Archivo diario: marzo 20, 2026

‘El testamento de Ann Lee’: ¡¡¡Al cielo con ella!!!

Ann Lee (1736-1784), nacida en Gran Bretaña, aunque acabara sus días en Estados Unidos, fue una de las pocas mujeres líderes religiosas en general y de su época en particular. Y lo fue de la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo, también àpodada los Shakers` y hoy ya extinguida, (equivalentes a sacudidas o vibraciones en español) porque rezaban cantando y bailando agitada y espasmódicamente.

L@s Shakers «eran conocid@s por sus creencias sobre la igualdad hombre o mujer, negro o blanco. Tanto era así que ningún hermano o hermana era considerad@ más importante que otr@. Cada puesto de autoridad tenía contrapartidas masculinas o femeninas, lo que reflejaba sus deseos de igualitarismo, simetría y equilibrio».

ATENCIÓN. PUEDE HABER SPOILERS NECESARIOS

Por otra parte, propugnaban el celibato, como una condición sine qua non. Hasta el punto que en la propia película se narra cómo una pareja de creyentes debe abandonar la comunidad al enamorarse y pretender contraer matrimonio. Pero la alergia casi fóbica de la fundadora a la sexualidad tiene su origen, y nos es mostrada muy bien, en una infancia terrible con un padre abusador y en una juventud marcada por un matrimonio forzado por él, que derivó en una violación tras otra, seguida de partos terribles y desgarradoras pérdidas.

La actriz, guionista y cineasta noruega, afincada en Estador Unidos, Mona Fastvold – cosecha del 81, de la que esta que nos ocupa es la cuarta de su filmografía – empatiza, algo que esta firmante comparte, con las condiciones tan extremas en las que se crió y desarrolló una mujer analfabeta, pues nadie la enseñó a leer, pero con una gran voluntad, capacidad de liderazgo y de evangelización en el Nuevo Mundo, pese a todas las represiones, prisión, torturas y agresiones físicas que debió soportar por su condición femenina y por promover un culto religioso tan a la contra de los tradicionales.

Un culto religioso en el que las confesiones públicas, las plegarias y la adoración a un dios mayor, se realizaban a traves de cantos y danzas convulsivas, catárticas, excesivas y agotadoras, pero perfectamente coreografiadas – un enorme aplauso a su responsable en el filme, Celia Rowlson-Hall, quien creó «movimientos primitivos y crudos basados en investigaciones de los rituales originales de los «Shakers», diseñados como una veneración y conexión espiritual más que una danza tradicional»

En efecto, estas escenas musicales, ya que la película pertenece a este género, además de a la biopic dramática, que son deslumbrantes e hipnóticas y señas de identidad de una tan atípica Congregación, tienen la contrapartida de fagocitar todo lo referente a la personalidad, apenas esbozada, la evolución y el desarrollo de sus protagonistas. Salvo quizás, y aún así…, el de una extraordinaria Amanda Seyfried, injustamente olvidada en las candidaturas a los Oscars, quien se preparó un año para el papel.

Porque Mona Fastvold, quien escribe también el guion junto a su marido, el realizador Brady Corbet, en opinión de esta firmante, está tan fascinada con las bravura y singularidad de Ann Lee como una heroína épica y mística en un escenario religioso opresivamente cuadriculado y patriarcal – algo que, reitera, puede compartirse – que la desequilibra narrativamente y diluye el lado oscuro de tales credos y del seguidismo acrítico y alienante de sus miembros, tanto como de su condición sectaria.

Producción del Reino Unido, fechada en 2025, de 136 minutos de metraje, que a quien esto firma no le pesaron, reconociendo que le sobran minutos y voz en off. Fotografiada con excelencia por William Rexer, con unas vibrantes composiciones musicales de Daniel Blumberg.

En resumen, una propuesta diferente y apasionante, con todas sus carencias ya señaladas, que debe verse. Y que, compartiendo las admiración y sororidad de que hace gala la realizadora con respecto a su protagonista, quien esto suscribe la hubiera preferido menos hagiográfica. No deja de resultar curioso que directoras declaradamente ateas, como en este caso y en el de Alauda Ruiz de Azúa, retraten tan intensamente los fervores místicos.

Escrito queda.