Dos mujeres han hecho posible ‘El viaje de Harold’. Una es la ex actriz de cine, teatro y televisión, guionista, dramaturga y novelista británica, Rachel Joyce, cosecha del 62, responsable de la escritura de esta película, basada en su primer y premiado libro ‘El insólito peregrinaje de Harold Fry’ (2012), que esta firmante no ha leído, título original, mucho mejor que el castellano, de la obra literaria y de la película.
La otra es su compatriota, la directora de cine, teatro y televisión Hettie Macdonald, asímismo cosecha del 62, que llevaba nada menos que 27 años sin filmar un largometraje desde su galardonada ópera prima, ‘Beautiful Thing’ (1996).
Rachel y Hettie, Hettie y Rachel, han convertido un filme que se prometía convencional, y lleno de «dejá vu», en una rara avis del género, tan transitado por el cine, de la road movie.
Rara avis en el sentido de que no es complaciente ni con la historia, ni con su protagonista, un hombre digno y bueno, pero lleno de claroscuros. Un hombre digno y bueno que no ha sido capaz de afrontar, sin evasiones o bloqueos, los golpea de la vida.
Rara avis, viaje insólito, el que emprende este recién jubilado, tras haber recibido la carta de una vieja amiga y antigua compañera de trabajo – con la que, luego se sabrá a lo largo del metraje, le une una deuda muy importante – a la que lleva décadas sin ver ni tener noticias suyas…
Una vieja amiga que le comunica que está en estado terminal, a causa de un cáncer, finalizando sus días en un centro hospitalario al otro extremo del país. Una vieja amiga a la que pretende responder con una misiva ad hoc, pero un encuentro fortuito, con revelación incluída, hará que cambie de planes.
Y el apático y evasivo Harold Fry toma la decisión insólita de ir caminando, sin móvil, sin calzado, ni ropa, adecuados, con lo puesto y sin móvil, miles de kms por las carreteras inglesas.
Un insólito viaje contra la muerte, contra el destino fatal de una mujer enferma, que será también un recorrido de autodescubrimiento, de rendición de cuentas con su pasado, de – incluso pese a sí mismo, porque los recuerdos le asaltarán inevitablemente en sus largas jornadas – mirar a su existencia y a sus actos cara a cara, sin importarle lo insoportablemente dolorosos que puedan ser.
Todo ello mientras tiene encuentros valiosos como el de una muy cualificada doctora inmigrante que no puede ejercer, que le acoge, que le proporciona ropa y calzado, y que le atiende. O como el de un perrito sin hogar al que adopta. O como el de alguien muy parecido a otra persona muy querida.
Todo ello mientras su fama crece y le sigue un excéntrico cortejo de peregrin@s. Todo ello mientras su lúcida e inteligente esposa, que le conoce, le quiere y le cuestiona, se desespera ante la enorme distancia, en más de un sentido, que les separa e intenta convencerle para volver a casa.
Todo ello contra la muerte, por esa esperanza y esa iniciativa que siempre le faltaron, pese a las ampollas, los desalientos, la lluvia, el clima hostil, las flaquezas de la edad y el cansancio. Todo ello…
Producción estadounidense, fechada en el año en curso, de 108 minutos de metraje. Muy bien fotografiada por otra mujer, Kate McCullough y con una banda sonora, que sabe subrayar el relato, firmada por Ilan Eshkeri.
‘El viaje de Harold’ tampoco hubiese sido posible sin un eminente Jim Broadbent, que la llena con sus presencia y talento. Ni sin la enorme Penelope Wilton, cuyas apariciones secundarias tienen unos enormes peso y contrapeso.
Una película que nos interpela sobre las fragilidades emocionales, sobre el perdón, la generosidad y la reparación que, sin ser una obra maestra, ni salirse de ciertos parámetros convencionales en su puesta en escena, le ha resultado digna, valiosa y con importantes cargas de profundidad a esta firmante.
Véanla cuando alguna plataforma la programe. Es un consejo.