‘J. Edgar’: Poder absoluto

Clint Eastwood ha levantado acta, sabia y lúcidamente, de algunos de los males que aquejan a la sociedad norteamericana contemporánea. Y los ha registrado. Desde la violencia al racismo, desde las desigualdades de clase, a las arbitrariedades jurídicas, desde al asesinato legal de las ejecuciones, a las turbulencias privadas en las asimetrías de género, valiéndose de historias, en clave dramática, con tonos épicos, líricos, descarnados, poéticos y violentos.

En efecto, este octogenario y clásico viviente ha dejado constancia para la posteridad de las variantes más perversas de la dominación y el abuso de ciertos grupos humanos sobre otros, exponiéndolos a nuestra consideración con esa mirada fílmica suya tan austera y potente, tan sobria e intensa, en las que el humor y la ternura nunca están ausentes. En las que sabe mostrar los recodos y las negruras de sus antihéroes más villanos, pero también sus contrapuntos más desvalidos y vulnerables.

Su encuentro con un personaje tan oscuro y poliédrico como el todopoderoso director durante cinco décadas del FBI, J. Edgar Hoover prometía sobre el papel ser interesante, todo un reto. Y a fe que no defrauda. Ciento treinta y siete minutos absorbentes que muestran un fresco de años muy convulsos en la historia de su país, en los que el protagonista tuvo un papel muy destacado. El magnífico guión de Dustin Lance Black sigue este itinerario desde 1919, siendo un veinteañero ambicioso, hasta su muerte, acaecida en 1972, cuando contaba con setenta y siete años. Desde los comienzos de su carrera, hasta su ocaso.

Así, mientras el anciano implacable va desgranando su biografía profesional de manera acrítica y autocomplaciente, nos es dado contemplar los hechos tal y como fueron y quisieron ser percibidos por una personalidad prepotente y fanática, que pocas veces se permitía la duda… Salvo en la esfera privada, que mantuvo -él, que había espiado y puesto bajo sospecha a toda una nación, so pretexto de defenderla de sus presuntos enemigos- ferozmente a buen recaudo. Aunque sin poder evitar especulaciones de toda índole y filtraciones dignas de crédito.

El realizador retrata a este hombre contradictorio y peligroso, poseído por un afán redentorista y por obsesiones conspiratorias, que favorecían, todo hay que decirlo, sus ambiciones profesionales, en toda la extensión de su poder. Poder absoluto que mantuvo bajo el mandato de ocho presidentes y tres guerras, y cuya influencia, directa e indirecta, se mantiene hasta nuestros días.

Y lo hace de una manera compleja y elegante, sin necesidad de cargar las tintas, reconociendo sus logros en la criminalística forense, enfrentándolo a personajes de su época, de todos los ámbitos, no sólo políticos, sino culturales, artísticos… En sus comparecencias de control ante el Congreso, que se rindió tantas veces a sus argumentos paranoides y fascistas. Así lo vemos con personalidades tan dispares como Robert Kennedy, Shirley Temple, Ginger Rogers o Charles Lindbergh, en el trágico episodio del secuestro y asesinato de su pequeño, que aprovechó para consolidar el FBI. Todo ello perfectamente descrito, filmado y contextualizado.

También en las distancias cortas… La privacidad del solitario protagonista -un extraordinario Leonardo Di Caprio– , nunca desprovista de connotaciones ideológicas, pivotó sobre tres personas claves. Su secretaria, estupenda Naomi Watts, a quien propuso impulsivamente matrimonio, que ella declinó por preferir su dedicación profesional. Su madre, la siempre excelente Judi Dench, de quien aprendió la ferocidad, el fanatismo y la determinación a toda prueba, y que despreciaba la homosexualidad. Y, sobre todo, su alter ego, el hombre no oficial de su vida, su segundo de a bordo, el siempre leal Clyde Tolson, quien le acompañó desde su juventud, hasta su muerte. Le aporta rostro y buen hacer un sorprendente Armie Hammer.

Es en la descripción de esta última relación donde el director demuestra su talento para filmar la intimidad. Una intimidad tan formal como apasionada, tan clandestina como secreto a voces, nunca desprovista de connotaciones ideológicas y siempre ambivalente en el alcance de su materialización física. Una intimidad que deja ver el lado más vulnerable y cercano de un ser humano tan inquietante en su oscuridad.

Y pese a que se le haya reprochado justamente el exceso de caracterización en el envejecimiento de los protagonistas, tal circunstancia no reduce ni un ápice el valor, la calidad y el interés incontestables de una cinta habitada por el talento a quien la Academia hollywoodense, en otro alarde de ceguera, no se ha dignado conceder ni una sola candidatura a los Oscars.

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