Archivo mensual: marzo 2012

‘En tierra de sangre y miel’: Los desastres de la guerra

La actriz Angelina Jolie – que debuta tras la cámara con esta cinta de nacionalidad norteamericana- ha declarado que la rodó por su deseo de contar una historia que expresara la incapacidad de la comunidad internacional para intervenir en conflictos. Que explorara y comprendiera la Guerra de Bosnia. Que mostrara la violencia, especialmente sexual, contra las mujeres en estos contextos y el papel que les toca sufrir. Que señalara la responsabilidad por los crímenes bélicos y la dificultad para cerrar las heridas.

Así que, una vez documentada por los contendientes y por los diferentes organismos  que tomaron parte directa o indirectamente en el terrible conflicto, escribió, produjo y realizó esta historia tan ambiciosa y bienintencionada en sus objetivos, como fallida en sus resultados.

Ambientada en la década de los noventa, se centra en la relación entre una pintora bosnia de religión musulmana – Zana Marjanovic, lo mejor de la función – y un policía serbio – irregular y algo sobreactuado, Goran Kostic -. Ambos son aparentemente felices mientras las tres etnias residentes en el país coexistían pacíficamente. Pero la guerra lo cambia todo y, aunque continúan intermitentemente con sus encuentros, lo hacen en calidad de prisionera y guardián ya que  ella ha sido enviada, junto a otras mujeres de su credo, a un campo de internamiento.

La cinta abarca todo el período bélico, desde 1992 hasta 1995, con epígrafes anuales que reseñan tanto la evolución del conflicto como la de la relación de la pareja protagonista, que van agudizándose en el sentido más cruel y feroz del término. Muestra, pues, en paralelo, los asesinatos a sangre fría contra una indefensa y cercada población civil, por parte de los francotiradores serbios y los abusos de dominio, control y poder del ahora jefe de las tropas contra su sojuzgada, e igualmente indefensa, presa y amante.

La actriz y realizadora intenta narrar con honestidad los terribles desastres y daños colaterales de una contienda que costó la vida a cerca de cien mil personas, población civil incluída, de las que la inmensa mayoría fueron bosni@s,  víctimas de la criminal limpieza étnica serbia. Y lo hace desde una óptica progresista y pro-mujeres, que se agradece.

Pero… la complejidad del tema y las dos líneas argumentales requerían un tratamiento más riguroso e intenso que se le escapa de las manos. Resulta esquemática y fría, salvo en algunas escenas. Poco creíble, aunque esté dando cuenta de hechos lamentablemente ciertos. Los personajes unidimensionales y tópicos…El reparto deja que desear posiblemente porque la dirección de actores no haya sido la más adecuada y, aunque obvia el panfleto, se queda muy corta de resultados. Ni épica, ni trágica, ni lírica. Lástima.

‘Tenemos que hablar de Kevin’: La semilla del diablo

La realizadora escocesa Lynne Ramsay, cuyos títulos precedentes permanecen inéditos en nuestro país, es la firmante de la película que nos ocupa, coproducción entre Gran Bretaña y Estados Unidos. Basada en la novela original de Lionel Shriver, periodista y escritora que ganó con ella el prestigioso Premio Orange, su guión lo rubrican la propia directora y Rory Kinnear. En nuestra ciudad, acaba de estrenarse lamentablemente doblada y ha sido otra de las llamativas e injustas ausencias a las candidaturas a los Oscars de este año.

Se trata de un durísimo drama, en clave de thriller y de estilo inclasificable, en el que se nos cuenta la relación entre una madre y su hijo psicótico, que culmina en unos hechos terribles y sangrientos. El grupo familiar lo completan un padre manipulado por el chico, a quien éste consigue ganarse desacreditando la versión materna de su comportamiento,  y la hermana pequeña, una niña dulce y adorable, víctima asimismo de las maldades fraternales.

La puesta en escena, la forma narrativa, tan alejada de los cánones convencionales como de ciertos tics indies, convierte a este relato atroz en aún más terrorífico y desasosegante. Está estructurada como un puzzle en el que se entremezclan tiempos vitales y retazos biográficos de los personajes y del devenir de los acontecimientos, hasta culminar en el trágico climax y en el desolador presente. Puzzle que obliga al espectador a aguzar su inteligencia y a encajar las piezas.

Pero es también el retrato caótico y feroz de un núcleo humano unido por lazos de sangre, incapaz de reaccionar ante una psicopatía tan peligrosa como progresiva. Por sentido de culpa, por incredulidad, por inseguridad en las percepciones, por una permisividad mal entendida, por divergencias de opinión y desajustes entre los adultos, por alienación. Por las perversas manipulaciones de una mente enferma, retorcida, peligrosa y extraordinariamente dotada para el mal.

