‘Ayer no termina nunca’: Mater dolorosa

Sostiene Isabel Coixet, en unas declaraciones a Roberto González, en Tiempo de Ocio, sobre esta su última cinta, que: “Antes que cualquier otra cosa, quería hacer una película que reflejara cómo la historia personal de una pareja se entrecruza con la historia de un país. Quería mostrar que la crisis no es sólo algo que afecte al bolsillo, sino que afecta a la vida, a las posibilidades y al futuro”.

‘Ayer no termina nunca’ es un drama intimista de 108 minutos de duración, escrito por la propia realizadora y libremente basado en una obra teatral. Fechado este mismo año, sigue a un hombre y a una mujer que se reencuentran, tras un lustro sin verse, y que tienen una historia y una tragedia en común. Transcurre en 2017, en una España aún más devastada por la crisis, que suma y sigue, en la que Messi -¿guiño culé de la cineasta?- se ha hecho con su décimo Balón de Oro y en un par de escenarios donde los protagonistas expresan todo lo que les supone el lastre de un pasado todavía tan presente…

Una cinta minimalista, rodada en Igualada, con un tour de force interpretativo de desigual fortuna.  Luego volveremos sobre ello. Pero si las intenciones de la directora eran de que la crisis de la pareja se uniera a la del país, no puede decirse, ni muchísimo menos, que consiga su objetivo. Porque las referencias políticas se reducen a un par de imágenes y a otro tanto de diálogos. El resto es un psicodrama, con pretensiones catárticas, sobre dos maneras antagónicas de vivir un duelo. Y eso lo invade todo, hasta anular todo lo demás.

Y, en aras del efectismo doloroso, anula otros registros de la personalidad y circunstancias de su protagonista que sí hubieran sido testimoniales de un estado de cosas. Porque la encasilla, en su desgarro resentido, en los roles de madre y ex esposa abandonada. Y eso afecta también a la propia interpretación de Candela Peña, tan intensa como impostada. Porque a él lo convierte en un tipo esquemático, ambivalente, tan falso en su perfidia como en su inocencia… y con el que Javier Cámara no sabe qué hacer. Porque puede más el mensaje transcendente y exhibicionista, que un acercamiento más íntimo y respetuoso a una pérdida desgarradora.

Es lastimoso hacer constar todo esto porque Isabel Coixet sabe, puede y debe hacer películas mejores, más maduras y complejas. Porque sabe filmar, cuenta con un gran equipo  y posee una capacidad de sugerencia y creación de atmósferas. Pero la pierde, como aquí, el narcisismo autoral, la total ausencia de autocrítica, de ironía, la abundancia de clichés, la búsqueda compulsiva de una diferencia que no es tal, la pomposa vacuidad de su discurso…

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