‘Hysteria’: Invenciones

Cuatro mujeres son las artífices de esta comedia – producción anglo-franco-alemana-luxemburguesa-  a la que el epígrafe de romántica le viene algo corto.  A saber, tres productoras Sarah Curtis, Judy Cairo y Tracey Becker. Y, por supuesto, la realizadora, Tanya Wexler. A ellas se añaden una co-guionista, Jonah Lisa Dyer y Sophie Recher en el diseño de producción.

Corre el año 1880, en la Inglaterra victoriana. Una época efervescente desde los puntos de vista científico, cultural, intelectual y creativo. Pero también oscura, represora, mojigata y rigídamente estrecha de miras en lo que respecta a los roles de género y, consecuentemente, a la visión de la identidad femenina.

En ese preciso momento confluyen los destinos de cuatro personajes. Dos hombres, dos médicos. Uno, joven y adelantado a su tiempo. El otro, maduro y prestigioso, que practica un heterodoxo – aunque totalmente respetable – masaje íntimo a sus pacientes, damas presuntamente aquejadas de ese conjunto de malestares difusos que se dió, y lamentablemente se usa aún en la actualidad, en llamar histeria.

Y dos mujeres, las hijas del segundo. Una, la mayor, feminista, comprometida con las causas de l@s desfavorecid@s, vehemente, apasionada, generosa y en guerra perpetua con su viudo progenitor. Otra, la menor, frenóloga, modélica ama de casa y anfitriona ejemplar.

La realizadora, de nacionalidad norteamericana, sabe imprimir, sin embargo, en este relato esa sutileza tan británica por la que las aristas más escabrosas – ¡un docto científico entregado a prácticas masturbatorias, junto a su joven ayudante a quien la actividad le provoca una tendinitis…! – son tratadas con la máxima asepsia y profesionalidad, aún rebosantes de ironía. La propia invención del vibrador es tan azarosa como creativa y resulta divertida la imagen de los distintos modelos del aparato a través del tiempo, mientras se proyectan los títulos de crédito finales.

La otra invención de la historia, el propio e infamante concepto de histeria, no parece lo suficientemente cuestionada, pero sí compensada por la asunción implícita – imposible explicitarla, dadas las coordenadas histórico-temporales en las que transcurre la acción – de un centro, de un ritmo y de una autonomía en el placer sexual femenino, a años luz de los rígidos esquemas anatómicos aún hoy vigentes.

El registro amoroso, con sus inevitables titubeos, confusiones, idas y venidas tiene a una mujer afirmativa – maravillosa, como siempre, Maggie Gyllenhaal – como sujeto irrenunciable y a un hombre – un tierno Hugh Dancy – que se aviene a una relación igualitaria y eso es muy de agradecer. Y también el resto de un reparto irreprochable, Felicity Jones, el gran Jonathan Pryce y un Rupert Everett casi irreconocible por los estragos del botox.

En suma, una película agradable y singular, con una feminista tras la cámara desmontando, con incisiva ironía, mitos y mixtificaciones.

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