‘El artista y la modelo’: Posados

El madrileño Fernando Trueba tiene una filmografía ecléctica que revela su inquietud por pulsar diferentes registros. Véanse sus retratos, en clave retro-irónica, de otros tiempos en este país. Así la oscarizada ‘Belle Epoque’, ‘La niña de tus ojos’ o ‘El año de las luces’, con la que consiguió un Oso de Plata en Berlín. Esto junto a incursiones en relatos más sofisticados y complejos como ‘El sueño del mono loco’ y, últimamente, en el musical tipo ‘Calle 54’ o el curioso experimento de ‘Chico y Rita’. No está mal para un hombre que empezó con la adaptación del éxito teatral, ‘Sé infiel y no mires con quien’…

‘El artista y la modelo’, parte de un guión que escribiera el realizador con el gran Rafael Azcona, guardara en un cajón y retomara muchos años después, en este caso con otro grande, el francés Jean- Claude Carriére. Relata la historia del encuentro y la amistad surgidas, en los años cuarenta y en la Francia ocupada entre un escultor – el filme está dedicado a creadores desaparecidos, entre ellos, un hermano del realizador – de ese país y una joven española, de duro pasado y firme compromiso, que acabará viviendo con el artista y su esposa y trabajando de modelo para él. Ambos, en las etapas más opuestas de la vida, acabarán consolidando un vínculo muy especial.

Galardonada con la Concha de Plata al Mejor Director en el reciente Certamen de San Sebastián, celebrada casi unánimemente por la crítica, bellamente fotografiada en blanco y negro por Daniel Vilar, exhibe una excelente factura formal, una cuidada puesta en escena y un buen reparto internacional. Y sin embargo…

Sin embargo, hay algo en ella que no acaba de convencer, pese a lo antedicho, a quien firma estas líneas. Tal vez peque de una falta de intensidad, de una frialdad, que se quiere emotividad contenida, y que no traspasa. Tal vez, y aunque los desnudos y posados estén muy bien tratados y el proceso de trabajo creador correctamente expuesto, rara vez está habitada por la tensión, el pudor y el conflicto – ¡¡¡ en la Francia ocupada, en aquellos durísimos años !!!.

Resulta difícilmente creíble que una chica,  que viene de una experiencia atroz y que sigue desafiando al peligro y a la muerte, día a día, no muestre en su rostro, en sus actitudes, o en su cuerpo, las cicatrices de lo vivido. Incluso ese final, que se quiere lírico y trágico, resulta impostado. Y, aunque los actores cumplen, no están superlativos precisamente por esa falta de entidad de la que adolecen sus personajes. Hay películas sin luz, ésta carece de sombras.

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