‘Una botella en el mar de Gaza’: Mensajes

El firmante de esta cinta, su segundo largometraje, es el francés Thierry Binisti, realizador de cine y televisión, y coguionista junto a su compatriota, Valérie Zenatti, autora del libro en la que se basa. Se trata de una coproducción franco-canadiense-israelí, fechada en 2011, y que se proyecta en nuestra ciudad en su versión original, que incluye los idiomas francés, inglés y árabe. Su metraje es de 99 minutos.

Una adolescente francesa, judía, que vive en Jerusalén con su familia, envía un mensaje en una botella, que lanzará su hermano mayor, soldado, al mar de Gaza, con preguntas sobre el terrible conflicto que padecen, en clave personal. Para su sorpresa, recibe una respuesta de un chico palestino que se esconde tras el seudónimo de ” Gazaman”. La comunicación entre ambos, a través de correos electrónicos, les ayudarán a comprenderse mejor y a transformar sus vidas.

Aunque sus responsables estén más próximos a Israel, la  película mantiene una exquisita neutralidad en la exposición de las razones y las vivencias de los protagonistas, en sus respectivas zonas de conflicto y circunstancias. El impactante arranque con los títulos de crédito y las conversaciones y risas en off, hasta que tiene lugar una terrible explosión de la que vemos algo de sus devastadoras consecuencias y una voz lastimera pronunciando un nombre. Luego sabremos que ha tenido lugar en un café en el que la chica estaba con una amiga, que perdió la vida en el atentado terrorista. Desde entonces, teme a esos espacios públicos en los que la muerte puede hacerse presente en cualquier momento y es consciente del peligro en el que vive.

El chico, en cambio, hijo único de una madre viuda, malvive de pequeños trabajos que le hace a un tío carnal. Prisionero, coaccionado e imposiblilitado de moverse libremente en su propio territorio, debe asumir también como parte de su cotidianidad el riesgo de morir o ver destruída su casa y enseres por las bombas de la aviación enemiga. No tiene ordenador, como ella, en casa, para escribirle, debe pagar,  y sus únicas distracciones son reunirse con su primo y amigos y soñar con la libertad de una beca que le permita residir y estudiar en Francia, para lo cual  se convertirá en un destacado estudiante de ese idioma.

Las diferencias abismales entre ambos personajes – políticas, sociales, familiares, económicas y culturales – así, se hacen patentes incluso siendo los dos víctimas de una terrible guerra de ocupación. Pero la honradez del cineasta y de la autora, su sensibilidad y valentía, reside en mostrar al bando oprimido y al opresor, al colonizado y al colonizado y también a los desastres y horrores de la guerra en ambos contendientes y en la población civil. El final, tan abierto como emotivo, cierra un ciclo y abre una nueva etapa para Tal y Naím, apenas entrevistos en un territorio hostil. Ojalá que el mensaje de esa botella en el sangriento y castigado mar de Gaza, cale hondo en las conciencias.

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