‘Cosmópolis’: La ciudad frente a mí

Un realizador tan sugerente e inquietante como el canadiense David Cronenberg, que ha ahondado en los abismos de la condición humana, desde los registros más íntimos y personales hasta las patologías sociales, no podía sustraerse a la tentación de filmar una historia sobre la crisis capitalista que padecemos. Y esa historia estaba publicada en el año 2003 por el reputado autor neoyorquino, Don DeLillo, quien disecciona en ella “los daños morales post 11-S ” y se adelanta casi una década al actual desastre económico-financiero.

Quien esto suscribe, no conoce la obra. Luego debe remitirse a la película, de nacionalidad francesa, con 108 minutos de metraje, fechada en este año y escrita por el propio realizador. Da cuenta de las densas veinticuatro horas en la vida de una joven y millonario financiero, estupendo Robert Pattinson, que recorre N.Y. de punta a punta en su limusina blanca, para cortarse el pelo en su barbería habitual en el lado más oscuro de la ciudad. Mientras, tiene encuentros de todo tipo dentro y fuera del vehículo, apostando contra el yen, dilapidando su fortuna y arriesgando su propia vida. La urbe, a su vez, se ve colapsada por la visita del presidente, el funeral de una estrella del rock, el rodaje de una película y una airada manifestación.

Cronenberg recoge tal incandescencia  a través de los ojos de un protagonista paradójica y voluntariamente desprovisto de emociones y de sus eventuales interlocutores, tan impersonales e inexpresiv@s como él. Con la excepción de un magnífico Paul Giamatti y la desarmante frescura que le aporta Juliette Binoche al suyo, una mujer prostituída para uso y consumo del chico de oro.

Distanciamiento este que se intenta compensar con un exceso de discurso que, aunque contenga eventuales chispazos de lucidez, se corrompe en verborrea pura y dura. No hay personas, sino bustos parlantes sobre todo lo divino y lo humano, en el lujoso nido protector del coche fantástico o en escenarios altamente sofisticados y high class. Ni siquiera importa de lo que tratan… ¿era eso lo que Cronenberg pretendía? Y mira que apunta temas interesantes y actuales. Y mira que ha contado con un equipo de primera clase y con un reparto entregado. Y mira que el tema prometía. Y mira que sabe filmar y resolver escenas más que complicadas.

Pero le pierde el prurito autoral pretencioso, hermético, vacuo y egocéntrico. Se cree en posesión de la verdad, en pleno ejercicio de sus facultades y se revela repleto de una pedantería tan banal y vacía de contenido como la vida hueca y sin sentido de su personaje.

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