupa – coproducción entre Holanda, Reino Unido, Bélgica e Irlanda, de 104 minutos de metraje, dirigida por la joven y prestigiosa guionista y directora holandesa Sacha Polak, cosecha del 82, quien también la ha escrito junto a Susie Farrell. La excelente fotografía la firma Ruben Impens y la vibrante banda sonora, en la que suenan temas musicales muy potentes, Rutgers Reinders – en la que se nos cuenta la historia de una joven soltera, con una niña pequeña, que vive bajo los terribles efectos del, inesperado por ella y premeditado por él, alevoso ataque con ácido de su ex pareja.

Un terrible ataque con demoledoras consecuencias físicas, mentales, vitales, laborales y emocionales que se nos van desgranando a lo largo de este drama tan profundo como poco convencional de fondo y de forma. Varias operaciones a sus espaldas, una hija a quien asusta su aspecto; una abuela paterna que – insensiblemente y con la complicidad de su propia madre se empeña en verla como si nada hubiera pasado, llevándole recados del odioso progenitor. Una autoestima dañada en lo más profundo. Unas curas muy dolorosas. Unas operaciones aún pendientes. Una cirugía soñada, pero económicamente inalcanzable…

…Un cuerpo y una cara en los que no se reconoce. Una máscara que cura y que esconde. Una progenitora muy joven que quiere proteger a su nieta y propiciarle un ambiente estable. Una autoestima herida en lo más hondo. Una sexualidad imposible como no sea vía internet. Unas imágenes traidoras y humillantes. Unas cicatrices que se repudian. Unas pesadillas que acechan en la noche. Unas llamas que no son de pasión. Un Dios sucio, como el título, a quien culpar además de al responsable.

Unas noches en blanco, de música, de alcohol,  de aturdimiento y de sustancias ilegales con colegas, pero no amig@s de verdad. Un deseo que se concreta y se pierde. Un trabajo que ordena, en el que encuentra a una buena compañera, pero en el que también es insultada. Una estafa, tras un hurto. Una clínica que nunca fue en otro país. Un juicio, un retomar la propia vida y aceptarse. Un…

Y todo ello contado con un ritmo trepidante. Con una puesta en escena lisérgica pero en la que se profundizan situaciones y personajes. Unas canciones que registran sentimientos. Unas emociones, y nunca mejor dicho…, a flor de piel.

Una protagonista excepcional – Vicky Knight, no profesional – cuyas cara, cuerpo y quemaduras son reales, ya que su familia sufrió, siendo ella pequeña, los ataques de un pirómano en su casa mientras dormían en el que fueron asesinados sus dos primos y el hombre que la salvó – que trabaja en la Unidad de Quemados del Hospital de Essex, donde fue tratada y que vivió experiencias muy parecidas. Una intérprete de excelencia a la que todos los reconocimientos le son debidos.

VÉANLA, NI SE LES OCURRA PERDÉRSELA.

 

 

SEFF, 16 Edición. Sección Oficial. Toma 5. ‘Gloria mundi’: La clase obrera NO va al paraíso

Quien esto firma se ha sentido profundamente decepcionada, cuando no irritada, con esta última propuesta de uno de sus referentes cinematográficos, el actor, productor, guionista y director francés Robert Guédiguian, cosecha del 53. Un ciudadano de izquierdas y muy comprometido socialmente en títulos como ‘Marius y Jeannette’ (1997), ‘Marie-Jo y sus dos amores’ (2002) y ‘Las nieves del Kilimanjaro’ (2011), entre una extensa filmografía casi toda ella ambientada en su querida Marsella natal y con un equipo técnico-artístico al que es fiel desde sus comienzos, comenzando por su mujer, la excelente Ariane Ascaride, Gérard Meylan, Jean-Pierre Darroussin o Anaïs Demoustier, entre otr@s.

‘Gloria Mundi’ tiene un comienzo vibrante y emotivo, con el nacimiento de una niña en el seno de una familia trabajadora. Su abuelo adoptivo es conductor de autobuses; su abuela, limpiadora; su madre, dependienta; su padre, chófer por encargo y su abuelo biológico, muy aficionado a los haikus, acaba de salir de la cárcel. Tod@s ell@s atraviesan graves problemas laborales y económicos, salvo su tía y su tío a quienes les resulta muy rentable su tienda de compraventa y arreglo de todo tipo de artículos en un barrio deprimido. Pero a tod@s les alegra muchísimo esta llegada, hasta que las circunstancias les asfixian…

…A ellos y a nosotr@s, l@s espectadores, también. Porque esta familia va de desgracia en desgracia sin solución de continuidad, sin apenas verosimilitud en las situaciones, sin gradación del tempo y del ritmo, sin evolución de los personajes que están muy esquemáticamente tratados y retratados. Especialmente chirriantes, odiosos y maniqueos los de las dos hermanas y el cuñado…

El que también existan lazos de afecto y solidaridad en este grupo humano, especialmente por parte de los dos hombres maduros, y el que haya una mínima reflexión – aunque desaforada y llena de clichés – sobre los devastadores efectos del capitalismo salvaje en una clase obrera sin conciencia y cada vez más desarmada, tales valores no compensan los llamativos fallos citados.

107 minutos de metraje. Escrita por el propio realizador y Serge Valletti, con una digna fotografía de Pierre Milon. El reparto está impecable, Ascaride fue justamente premiada en Venecia y poco más hay que añadir.

Escrito queda. La pelota en sus tejados.

SEFF, 16 Edición. Sección Oficial. Toma 4. ‘La Gomera’: Si me necesitas, silba

El premiado y prestigioso guionista y director rumano Cornelio Porumboiu, cosecha del 75, está considerado uno de los representantes más paradigmáticos de la llamada Nueva Ola de la cinematografía de su país. En esta singular película nos muestra algunas de sus señas de identidad en el mejor y en el peor sentido. Ahora se entrará en ello.