La mirada fílmica de Lynne Ramsay lo certifica así, sin juzgar, ni moralizar, ni condenar. Con un tratamiento de la imagen deliberadamente áspero e imperfecto. Con una banda sonora irónica y contrapuesta a lo narrado. Con unas agudas observaciones de un microcosmos social implacable con una mujer devastada, pero firme. Con un movimiento de cámara tan espasmódico y frenético, como angustioso.  Con una crónica de una maternidad conflictiva, dolorosa, alienante, culpable y plena de ambivalencias. Con la encarnación de lo peor de la especie en un joven tan terrible como seductor. Con la constatación de una psicosis infantil difícilmente comprensible. Con la tolerancia y ceguera paternas, hasta  límites catastróficos. Con ese plano final, ¿final?, tan inasumible desde los parámetros más normalizados.

Y lo hace, y lo relata, y lo retrata, y lo cuenta, y lo registra y no nos permite salir indemnes de su versión de esta historia. Cuenta para ello con un reparto memorable en el que destacamos a John C. Reilly, al descubrimiento de Ezra Miller y, sobre todo y sobre todos, a una inmensa, excelsa y desgarradora Tilda Swinton, injustamente ninguneada en los Oscars.

‘Luces rojas’: Pirotecnias…

El nuevo estreno de Rodrigo Cortés, tras sus notables y galardonadas, ‘Concursante’‘Buried’(‘Enterrado’), generaba grandes expectativas al tratarse de un thriller psicológico, con tintes paranormales. Al contrario que los anteriores este es  un film de gran presupuesto, con un espectacular equipo técnico y artístico, con más de sesenta actores, cuatro mil extras y unos protagonistas tan lujosos como Robert De Niro, Sigourney Weaver, Cillian Murphy, Toby Jones o Joely Richardson. Coproducción entre nuestro país y Estados Unidos, tiene un metraje de 119 minutos.

La historia se centra en dos investigadores de fraudes metapsíquicos, que ponen en evidencia y registran a lo largo de la geografía norteamericana – en domicilios particulares o espacios públicos o privados donde han sido requeridos – las patrañas con las que videntes sin escrúpulos se aprovechan de personas crédulas y vulnerables. Son una doctora y su joven ayudante, Weaver y Murphy, algo sobreactuados. Pero la reaparición de un célebre psíquico les desafía, poniendo en peligro sus vidas y sus propias certidumbres racionales.

El realizador, que sabe manejar la cámara y dotar del clima adecuado a los relatos que filma, se pierde aquí, lamentablemente, en pirotecnias visuales y juegos espectaculares vacuos y efectistas que dañan irremediablemente sus propuesta. El guión, que firma el propio Cortés, es confuso y sometido a la dictadura del estamento fílmico más comercial. De los tics de ciertos productos del género, tan convencionales como pretenciosos. Porque, para colmo de males, la cinta está recorrida por una presunción seudocientífica y una jerga intelectualoide tan banales como crípticas, tan supuestamente críticas como engañosas.

En sus dos primeras cintas, con pocos  medios y presupuesto, fue capaz de contar historias densas, tremendamente caústicas y corrosivas, que  transcendían la anécdota para implicar en su denuncia a las instancias superiores, que detentaban los poderes fácticos. Pero aquí ocurre a la inversa. Los árboles no le dejan, ni nos dejan, ver el bosque. Y se pierde en un batiburrillo acientífico, ampuloso y vacuo, que confunde la intensidad con el fogonazo, la densidad con la verborrea, la acción con la incontinencia de planos innecesarios en un montaje que se quiere trepidante y resulta de una obviedad lastimosa.

Y las actuaciones se resienten y pierden matices alcanzando de lleno a un Robert De Niro en su peor registro, cuyas apariciones presuntamente poderosas rozan lo grotesco. Confiemos que tras este apagón creativo con las luces rojas de las superproducciones al uso, el talento de Rodrigo Cortés vuelva a mostrarse en una pantalla con todo su brillo y calidad.

‘Intocable’: Diferencias reconciliables

Los realizadores franceses Eric Toledano y Olivier Nakache firman este título, que viene avalado por un éxito de taquilla importante en su país de origen, y también el guión . Acaba de estrenarse en nuestro país, donde asímismo parece que puede tener un largo recorrido comercial, y tiene un metraje de 115 minutos. La historia, cuyos protagonistas tienen sus alter-egos reales, la inspiró un documental sobre estos dos hombres que consigiueron mantener una amistad a toda prueba, pese a todas las circunstancias que objetivamente les enfrentaban.

