‘La chispa de la vida’: (In)Dignidades

La ferocidad con la que Alex de la Iglesia se aplica contra ciertas miserias de la realidad española, en clave esperpéntica o literalmente salvaje, es tan estimulante como necesaria. No siempre acierta a redondear esas historias suyas tan al límite de lo grotesco y de la sal gruesa, pero a fe que se agradecen porque sitúa el espejo, su cámara, en este caso, para que aprendamos a mirar(nos) sin complacencias, ni coartadas.

En este su último estreno, ‘La chispa de la vida’ sigue a un publicista en paro, cuya situación económica es crítica, ya que su mujer, profesora, también ha perdido su trabajo y se limita a hacer sustituciones. Se da la circunstancia de que nuestro protagonista fue un profesional brillante en su momento, inventor del celebérrimo eslogan ‘la chispa de la vida’, seña de identidad del famoso refresco, aún cuando nadie le reconoció su autoría individual y no pudo rentabilizar sus beneficios.

Este hombre tan digno como desesperado, un magnífico José Mota, decidido a recuperar el rumbo de su vida laboral, no duda en acudir a antiguos compañeros de profesión. Colegas a los que hizo ganar muy buenos dividendos y que apenas si le reciben o directamente le humillan. Aún asi, y para darle una sorpresa a su esposa, quien siempre le ha apoyado y comprendido, decide ir a Cartagena para reservar una habitación en el hotel donde pasaron su luna de miel. Pero este establecimiento ya no existe. Su lugar lo ocupar un Museo que alberga un Anfiteatro con cuya inauguración coincide. Al intentar salir de allí, cae desde una altura y se clava una barra de hierro en la cabeza.

A partir de ahí, se convierte en el desgraciado e involuntario protagonista de un revuelo mediático sin precedentes, además de poner en evidencia la chapuza del edificio y sus nulas condiciones de seguridad. La carrera contra el tiempo para intentar salvarle se pervierte en una competición contra reloj por la exclusiva de sus declaraciones. Para los representantes de la casquería más indecente, vale más muerto que vivo… Y él pretende aprovecharlo, en beneficio del futuro de su familia.

La impresentable fauna llamada humana, con la excepción de la familia del personaje central, que el realizador muestra en esta película – cuya negrura y dramatismo son más evidentea que en las anteriores, aunque no esté para nada desprovista de humor – se mueve por motivaciones tan indignas como representativas de su catadura moral. Pese a sus excesos de representación, de la Iglesia filma un documento impagable sobre la obscenidad que preside la sociedad del espectáculo en su versión más chabacana y, lamentablemente, de mayor aceptación popular.

Con un equipo técnico de categoría y un reparto entregado en el que no faltan algunas sobreactuaciones, destacamos a Salma Hayek, que da vida a una mujer enamorada y valiente, que se niega a vender la agonía y muerte de su marido al mejor postor, por un puñado de euros… La suya es la dignidad de rechazar el beneficio a toda costa, frente a las indignas e imperantes relaciones de compra-venta.

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