Sevilla Festival de Cine Europeo. Toma VI. Parte II. ‘Shame’: Una adicción llamada deseo

‘Shame’, Steve McQueen.

Un joven ejecutivo, guapo, de éxito e irresistible para las mujeres. Un apartamento de alto estanding, en una zona vip de Nueva York. Un erotismo insaciable que se alimenta de relaciones de una noche, de sexo pagado, de videos, películas y revistas pornográficas, de un disco duro muy caliente y de masturbaciones compulsivas en no importa qué lugar, trabajo incluído. Unos espacios tan lujosos como impersonales, que propician coitos rápidos. Una cópula fallida, porque interviene la ternura. Un jefe, adúltero vocacional, muy lejos del carisma de su subordinado y colega.

Una hermana dependiente, frágil y de tendencias autodestructivas. Una inclinación perturbadora, enmascarada de rechazo. Un turbio pasado compartido. Un orden que se tambalea cuando asoma la intimidad. Una envoltura formal perfecta,  oscureciéndose progresivamente. Una tiranía del deseo, en deriva hacia lo sórdido. Una sucesión de cuerpos fornicando. Una música que subraya y potencia. Un viaje a los infiernos. Un final abierto e inquietante…

El británico Steve McQueen ha firmado con esta demoledora ‘Shame’ la película, no sólo de la Sección Oficial, sino del Certamen. Y lo ha hecho desde una factura impecable, con una puesta en escena sobria, elegante y precisa, en la que ni un sólo plano es gratuito y que va ensombreciéndose progresivamente, a la medida del comienzo del deterioro de su protagonista, un inmenso Michael Fassbender. Protagonista a quien da la justa réplica con su talento habitual Carey Mulligan.

Y lo ha hecho por haber conjurado el fantasma del producto sofisticado y digerible de usar y tirar. Y lo ha hecho por haber rehuído juzgar o condenar a su personaje, aunque nos haya acercado a su tormento. Y lo ha hecho porque no resuelve, ni absuelve, ni redime. Y lo ha hecho porque es una película en la que nada humano es ajeno, perturbadora y dolorosamente incómoda. Y lo ha hecho por haber sabido retratar con talento y  sin coartadas morales, biempensantes o de normalidad al uso, una adicción llamada deseo.

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