Archivo diario: noviembre 8, 2024

SEFF 2024, 21 Edición. ‘Las Nuevas Olas’, ‘E. 1027 – Eileen Gray and the house by the sea’: Interiores

Este fascinante docudrama rinde homenaje a una mujer extraordinaria, la Eileen Gray (1878-1976) del título, diseñadora de muebles e interiores, artista de la laca y arquitecta irlandesa.

Una artista de inmenso talento y adelantada a su tiempo, que fue tan oscurecida, como invisibilizada su obra, por los egos patriarcales de sus colegas masculinos desde su pareja durante un tiempo Jean Baldovici y, sobre todo, del sumo sacerdote de la profesión, Le Corbusier.

A esta insigne dama, que tuvo una existencia apasionante y casi centenaria, le hubiera encantado este tributo fílmico tan singular y refinado, como dotado de alma y espíritu, el mismo que ella reclamaba para su casa soñada.

Una casa soñada, a ras de mar, en una hermosa y casi impracticable localización en la Riviera. Una casa a la que prestó todo su esfuerzo, trabajo y talento, apoyada por su compañero masculino ya citado a cuyo nombre estaba y que la traicionó de fondo y forma.

Este documental nada al uso, sino muy transgresor, retrata a una creadora incandescente e infatigable en los años 20 y 30. La retrata en sus espacios, en sus formas, en sus volúmenes, en sus diseños de vanguardia, en sus hábitats interiores y en su tiempo.

La retrata creando, diseñando, disfrutando de una mansión única de la que tuvo que marcharse porque ya no se reconocía en ella y menos aún en el modus vivendi que su partner, tan indolente, le había impuesto.

La retrata usando fundamentalmente la voz en off, la retrata usando imágenes documentales, la retrata con claroscuros, la retrata, siempre estilizada y fascinante, también en su ancianidad tan sabia y de vuelta de todo, cuando por fin su arte fue reivindicado.

Hipnótica y elegante, su hermosura formal y sugerente factura, no oscurecen la crítica a la sociedad machista que le tocó vivir y que permitió que su autoría fuese negada, en beneficio de sus colegas varones.

Producción suiza, fechada en el año en curso, de 88 minutos de absorbente metraje. Escrita en solitario y codirigida, junto a Christoph Schaub, por la guionista y cineasta Beatriz Minger.

Fotografiada con excelencia por Ramon Giger, su estimable banda sonora es de Peter Scherer. De su reparto, destacar a la exquisita Natalie Radmall-Quirke, muy bien secundada por Axel Moustache y Charles Morillon.

No se la pierdan, es un consejo. Y no dejen de ver sus créditos finales.

Escrito queda.

SEFF 2024, 21 Edicion. Sección Oficial. ‘The Sparrow in the Chimney’: Home, bitter home

Quien esto firma, estuvo a punto de salirse de la proyección de esta película por la atroz, aunque de ficción…, decapitación de una gallina, a la que, para mayor inri, lanzan por los aires descabezada y moviéndose para deleite de la sórdida familia que la protagoniza. Como si fuera un gag, vamos.

Y no quedó sólo en eso, ya que les ahorro lo que un niño, víctima y verdugo a un tiempo, perpetra contra el adorable gato de la casa. Algo cuya intención es obvia, aunque se muestre en fuera de campo.

Cuidado que este filme tiene críticas superlativas y excelentes. Ténganlo muy en cuenta. Pero para esta firmante, el catálogo de maldades gratuitas e incomprensibles de que hace gala una familia y sus anexos reunida en una casa de verano, le resultó impostado, pretencioso e irritante hasta decir basta.

Misógina a rabiar, ya que algunos personajes femeninos como el de la anfitriona, por llamarla de alguna manera, es odioso hasta decir basta. No tiene, ya quisiera…, la grandeza de ciertas villanas del cine.

Mujer torturada, tortura y amarga a sus invitad@s, que apenas si son capaces de hacerle frente, con algunas excepciones. Porque aquí ni los comportamientos, ni las actitudes, ni el background de l@s protagonistas son mínimamente explicitados. Sus cambios repentinos de actitudes y de humor permanecen insondables.

