‘Los infieles’: Machos en celo

El cine francés, desde la opinión de quien esto suscribe, funciona mucho mejor en el drama, que en la comedia. En este género, tan díficil, parecen olvidar la sutileza y la elegancia, la fina ironía y el ésprit, para abrazar la vulgaridad más hortera y facilona. El todo vale de trazo grueso y de la sal gorda, de cara a la taquilla. Los gags grandguiñolescos, en el peor sentido del término, y los excesos incontinentes visuales y verbales.

Muchos de estos vicios (si no casi todos…) están presentes en esta película de siete  episodios que viene firmada por seis hombres y una mujer, entre quienes se encuentran- y éste es su principal reclamo comercial – los artífices de ‘The artist’, su director Michel Hazanavicious y su protagonista Jean Dujardin.

El común denominador de todas las historias es la compulsión de hombres en la cuarentena, profesionales bien situados y solventes, por el sexo fuera del ámbito conyugal, lo que se da en llamar infidelidad. Cualquier argucia es lícita para conseguirlo, aunque  concurran las circunstancias más extravagantes. Pero siempre a condición de objetalizar su deseo en mujeres a las que no consideran compañeras, ni siquiera aventuras o partners sexuales,  sino carne de coito, incluso de pago. Naturalmente los escenarios e historias son diversos y existen matices de calidad entre unos y otros, pero el leit motiv citado permanece inalterable.

Así, desfilan ante nuestros ojos una convención en un hotel de las afueras – uno de los mejores sketches, firmado precisamente por Hazanavicious – en el que Dujardin es el típico plasta  al que todos rehúyen y que, con la persecución del ligue a toda costa, roza el más grotesco patetismo. O el madurito presuntamente interesante fascinado por una ninfa adolescente que sale algo escaldado de una noche en principio prometedora. O la pareja a la que el juego de las verdades le estalla en la cara y en la convivencia. O la terapia de adictos eróticos. O los amigos de turismo sexual salvaje en Las Vegas que descubren lo inesperado…

La intención del filme (parece ser…) era desmitificar la búsqueda ansiosa, y tan burguesa, del placer prohibido. Era presentar el lado más vulnerable y tosco de los casanovas contumaces. Era mostrar las diferentes facetas de una masculinidad obsoleta, pero en plena vigencia. Era registrar en clave irónica  a una generación de hombres tan compulsivos como inmaduros… Era, o debería haber sido algo así. Pero no.

De hecho, es lo contrario. La crítica se ausenta, dando paso a la astracanada. La benevolencia con la que se contemplan ciertos comportamientos y personalidades es más bien sonrojante. Los lugares comunes pretenden ser axiomas. El tufillo mundano resulta de un burdo costumbrismo. Su pretendida ligereza es banalidad. La coherencia se pervierte en inconsecuencia. Pocas veces nos es dado contemplar a las personas tras los estereotipos. Pocas veces, con excepciones, un reparto ha sido tan desaprovechado. Tras su factura resultona, se esconde poco más que un tramposo catálogo de machos en celo.

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