‘¿Y ahora adónde vamos?: Cruces y velos

La actriz, directora y guionista libanesa Nadine Labaki firma, escribe y protagoniza esta cinta, coproducción entre su país, Egipto, Francia e Italia, tras el éxito de su ópera prima, ‘Caramel’. Fue ovacionada en San Sebastián y premiada en el Festival de Toronto. Es una comedia dramática de casi dos horas de duración, que ha cosechado críticas muy positivas allí donde se ha exhibido.

En un pequeño pueblo de Oriente Próximo, perdido entre montañas, se ha producido el milagro de que convivan pacíficamente las comunidades cristianas y musulmanas, al cargo de sus respectivos dirigentes espirituales. Pero el equilibrio es muy precario e incidentes trágicos están a punto de dar al traste con la coexistencia, pues los varones están muy alterados. En estas circunstancias, las vecinas y amigas, de ambas confesiones religiosas, deciden tomar la iniciativa e idean un plan para entretener a los hombres y hacerles olvidar sus rencillas, que tantos lutos les han costado.

Labaki aborda este material narrativo en un tono que no acaba de decidirse entre el drama y la comedia costumbrista más deudora de una sit-com televisiva, que del neorrealismo con el que se la ha comparado. Con un guión irregular – que suscribe ella misma, junto a Jihad Hojeily- en el que se superponen, sin solución de continuidad, fogonazos de inspiración junto a obvios despropósitos. Con un ritmo que igualmente sube y decae, como un tiovivo. Con unas interpretaciones más bien excesivas, coral e individualmente consideradas.

El arranque y la conclusión son poderosos e intensos, apoyados en la música de Khaled Mouzanar, con una afortunada coreografía, y en la dirección artística de Cynthia Zahar. Resulta estimulante la descripción de la solidaridad entre cristianas e islámicas, su sororidad y su determinación antibelicista. Pero también decepcionante que usen a otras, extranjeras, de una manera objetal y sexista para conseguir sus fines. Y que en la cinta sólo se contemple a los varones como víctimas directas de la terrible contienda, al tiempo que se da carta de naturaleza a determinados símbolos religiosos, especialmente discriminatorios para las mujeres.

Lástima porque a veces hace gala de una ácida ironía, aunque raramente impía en la más amplia acepción del término, y tendría que haber utilizado el humor negro contra esos clichés, tópicos y lugares comunes que la encorsetan y esquematizan. Contra la parafernalia misógina y opresora de ambas comunidades.

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