Que ciertos grupos humanos unidos por lazos de sangre sean un infierno para sus integrantes, no justifican 117 minutos de metraje, pretendidamente transgresores y, por el contrario, huecos, pomposos y vacíos de contenido en fondo y forma. Y para remate, ese final…

Poco más que añadir. Dar cuenta de que es una producción suiza, escrita y dirigida por el prestigioso para buena parte de la crítica Ramon Zürcher, cosecha del 82, de que su factura es impecable a efectos de imagen y que su música es deliberadamente atronadora y repetitiva. A cargo respectivamente de Alexander Habkel y Balz Bachmann. Y de que su reparto es muy superior a las criaturas a las que encarnan.

La pelota en sus tejados. Aviso a navegantes animalistas.

Escrito queda.

SEFF 2024, 21 edición. Sección Oficial: ‘Fario’: Léo y el río

Primera película del Festival, primera de la SOF y primera tras la cámara de la guionista y cineasta Lucie Prost, cuya cosecha ignora esta firmante. Una mirada de mujer, por cierto, bastante madura pese a que a veces pudiera parecer dispersa, dados sus cambios de tono y de ritmo.

Pero en realidad se trata de contextualizar con esta narrativa, acompañada de una puesta en escena hermosa, elíptica, delicada y elegante, a su protagonista, el Léo del título, un joven ingeniero francés afincado en Berlín que vuelve a su pueblo natal, para vender las tierras de su difunto padre.

Que vuelve a su pueblo natal para reencontrarse con su madre, una mujer vitalista, que está rehaciendo su vida personal y familiar, con su hermana pequeña, una niña muy inteligente que le adora, con sus amig@s de la infancia, con la estupenda chica de la que se enamoró y… con los fantasmas del pasado.

Lo que iba a ser un mero trámite de firma para la cesión de su herencia paterna, por intermediación de la alcaldesa, a una poderosa explotación minera que está contaminando el hermoso paisaje, la fauna y la flora de su tierra…

… Se convierte en una catarsis emocional que deja en carne viva las heridas de la trágica muerte de su progenitor, de la que fue testigo y de las que ha intentado huir a base de fiestas, alcohol y sustancias ilegales, singularmente la cocaína.

Una catarsis que le provoca ataques de ansiedad de los que, insomne, busca calmarse en el río de su infancia. Pero las aguas, y sus habitantes las truchas cuyo comportamiento está cambiando, le devuelven la conciencia radical del daño que les están haciendo al ecosistema en el que habitan.

A partir de ahí, ayudado por la chica aludida que trabaja en un laboratorio, investiga, busca muestras y entre ambos encuentran con el veneno que está asesinando a estas criaturas tímidas y escurridizas tan codiciadas, ay, por quienes gustan de alimentarse con ellas.

Toda esta búsqueda clandestina del delito ecológico, unida al contexto familiar, social, afectivo y amistoso del atormentado personaje central, nos es narrada muy bien por la directora.

Sin transgresiones formales, pero con una complejidad, sólo aparentemente ligera, en la que la aceptación del otro-a, y sus circunstancias, siempre está presente. No se trata de un drama rural al uso, en absoluto, por la gente nada convencional que nos muestra.

Una mirada de mujer también sobre un varón cuya masculinidad está en crisis convulsa, que se manifiesta por una incapacidad fisiológica, rodeado de otros y otras mujeres que le quieren y le aceptan como es.

Una mirada de mujer ecologista pero, ay, no tanto animalista. Puesto que nos enseña, de forma muy leve, la existencia de las vacas en una granja, pastando libres pero encajonadas y sometidas a un ordeño artificial. Además de las truchas ya mencionadas.

Producción francesa, fechada, como es de recibo en un Certamen como este, en el año en curso, de 90 minutos de metraje. La escribe asímismo Lucie Prost, junto a Alain Layrac y Nathalie Saugeon.

Su excelente fotografía, de espacios urbanos, entornos domésticos y paisajes naturales, en peligro de explotación, cuya belleza corta el aliento se debe a Thomas Favel. Y su banda sonora, que sabe modular la historia, está firmada por Pierre Desprats.

Del sólido y solvente reparto coral, destacar a un estupendo Finnegan Oldfield, muy bien acompañado por Megan Northam.

Una película más que digna, que merece ser vista, de una cineasta a seguir.

Escrito queda.