‘La nostra vita’: Una historia proletaria

Nada más adecuado que glosar esta película franco- italiana, de 98 minutos, y fechada en 2010,  del actor, realizador y coguionista, de esta última nacionalidad, Daniele Luchetti en este 1º de mayo… Porque lo que se narra en ella, su historia y protagonistas, pertenecen a una clase social que no aparece más que como secundaria en la inmensa mayoría del cine que vemos. Lo insidioso es que lo asumimos como normal. Y no lo es. Con la excepción de Robért Guedigian y Kaurismaki, además de clásicos como Costa Gavras y otr@s contad@s cineastas, de ell@s ya no se habla. Son, a lo sumo, extras de una función que le pertenece por entero a la burguesía.

La vida de est@s otr@s de la que da cuenta, y a la que alude el título, es la de un albañil que tiene una bonita familia y está muy enamorado de su mujer. Con dos varones y otro en camino, se muestran vitalistas e ilusionad@s entre el afecto de l@s suy@s. Pero una tragedia inesperada se hace presente provocando un desmoronamiento de su microcosmos y hasta de los valores en los que creían. A una primera parte llena de esperanza y energía, le sigue una segunda que rezuma amargura, cinismo y desaliento. Reflejo del cambio radical en el punto de vista y en las emociones del protagonista, un excelente Elio Germano, que recibió la Palma de Oro al Mejor Actor en Cannes.

En efecto, la mirada de la cámara del realizador nos introduce en la intimidad de personas felices, que tienen proyectos y sueños. Una pareja dichosa, unos hijos a los que quieren y de los que disfrutan, unos parientes y amistades con l@s que pueden contar. Y también sabe reflejar la negrura de una pérdida injusta, el duelo que se enmascara con la huída hacia ninguna parte, el rechazo a tus circunstancias y la negación. Y lo hace bien, sorteando el costumbrismo y las complacencias a base de una naturalidad desarmante – mérito de un estupendo reparto – tanto en los retratos de grupo, como en los individuales. Luego, en la desolación y en la desdicha, nos hace partícipes de la angustia y el malestar de vivir de su personaje central.

Bondades de una cinta, como las de no ser moralista. Como las de reflejar un tiempo y un país, desde el otro extremo de la pirámide social. Como las de moverse con soltura entre las contradicciones entre compañeros, aquí masculino plural, de infortunio. Como las de mostrar las traiciones a la propia clase y a la propia gente. Como las de hacer valer los principios éticos sobre los de la rentabilidad.

Aunque no todo es positivo en ella. Tan tensa en su puesta en escena, como su protagonista. Excesiva en sus continuos y compulsivos primeros planos, que llegan a incomodar. Con un empacho de diálogos y agitación febril, que impide, paradójicamente, un acercamiento más complejo y personal, más emotivo, a la historia. Con un ritmo tan convulso como disperso y, a la postre, negativo para el devenir del relato. Con una conclusión apresurada y un guión insatisfactorio y corto de miras. Con todo, esta historia proletaria merece verse.

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