En efecto, un rico, sibarita y cultivado aristócrata, tetrapléjico tras una caída en parapente, contrata – contra todo pronóstico – entre los aspirantes a ser su cuidador las 24 horas del día a un senegalés iletrado, procedente de ambientes marginales y casi delictivos, respondón y algo chuleta que ni siquiera optaba al puesto. Ambos personajes muestran caracteres, intereses e inquietudes contrapuestos, derivados precisamente del abismo que separa sus respectivos nacimientos. El uno, privilegiado desde la cuna y el otro, un paria destinado al inframundo social.

Resulta complicado imaginar(se) la relación entre dos personalidades tan antagónicas en eso que da en llamarse vida real. En la pantalla, los realizadores la vacían de conflictividad – debió existir, habida cuenta, además, del contrato laboral que les unía…-. Evaden, pues, el conflicto individual y de clase, para abrazar el limbo descafeinado del humanismo más tópico y tramposo.  Así, lo que pedía a gritos una acidez desmitificadora y una vena sarcástica e irónica, se resuelve en una sucesión de gags, misóginos en su mayoría. Y en situaciones sonrojantes, en las que el recién llegado se gana el corazón y las voluntades de su patrón y de todo el personal a su cargo.

En fin, la sutileza y la complejidad están ausentes. Ni trazas de enfrentamiento, ni de interacción mutua. Un reparto eficaz, una buenas banda sonora y factura al servicio de traviesas, acartonadas, plagiarias, previsibles y, como es obvio, muy taquilleras diferencias reconciliables.

‘Los idus de marzo’: El precio del poder

George Clooney ha mostrado su predilección como realizador por los temas que ponen al descubierto las corrupciones del stablishment estadounidense, desde una óptica honesta y comprometida . Así lo demostró con la excelente ‘Buenas noches y buena suerte’. En ‘Los idus de marzo’, su último estreno, continúa en la línea de desvelar los mecanismos perversos del poder, a través de unas elecciones primarias – con vistas a las Presidenciales – que enfrentan a dos candidatos. Uno, Mike Morris, gobernador del Estado de Pennsylvania , una notable composición del propio Clooney, laico, pacifista y progresista. El otro, mucho más conservador,  un poderoso rival que  anda pisándole los talones… Los equipos de ambos tienen las espadas en alto.

La historia – basada en la obra teatral y experiencias personales  de Beau Willimon, coautor del guión, junto al realizador – se narra desde el punto de vista del segundo responsable de la campaña de Morris, un joven brillante e idealista, ferviente admirador del político y sus ideas liberales y avanzadas. Le da vida un extraordinario Ryan Gosling, uno de los grandes olvidados de los Oscars y uno de los mejores actores de su generación.

Es a través de este personaje, pues, de su mirada entusiasta primero y que va ensombreciéndose progresivamente a medida que van transcurriendo, uno tras otro, los acontecimientos que le descubren hasta qué punto su ídolo tiene los pies de barro. Hasta qué punto corrompen los mecanismos de asalto al poder. Hasta qué punto, en tal circunstancia, el fin justifica los medios. Hasta qué punto se puede ser cómplice de la indignidad. Hasta qué punto se puede poner precio a los principios, en beneficio de una carrera. Hasta qué punto se pervierten las expectativas. Hasta qué punto una persona puede traicionar y traicionarse. Empezando por él mismo…

El realizador desvela sin anestesia, ni complacencia alguna, pero sí con brillantez, ingenio y corrosividad, los turbios entresijos de unas elecciones, las de su país, plagadas de espectáculo, codicia, competencia feroz, manipulaciones y mentiras. No ha sido el único en hacerlo, pero sí de los pocos que han llevado  el tema hasta sus últimas consecuencias del todo vale y por encima de todo. Soslaya los peligros del origen teatral del relato con una puesta en escena clásica, atenta a los detalles, cuidadosa, irónica.  vibrante, densa e intensa.

Y…¡¡¡ qué plantel de actores, qué lujo de reparto en estado de gracia!!!. Inmens@s Philip Seymour HoffmanPaul Giamatti, Evan Rachel Wood y Marisa Tomei, aparte de los citados y hasta el último figurante. Un equipo técnico- artístico de primera clase al servicio de una autopsia política sombría y cínica, dramática e irónica, demoledora y sin paliativos del precio del poder.

