‘Sueño y silencio’: Lo raro es vivir

Horas después de la visión de ‘Sueño y silencio’, el cuarto largometraje de Jaime Rosales, las imágenes y las sensaciones que despertaron permanecen en la retina del recuerdo. Unas imágenes en un blanco y negro, de granulado duro, salvo cuando abre y cierra el filme con dos momentos del proceso creativo de Miquel Barceló y en un plano aislado, casi al final de sus 11o minutos de metraje.

La sinopsis reza así: “Oriol y Yolanda viven en París con sus dos hijas. El es arquitecto, ella es profesora. Durante unas vacaciones en el Delta del Ebro, un accidente transformará sus vidas”. Pero esta síntesis no es un manual de instrucciones, es apenas un punto de referencia, un asidero para enfrentarse a una experiencia cinematográfica radical.

Una experiencia fílmica en la que el guión de la película no tenía diálogos y los improvisó el reparto durante el rodaje de cada escena. En la que no hay lo que se entiende por dirección de actores (destacamos, por cierto, a la sevillana Yolanda Galocha en un papel protagonista). En la que no se repiten tomas, sino que es una toma única para cada situación. “En la que la improvisación inicial es la única, verdadera e irrepetible”. En la que  abundan los planos fijos con los personajes fuera de campo. En la que nunca vemos un plano- contraplano para ilustrar una conversación. En la que las personas se integran en los espacios domésticos o exteriores con la misma solidez o liviandad de los objetos o los paisajes.

Muchas de estas características descriptivas de un estilo tan insobornable y a contracorriente, especialmente en un cine tan mayoritariamente conservador en fondo y forma como el nuestro. ya estaban en su ópera prima ‘Las horas del día’. En la magnífica y ganadora sorpresa de los Goya de 2008, ‘La soledad’. O en la tan inquietante como incomprendida ‘Tiro en la cabeza’. Pero en cada propuesta parece ir aún más lejos, aunque persistan sus señas de identidad tras la cámara.

‘Sueño y silencio’ es una película extrañamente luminosa dentro de la oscuridad de su historia . Extrañamente conmovedora, pese, o precisamente por eso, al ascetismo y distanciamiento con el que aborda una tragedia familiar  y sus daños colaterales. Clamorosamente expresiva en sus silencios. Viva y palpitante, pese a la aparente morosidad de su ritmo narrativo. Intensa hasta lo insoportable, en su pudor emocional y expositivo. Con una rara capacidad de sugerencia en su búsqueda de una espiritualidad inserta en la vida cotidiana. Con un reparto no profesional que da lecciones de maestría  al mostrar que hay esperanza contra toda lógica, porque el caprichoso azar mueve sus hilos en la rara circunstancia de vivir.

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