‘Hijo de Caín’: Tenemos que hablar de Nico

El guionista y realizador catalán Jesús Monllaó Planas, debuta en esta ópera prima rodada en su lengua original y, lamentablemente, doblada al castellano, con lo que tiene de agravio para el trabajo actoral y el propio clima del filme. Es un thriller, que adapta la novela de Ignacio García-Valiño, ‘Querido Caín’, y cuya escritura firman Sergio Barrejón y David Victoris. Con 100 minutos de metraje, se inscribe en la línea de pretendida renovación  del cine de género cultivada, con desigual fortuna, por jóvenes directores del país.

La historia remite a una familia acomodada que tiene dos hijos. Una pequeña encantadora y un chico de quince años, con una inteligencia privilegiada, gran pasión por el ajedrez y un carácter hosco, cerrado y difícil, especialmente conflictivo en relación a su padre. Cuando protagoniza un hecho atroz, los progenitores se ven en la tesitura de tomar una decisión respecto a él. Y es la madre, siempre comprensiva, quien lo hace imponiéndose a la línea dura del progenitor. Así, el joven entra en contacto con un psicólogo y con el mundo del ajedrez profesional. Turbios secretos saldrán a la luz y la tragedia se hará presente.

Pese a contar con elementos que la hacen interesante como una buena gradación del suspense. Un clima desasosegante, especialmente en la primera parte. Un tablero con  las piezas  expuestas, aunque se reserven los movimientos. Una puesta en escena elegante y contenida, que no abusa del efectismo facilón. Una inquietante reflexión sobre la génesis del mal. Un reparto que se entrega y que cumple, aún perjudicado por el doblaje. La prestancia de Jack Taylor. La determinación de María Molins. La consternación de José Coronado. La ternura de Helena de la Torre. Y David Solans que, aún sobreactuado en ocasiones, ofrece el rostro impenetrable y perturbador del lado oscuro. Para él, lo digo desde ya, habrá candidatura al Goya. Y no sólo…

Pero… el guión hace aguas en la segunda parte. Las subtramas no dejan ver el bosque y las resoluciones ofrecidas son de una sonrojante falta de verosimilitud, un insulto a nuestra inteligencia. Las virtudes descritas en el párrafo anterior se pervierten en defectos, en lastres que afectan al propio ritmo, que se precipita y banaliza. A las propias interpretaciones, que se exasperan. A los propios personajes, protagonistas de un drama que se devalúa cuando debería ganar en climax. Este jaque al rey, esta jugada que se pretendía definitiva, ni siquiera queda en tablas, sino que pierde la partida.

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