Esta película resultó elegida para debatir en nuestra tertulia de cine Luis Casal Pereyra, pero su estreno se retrasó y no pudo ser. Quien esto firma, que la tenía pendiente, abandonó el pasado viernes su confinamiento térmico para verla en una sesión doble, que incluyó a otra muy estimable, de la que se dejará también constancia en estas páginas.
Quien esto firma no duda de las buenas intenciones de su realizador – el israelí Eran Riklis, cosecha del 54, que ha filmado series de televisión, spots publicitarios y títulos para el cine tales como ‘La esposa siriana’ (2004), ‘Los limoneros’ (2008) o ‘Mis hijos’ (2014), entre otros muchos – por su compromiso social plasmado en ellos.
Un cineasta, un hombre de formación cosmopolita, que afirma que «es díficil vivir en Tel Aviv hoy, pero lo es más siendo un niño palestino en Gaza». Un cineasta que ha demostrado su interés en reivindicar, como lo hace en esta que nos ocupa, los derechos de las mujeres.
Un cineasta que ha tomado partido en la ficción por su protagonista femenina, la eminente actriz palestina Hiam Abass, frente al ministro de Defensa israelí en la anteriormente citada ‘Los limoneros’. Un cineasta, un humanista, que comparte con esta firmante su rechazo integral a las teocracias fascistas y ferozmente misóginas.
Un cineasta que, en 2009, se enamoró del libro que, 16 años después, daría lugar a este filme y llamó a su autora, la iraní Azar Nafisi, exiliada en Estados Unidos y con doble nacionalidad, para preguntarle si él, director judío, podía adaptar su novela homónima al cine y ella se lo dio.
Un cineasta que, en 2015, afirmó «que estaba de los dos lados, que no reconocía que hubiera dos lados», aunque ahora… Un cineasta cuyas películas son financiadas por capital judío, e italiano también en este caso y eso no deja de ser contradictorio. Sobre todo con la que está cayendo.
Un cineasta que filma esta historia sobre una profesora iraní, que vuelve a su país con su marido tras la llamada revolución, y, a lo largo de los años, se siente progresivamente más oprimida como mujer, como profesional y como ciudadana y opta por crear un club de lectura en su casa, secreto y clandestino, con sus alumnas más aventajadas.
Un cineasta que mira a estas mujeres letraheridas con admiración y respeto, que empatiza con ellas en sus luchas contra un Estado que conculca sus derechos más fundamentales. Que sabe mostrar sus valores y coraje frente a la represión, junto con la sororidad que las une.
Pero que, en opinión de esta firmante, que no ha leído el libro original, pone más el acento en los golpes de efecto y subrayados innecesarios que en profundizar sobre las diferentes personalidades de las protagonistas y sus lecturas, en el más amplio y complejo sentido del término, de clásicos como ‘El gran Gatsby’, ‘Daisy Miller’ u ‘Orgullo y prejuicio’.
Acierta, en cambio, con la honestidad de calificar como pedófilo al personaje central de ‘Lolita’ y de ir revelando, a través del tiempo y de las reuniones en torno a esos volúmenes, la cerrazón y el fanatismo de un regimen atroz. Aunque sí se noten las contradicciones en el filo del hecho de ponerle una vela a Dios y otra al diablo…
Coproducción entre Italia e Israel, fechada en 2024, de 108 minutos de metraje. Bellamente fotografiada por Hélene Louvart y con una solvente banda sonora de Jonathan Riklis, hijo del director. El guion de Marjorie Davis es manifiestamente mejorable y su reparto acusa también el esquematismo de los personajes. Incluso la excelente Golshifteh Farahani lo resulta también…
No obstante, con sus contradicciones y carencias, y por sus valores, hay que verla.