‘¿Y ahora adónde vamos?: Cruces y velos

La actriz, directora y guionista libanesa Nadine Labaki firma, escribe y protagoniza esta cinta, coproducción entre su país, Egipto, Francia e Italia, tras el éxito de su ópera prima, ‘Caramel’. Fue ovacionada en San Sebastián y premiada en el Festival de Toronto. Es una comedia dramática de casi dos horas de duración, que ha cosechado críticas muy positivas allí donde se ha exhibido.

En un pequeño pueblo de Oriente Próximo, perdido entre montañas, se ha producido el milagro de que convivan pacíficamente las comunidades cristianas y musulmanas, al cargo de sus respectivos dirigentes espirituales. Pero el equilibrio es muy precario e incidentes trágicos están a punto de dar al traste con la coexistencia, pues los varones están muy alterados. En estas circunstancias, las vecinas y amigas, de ambas confesiones religiosas, deciden tomar la iniciativa e idean un plan para entretener a los hombres y hacerles olvidar sus rencillas, que tantos lutos les han costado.

Labaki aborda este material narrativo en un tono que no acaba de decidirse entre el drama y la comedia costumbrista más deudora de una sit-com televisiva, que del neorrealismo con el que se la ha comparado. Con un guión irregular – que suscribe ella misma, junto a Jihad Hojeily- en el que se superponen, sin solución de continuidad, fogonazos de inspiración junto a obvios despropósitos. Con un ritmo que igualmente sube y decae, como un tiovivo. Con unas interpretaciones más bien excesivas, coral e individualmente consideradas.

El arranque y la conclusión son poderosos e intensos, apoyados en la música de Khaled Mouzanar, con una afortunada coreografía, y en la dirección artística de Cynthia Zahar. Resulta estimulante la descripción de la solidaridad entre cristianas e islámicas, su sororidad y su determinación antibelicista. Pero también decepcionante que usen a otras, extranjeras, de una manera objetal y sexista para conseguir sus fines. Y que en la cinta sólo se contemple a los varones como víctimas directas de la terrible contienda, al tiempo que se da carta de naturaleza a determinados símbolos religiosos, especialmente discriminatorios para las mujeres.

Lástima porque a veces hace gala de una ácida ironía, aunque raramente impía en la más amplia acepción del término, y tendría que haber utilizado el humor negro contra esos clichés, tópicos y lugares comunes que la encorsetan y esquematizan. Contra la parafernalia misógina y opresora de ambas comunidades.

‘La mujer de negro’: Espectros

La Hammer es una productora inglesa que ha dado al cine, y especialmente al género de terror, títulos tan emblemáticos como ‘La maldición de Frankestein’ o la saga de Drácula firmados por nombres como los de Terence Fisher o Roy Ward Baker. Tras una paralización de su actividad, estuvo tras la versión norteamericana de la estupenda ‘Déjame entrar‘ y ahora de esta ‘La mujer de negro’, dirigida por el guionista y realizador británico James Watkins y basada en la novela de Susan Hill, quien también ha participado en su escritura junto a Jane Goldman. El libro, un gran éxito de ventas en su momento, ha sido objeto asimismo de adaptaciones a la televisión, a la radio y al teatro.

Trata sobre un joven abogado, viudo y con un hijo de corta edad, que debe trasladarse a un remoto lugar de la geografía inglesa y a una casa deshabitada, y con reputación de maldita, para estudiar unos documentos, atendiendo a las últimas voluntades de un próspero cliente. Su estancia allí, y el descubrimiento de una historia trágica de injusticia y revancha, encarnada en una misteriosa mujer de negro, le marcarán indeleblemente.

Watkins aborda este relato de terror gótico con una elegancia y sutileza poco comunes, haciéndolas compatibles con la intensidad y la inteligente gradación del sobresalto. Y lo hace mediante una puesta en escena que elude el efectismo, sin obviar el horror, en beneficio de la creación de una atmósfera opresiva y una estilización del paisaje, como otro elemento dramático más, con un tratamiento inquietante y hermoso de la luz y del color. A destacar la extraordinaria fotografía de Tim Maurice-Jones y el excelente diseño de producción de Kave Quinn. Y un reparto que sabe estar a la altura, con Daniel Radcliffe, Ciarán Hinds y Janet McTeer, a la cabeza.

Pero, además, la narración se enriquece con diversas lecturas de las historias presentes y pasadas. De los personajes y sus secretos. De las complicidades adultas en turbios manejos hereditarios. De la infancia como víctima y presa del más allá. De la orfandad. De la niñez robada. De orígenes malditos. De una mujer desdichada y desposeída, y de su insaciable sed de venganza. De un hombre mensajero, a su pesar, entre dos mundos. De familias reunidas por caminos insondables. De terribles y dolientes espectros. De duelos y pérdidas en ambas orillas.