Las fichas técnicas que el cine Avenida -el único que lo hace y la única sala sevillana que proyecta en V.O.- nos proporciona sobre las películas que exhibe, no se limitan a los datos sobre el estreno en cuestión, sino que se completan a menudo con declaraciones de l@s responsables de las cintas. En la correspondiente a ‘Melancolía’, su director, Lars Von Trier, abomina de ella en estos, entre otros, duros términos : » Es pura nata montada, ¡una película de mujeres! Estoy dispuesto a rechazar la película como si fuera un órgano equivocado recién trasplantado». Para, a continuación , rendir tributo al magnífico trabajo del extraordinario equipo con el que contó para realizarla.
A quien esta crítica rubrica, le encantaría suscribir las opiniones vertidas en tal reseña por este danés que no ama a las mujeres, por este misógino impenitente, que ejerce como tal en toda su filmografía. Pero, en aras de la honestidad , no se puede. No del todo, al menos.
Y no se puede porque estamos ante una obra cuyo poder de fascinación y sugerencia, tanto en su brillantez formal, como en la hondura de su contenido, como en su belleza plástica, como en lo arriesgado de sus planteamientos y puesta en escena, como en el singular paralelismo, a modo de poética metáfora, que establece entre la debacle personal de la protagonista- excelente el trabajo de Kirsten Dunst, justamente reconocido en Cannes- y la cósmica, como, en definitiva, en los eminentes resultados de un plantel técnico-artístico dificilmente mejorable… es indiscutible.
La historia consta de un prólogo onírico y dos epígrafes dedicados a sendas hermanas radicalmente opuestas. Justine, cuya suntuosa y accidentada boda culmina desastrosamente y Claire – estupenda, como siempre, Charlotte Gainsbourg – el pilar de la casa, de la familia y de la celebración, quien entra en pánico ante las amenazas que llegan del cielo.
El primer capítulo le sirve al realizador para dar rienda suelta a sus invectivas antiburguesas – precisamente teniendo lugar en un marco incomparable y en una fiesta más que elitista- según el espíritu del Dogma, aunque muy lejos de sus formas. Diatribas contra el matrimonio, la propia ceremonia y sus parafernalias, contra el miserable jefe de la novia, contra la institución familiar y los convencionalismos sociales son vertidas y expuestas mientras la recién desposada va sucumbiendo a su trastorno depresivo y al descontrol emocional que la posee fatal e inexorablemente, afectando con ello, en una reacción en cadena, a todo su entorno.
El segundo, mucho más intimista y aún más desolador, describe la relación de amor-odio entre ambas hermanas, su mutua dependencia, el cuidado que la protagonista de este epígrafe le dispensa a la otra, a su marido e hijo y las reacciones inesperadas de ambas ante lo inevitable de la catástrofe, que medios científicos ocultaron cuidadosamente . Un final tan íntimo como apocalíptico, cierra este apartado y la película.
Realizada aún bajo los efectos de la crisis emocional que padeció su autor, la cinta, con toda la brillantez y densidad indiscutibles que la caracterizan, refleja un esquematismo tan tendencioso en lo que respecta a la descripción de los personajes femeninos, pese al buen hacer de las actrices, que daña la credibilidad de sus propuestas. Esa madre terrible y castradora que encarna Charlotte Rampling, mientras el padre es un simpático y adorable egoísta y bon vivant, el gran John Hurt. Esa visión tan mezquina del sufrimiento mental cuando lo protagoniza una mujer, ese maniqueísmo en los roles conyugales…
No, no es una » película de mujeres» como se lamentaba Lars von Trier, sino un insidioso retrato en negro de ciertos clichés misóginos enmascarados de pretenciosidad. Y en cuanto a la «nata montada», en este aspecto, resultó ser de una acritud y estrechez de miras tan injustas como deplorables.