‘Margaret’: Accidente con huella

Sobre el norteamericano Kenneth Lonergan, firmante de esta cinta, sabemos que es un reputado dramaturgo y guionista y que debutó en el 2000 tras la cámara con la celebrada comedia ‘Puedes contar conmigo’. Esta es, pese al tiempo transcurrido, su segunda película. Un proyecto que le ha costado años materializar. De hecho, figuran en sus títulos de crédito como productores Sidney Pollack y Anthony Minghella, que nos dejaron en el 2008.

Una adolescente neoyorquina, judía, de posición acomodada, – magnífica Anna Paquin -, de padres separados, con un entorno familiar artístico, culto y refinado. Su madre es actriz y su hermano menor toca el piano. Asiste a una escuela privada de su etnia en la que el profesorado es dialogante y estimula a la clase con debates y tiene las tendencias de una joven privilegiada de su edad. Pero un accidente que provoca involuntariamente, con resultado de muerte, alterará su modo de vida y minará su equilibrio emocional.

Hasta aquí un tema tan reiterado en la ficción como la irrupción del drama, con diferentes variantes, en una existencia apacible y aparentemente ordenada. Lo que diferencia  a ‘Margaret’, en este caso, lo que le confiere una identidad propia, es su tratamiento. El enfoque narrativo y la puesta en escena.

Y es así porque, en este caso, el realizador renuncia explotar la tragedia aunque la muestre. Aunque muestre de una manera descarnada y cruda el atropello y la muerte en directo de la víctima. Renuncia incluso casi a montar el material filmado, para darnos la medida del errático itinerario emotivo y moral de la chica. Renuncia a incidir estéticamente en los aspectos más resultones e icónicos de Nueva York. Por el contrario, la resalta desprovista de glamour con planos reiterados de las multitudes que la pueblan, como individualidades carentes de sentido grupal o comunitario.

Y también, para terminar, pero no por último, bloquea una posible identificación empática con los personajes. Tanto con la protagonista, como con las personas adultas que la rodean, o a las que va encontrando en su camino, que nos son mostradas como vulnerables, confusas, contradictorias y raras veces estables.

Se ha señalado con razón su carácter misógino. Y es cierto que los personajes femeninos revelan mayores desequilibrios, contradicciones y desaciertos que sus homónimos masculinos. Pero también lo es que se comprometen mucho más a fondo que éstos y son más consecuentes.

En resumen, una película nada convencional y desasosegante que registra, partiendo de un relato intimista, el malestar de una ciudadanía profundamente marcada por los atentados del 11-S,  desconfiada y anómica, individualista hasta el autismo e insolidaria. Con un reparto más que solvente en el que se agradecen las presencias de Mark Ruffalo, Jean Reno, Kieran Culkin o Matthew Broderick. Merece la pena ir a verla.

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