‘Mi semana con Marilyn’: Breve encuentro

El estudiante británico de cinematografía Colin Clark, de familia aristocrática y relacionada con el arte y la política, contaba 24 años en 1957 cuando consiguió – gracias a su tenacidad e iniciativa – que Sir Laurence Olivier le incluyera en la producción de ‘El príncipe y la corista’ que, a la sazón, iba a rodarse en Londres con la estrella del momento, Marilyn Monroe, como compañera de reparto. La actriz tenía entonces 30 y acababa de contraer matrimonio con el famoso dramaturgo Arthur Miller.

La expectación que produjo su presencia en la capital inglesa y entre el equipo de rodaje fue extraordinaria, aunque la filmación resultara conflictiva, por los desarreglos emocionales de la protagonista y su mala química personal con Olivier. No fué así con el joven ayudante de dirección citado, con el que tuvo una breve intimidad, aprovechando la ausencia de Miller. Clark dejó constancia de todos estos pormenores en sendos libros, en los que se basa la película que nos ocupa.

Coproducción entre Inglaterra y Estados Unidos, con la BBC y Harvey Weinstein como cabezas visibles, su guión lo escribe Adrian Hodges y es la opera prima del británico Simon Curtis, experimentado realizador de televisión. Su metraje es de 99 minutos. Ha obtenido dos nominaciones a los Oscars, a la Mejor Actriz para Michele Williams y al Mejor Actor de Reparto, para un estupendo Kenneth Branagh. Aparte de ambos personajes centrales, el casting incluye a nombres distinguidos como los de Julia Ormond, interpretando a Vivien Leigh – Lady Olivier por aquel entonces – a Dougray Scott como Arthur Miller, a la gran Judi Dench, a Dominic Cooper o a Emma Watson, en un pequeño papel. El joven Eddie Redmayne da vida al responsable y protagonista de la historia.

La factura es elegante, de calidad, con reminiscencias televisivas de las mejores producciones de la Cadena inglesa. No pretende innovar ni en el fondo, ni en la forma, pero resulta muy interesante de ver por ser un episodio relativamente poco conocido en la vida de la estrella. Y también porque sabe capturar, con finura, matices e inteligente sutileza, el clima de un rodaje, de la peculiar fauna que lo puebla, de una época, de un oficio, de unas mentalidades enfrentadas y de unas personalidades tan brillantes como dependientes de la opinión ajena. Bien interpretada, filmada y dialogada, divertida y curiosa es, sobre todo, un auténtico tributo a la atormentada Marilyn.

Hay que decirlo ya. Michelle Williams está arrebatadora e inmensa y todos los reconocimientos le son debidos. Incluso canta los temas más conocidos de la actriz. Sabe transmitir todos los matices de esa criatura desdichada e insegura, luminosa y oscura, frágil y fuerte, conmovedora e insufrible, sensual e ingenua, tan desequilibrada como lúcida, castigadora y generosa, extremadamente vulnerable y egoísta.

Marcada por una infancia desdichada, por lo que ella vivía como una carencia crónica de afecto, pero era incapaz de verlo en sus incondicionales, a quienes podía tiranizar, y que la veneraban. Caso de Paula Stasberg, por cierto maltratada como personaje aquí. Todos estos aparentes lugares comunes sobre su personalidad están muy bien contextualizados y mostrados en el filme. Y, sobre todo, hay que insistir, por la protagonista que la hace suya y nos la muestra en carne viva, en su peor y mejor cara. Insomne, atiborrada de pastillas, y plena de vitalidad y superlativo talento. En toda su desgarradora e intensa humanidad.

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