El poeta maldito – tan genial y precursor, como odioso en la mayoría de sus ideas – Charles Baudelaire, reivindicó sabiamente para la humanidad dos nuevos derechos: el derecho a contradecirse y el derecho a marcharse.
En esta hermosa y singular película se explicita esto tanto como – algo a todas luces ilegal, pero no lesivo para otras personas en este caso – el de vivir una vida ajena, el de suplantar la identidad de quien ya no está.
Dos personas hacen lo propio en esta historia de un profesor de geografía amante de los mapas, un eminente Manolo Solo, a quien la desaparición repentina, sin nota, ni explicación alguna, de su mujer, sumerge en un hondo pesar y hace pedazos su rutina diaria, a nivel profesional y personal, toda vez que la propia policía le informa que su partida ha sido voluntaria.
Tanto es así que decide marcharse ya que «no voy a buscar a nadie que no quiere que la encuentren», dejándolo todo atrás sin rencores y receptivo a lo que pueda surgir. Y lo que ocurre es que conecta con un hombre, tan solitario como él, que parece haber encontrado su lugar en el mundo en una mansión, la quinta del título, fuera del tiempo, donde se dirige a trabajar como jardinero, pidiéndole que lo acompañe…
…Pero la muerte hace acto de presencia – inesperada y repentinamente, tomando un café de buena mañana – y el protagonista decide, con la chaqueta del difunto, poner rumbo a la casa de referencia. Suplantar la identidad, y el trabajo en este caso, de alguien desaparecido para siempre, a quien nadie reclama, ocurrirá de nuevo otra vez a lo largo del metraje y no se harán spoilers.
En esa quinta, descubrirá a una joven sirvienta embarazada y con un hijo muy avispado, que le tomará por quien no es, enseñándole su cuarto y herramientas de trabajo. En esa hermosa e intemporal quinta, rodeada de preciosos paisajes, descubrirá a gentes que han salido de un país colonizado y, sobre todo, a una dueña – excelente María de Medeiros – fuerte, sensible e inteligente, también ella exiliada, con la que iniciará un fuerte vínculo de amistad.
Vínculo sobre el que planean las usurpaciones citadas, e intuídas, junto a los secretos que conllevan. Vínculo que deberá enfrentarse a las sombras y a los fantasmas del pasado. Vínculo que deberá soportar la distancia y una larga ausencia, a fin de poner orden en la casa de origen del protagonista que una persona, no se harán spoilers, ha ocupado clandestinamente con otra identidad.
La guionista y directora valenciana Avelina Prat, cosecha del 72, quien firma y filma esta propuesta, ejerció como arquitecta años antes de dedicarse al cine siendo script en más de 30 largometrajes de cineastas tales como los Trueba, Fernando y David, Manuel Martín Cuenca o Cesc Gay y de debutar tras la cámara con ‘Vasil’ (2022), además de documentales y cortometrajes previos.
Su mirada es delicada, sugerente e intensa dentro de su sutileza y comedimiento. Su mirada no juzga a esas criaturas desdichadas y sin rumbo quienes, incluso bordeando la legalidad, tratan de encontrar su lugar en el sol.
Su mirada sobre ellas es, por el contrario, compasiva, comprensiva y un tributo a la generosidad, a la empatía y a la bondad en el mejor sentido de la palabra, acompañada de una finura de espíritu aliada a revelaciones sorprendentes y entendimientos cómplices.
Esta mirada, este valioso relato fílmico – coproducción hispano-portuguesa, fechada en el año en curso, de 114 minutos de metraje, cuya magnífica fotografía se debe al talento de Santiago Racaj y su banda sonora, que no le va a la zaga, al de Vicent Barriére – es una de las elegidas para debatir en la sesión de fin del curso 2024-2025 y de la temporada 12 de nuestra tertulia de cine Luis Casal Pereyra, que tendrá lugar el MIÉRCOLES, 4 DE JUNIO, A LAS 19.30, EN CASA DEL LIBRO VELÁZQUEZ.
No nos miren, ÚNANSE y no dejen de verla.
Escrito queda.