Sola, cercada por las sombras de la depresión y del fracaso, inmersa en su propio infierno personal, en la carpa que ella misma construyó en Santiago de Chile para albergar a músicos y compositores que quisieran expresarse y dar a conocer sus canciones, así como a tanto público como quisiera oírlo, la cantautora Violeta Parra pasa revista a su vida, a su carrera, a su familia y a sus amores. Con esta estructura, hecha de flash backs, imágenes de archivo y a base de continuos saltos espacio temporales, el chileno Andrés Wood ha abordado esta atípica biopic del personaje, este ‘paso retrocedido’ que ella cantaba en ‘Volver a los diecisiete’, pero en el sentido biográfico del término.
Argentina y Brasil, además del país de origen del realizador y del personaje, coproducen esta cinta de 110 minutos de metraje y basada libremente en el libro homónimo escrito por Angel Parra. Su guión lo firman Eliseo Altunaga, Guillermo Calderón, Rodrigo Bazaes y el cineasta. El tercero es, además, el excelente director de arte y la no menos estimable dirección de fotografía la asume Miguel Ioanis Littin, tanto como el irreprochable montaje de Andrea Chignoli. Todo el reparto, adulto e infantil, transmite credibilidad, aunque Francisca Gavilán, la protagonista, roza lo superlativo. Además, canta muy bien, pero nunca su voz debió sustituir a la de la insustituible Violeta.
Andrés Wood intenta filmar una historia no hagiográfica, donde se destaquen también los ángulos oscuros de una mujer intensa y atormentada, vitalista y autodestructiva, tierna y feroz, apasionada y lúcida, tan habitada por los extremos y las contradicciones, como coherente con sus señas de identidad étnicas y creadoras, con sus raíces musicales y folclóricas – «y el canto de todos, que es mi propio canto» -, que no dudó en buscar allí dónde estuvieran.
Para ello, fragmenta la información, dinamita la línea cronológica al uso y describe sus orígenes campesinos y paupérrimos, junto a sus entrevistas televisivas y actuaciones como artista consagrada. Para ello, al lado de un padre, maestro y cantautor, pero jugador y tarambana, su último y mucho más joven amante. Para ello, sus hij@s y las luces y sombras en su relación maternal. Para ello, el hilo conductor de sus canciones. Para ello, su fiereza como enamorada. Para ello, nos es mostrada en toda su insobornable personalidad. Aunque, hay que reprocharle, que pase de puntillas, o directamente eluda, aunque esté sugerido, el compromiso político de izquierdas que siempre la distinguió.
Hay muchas Violetas – y otras biografías mucho más crudas, como la de Mónica Echevarría, que no le resta un ápice a su grandeza – posibles, pero están en esta. Incluso si el realizador a veces abusa del impulso autoral, su visión de la artista queda en la retina de los sentidos y de la emoción. Cuando suena la detonación de fin de acto, y se oscurece la pantalla y los títulos de crédito van desglosándose, se experimenta una inesperada pesadumbre, un golpe emocional ni tramposo, ni chantajista, sino auténtico. Puede que la protagonista se fuera a los cielos, pero a la que está en las salas de cine no deben perdérsela.