’15 años y un día’: Ausencias

El cine de Gracia Querejeta, sus seis películas anteriores y esta su última propuesta, está centrado, salvo alguna excepción, en el microcosmos familiar, por atípico que sea. Un microcosmos marcado, como se le ha hecho notar más de una vez, por la figura del padre ausente. No únicamente, claro. Pero esta particularidad gravita  sobre su filmografía de manera tenaz e insistente. Así, ‘Cuando vuelvas a mi lado’, ‘Una estación de paso’ , ‘Héctor’ o ‘Siete mesas de billar francés’ reflejan, en mayor o menor medida, esta querencia de la realizadora.

 

En ’15 años y un día’ hay no uno, sino dos padres ausentes. El de la protagonista, vivo pero lejano, y el del adolescente sobre cuya existencia y muerte se cierne un llamativo silencio, roto en una de las pocas escenas de la cinta en la que la emoción se hace presente. Pero luego retomamos este aserto. Y, claro, también hay dos familias. Una, la de la madre coraje, actriz en permanente casting y que no puede con un hijo más bien detestable… pero luego retomamos este aserto. Otra, abortada, la de sus progenitores o la de cada un@ en solitario. En fin, un grupo heterogéneo ni junto, ni revuelto, sino todo lo contrario, marca de la casa.

Desde una mirada violeta, cabe reprocharle a la cineasta en este, y también en otros filmes, su apuesta sin ambages por ciertos valores más que cuestionables de la masculinidad. El hecho es que sus protagonistas femeninas por fuertes, autónomas, y capaces que sean, sufren una suerte de síndrome de Estocolmo con respecto al hombre  – padre fundamentalmente, pareja o marido – con el que pueden ser críticas, pero ante el que caen rendidas a la menor ocasión.

 Otro hecho preocupante es que, en este y otros filmes, las protagonistas o secundarias aparezcan como amargadas o resentidas – véase el más bien infame trato conferido, en este caso, a la madre-abuela…- mientras que el varón es descrito con empatía, ternura y comprensión.  Ejemplificador el monólogo exculpatorio y autoinculpatorio de Verdú sobre la muerte de su más que turbio y controlador compañero.  Un hombre que abandona, es mucho mejor visto que una mujer que hace lo propio.

Los valores de la cinta están reflejados en los reconocimientos obtenidos en el pasado Festival de Málaga como los de la Crítica, Película, Guión y Banda Sonora Original. Escrito queda. Otra cosa es que, pese a sus cualidades y calidades, a quien esto rubrica le hayan pesado más sus carencias. En el fondo y en la forma. En sus clichés citados y en el retrato, tan comprensivo y cariñoso, de un chico malcriado y cruel, ese perro, ese perro… Otro tipo de adolescencia es posible, por favor. En sus subtramas – entre maternalistas y condescendientes, luego tópicas – con l@s latin@s, aunque la chica esté muy bien. En la búsqueda de la cosquilla emotiva que, salvo excepciones, no funciona. En su pretendida sutileza, que enmascara lo obvio, véase el personaje de Belén López. Maribel Verdú , Arón Piper y Tito Valverde se hacen valer sin problemas. Sobre todo, ella.

Escribiendo estas líneas, saltó a los teletipos la noticia de la muerte de una figura imprescindible para nuestro cine. La del productor Elías Querejeta, padre de la realizadora, a quien está dedicada la película, y, desde ahora, lamentable e irreversible ausencia en su vida y en las de quienes amamos el hecho cinematográfico.

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