Coproducción entre Rumanía, Francia y Alemania, de 97 minutos de metraje. Escrita por su realizador, con una fotografía que no destaca especialmente por su calidad, excepto en la traca final, de Tudor Mircea. Su factura, todo hay que decirlo, es bastante tosca aunque quien esto firma sospeche que es intencionado. La historia es un relato coral de policías, policías corruptos y mafiosos en la que uno de los servidores del orden, un doble agente, va a la isla del título para aprender el silbo, lenguaje no articulado pero muy preciso, y así descubrir dónde esconde uno de los delincuentes 30 millones de euros.

Articulada en epígrafes que hacen referencia a l@s protagonistas, es una mezcla algo indigesta entre thriller, políciaco, neo-noir y con numerosos guiños al cine negro norteamericano de los años 40 y 50. De hecho, una de las tres mujeres – todas muy listas, hay que decirlo – se llama Gilda y a fe que la cámara se recrea, incluso demasiado y objetalmente, en sus voluptuosidades. También aparece una secuencia de una película de Ford con John Wayne.

Por lo demás, la trama se complica innecesariamente sin ser compleja y el guión, especialmente en su tramo final, tiene vacíos creando situaciones tan inverosímiles como enrevesadas. Pero, eso sí, particular lo es un rato…

Escrito queda.

 

 

SEFF, 16 Edición. Sección EFA. Toma 3. ‘El joven Ahmed’: Fanatismo, misoginia y… especismo

Quien esto firma, lamenta mucho dejar constancia en estas páginas de su deserción de esta película de sus admirados y comprometidos política y socialmente hermanos Dardenne. O lo que es lo mismo, de los guionistas, productores y cineastas belgas Jean Pierre, cosecha del 51 y Luc, cosecha del 54, Dardenne. Ambos con títulos mayores en su haber como ‘Rosetta’ (1999), ‘El hijo’ (2002), ‘El niño’ (2005) o ‘El niño de la bicicleta’ (2011).

Y ello pese a que tenía mucho interés en verla, puesto que el tema de la radicalización religiosa de un adolescente musulmán, europeo de segunda generación, con una madre viuda y unas hermanas aperturistas, presa fácil de un imán sin escrúpulos, le parecía de la más palpitante actualidad y del máximo interés.

Lo cierto es que la historia discurría como una inteligente crítica a tal fanatismo, con un profundo respeto a otras interpretaciones coránicas, y a la feroz misoginia que conlleva, como una de sus señas de identidad. Hasta que, sin hacer spoiler, y como consecuencia de un delito cometido por el protagonista, recala en un reformatorio que colabora con una granja…

A la animalista que esto firma le pareció indignante que se diera por bueno y rehabilitador que el chico trabajara en tal centro de torturas y explotación de animales. Porque se nos muestran a las vacas encadenadas y en batería; porque se nos muestra a los terneros apartados de sus madres desde el mismo momento en el que nacen; porque se nos muestra el ordeño industrial a destajo para sacarle la máxima rentabilidad a una leche que no debería ser destinada a la especie llamada humana; porque se nos muestran a estos animales inocentes tan cariñosos con sus opresores quienes, a su vez, nos son mostrados como personas amables y compasivas… No pudo seguir y se marchó.

Lástima que la conciencia de izquierdas no incluya, en el caso de sus autores y en el de una gran mayoría de personas, la conciencia antiespecista, que también es política. La conciencia de y por los derechos animales.

Para que conste, escrito queda.

SEFF, 16 Edición. Sección Oficial. Toma 2. ‘De repente, el paraíso’: Extranjero de sí mismo

La proyección de esta película ha tenido un retraso de casi media hora cuando a una  parte del público presente – pues estaba la sala 11 del Nervión abarrotada con gente de pie, sentada en las escaleras y mucha aún esperando para entrar… – se le ha trasladado a otra para que hubiera dos proyecciones simultáneas pero, al no tener opción de subtitulado en ambas, tod@s hemos ido a parar a la misma, la mucho más amplia número 1. Un fallo que la organización deberá subsanar para no repetir el retraso y las incomodidades. Y ello en el primer día del Festival.

Volviendo a esta singular propuesta fílmica que nos ocupa, se trata de una libérrima versión autobiográfica de la peripecia vital y cinematográfica de su firmante – el actor, guionista, productor y cineasta palestino, con nacionalidad israelí, Elia Suleiman, cosecha del 60, con títulos como ‘Intervención divina’ (2002), Mención Especial del Jurado y Premio FIPRESCI de la crítica de ese año en Cannes – en clave tan delirante como surrealista y metafórica.

En efecto, con ecos de  Jacques Tati, Roy Andersson y Aki Kaurismaki, el realizador – una suerte de Buster Keaton silencioso, impasible e hierático – va trenzando retratos humanos y personajes, entre absurdos y ferozmente críticos, situándose él mismo como protagonista y alter ego de l@s espectadores-as a quienes nos es dado contemplar la  disparatada, cáustica e irreverente tragicomedia humana que se representa tanto en Nazareth, París o Nueva York ante sus y nuestros ojos.

Un relato fílmico que rompe cualquier cliché con respecto al cine comprometido y militante de su país secuestrado, pero que contiene notables cargas de profundidad. El arranque y el final son apabullantes, pero tiene desajustes de ritmo y una cierta arbitrariedad en su contenido, capaz de altas cotas pero también de toscas metáforas y clichés. Carne de Festival al ciento por ciento.

Y, desde luego, debe verse.