Década de los cincuenta, en Estados Unidos. Un joven veterano de guerra, devastado física y emocionalmente, adicto a los más fuertes y letales cócteles alcohólicos que él mismo prepara, obsesionado con el sexo, gravemente perturbado e incapaz de integrarse en la sociedad civil, contrahecho a causa de las secuelas del frente, conflictivo, inestable y de comportamiento errático, va a caer al mar, huyendo de quienes le persiguen por haber provocado una muerte, y de ahí a un barco. Barco en el que se celebra una boda. El matrimonio de la hija de un personaje tan carismático como inquietante, promotor de una nueva y espiritual visión del mundo, conocido por sus seguidores como ‘El Maestro’. De este encuentro entre dos personalidades tan aparentemente antagónicas, y del contexto que la hizo posible, trata la última cinta de Paul Thomas Anderson.
El cineasta y guionista -que ya nos regalara excelentes trabajos con ‘Magnolia’ o ‘Boogie nights’ – retrata aquí al que se ha identificado claramente como L. Ron Hubbard, fundador de la Cienciología. Y también a sus métodos, tan heterodoxos como discutibles. Un hombre que, con una ambición desmedida y una sobredosis de megalomanía mesiánica, creó una cosmovisión que bebía de fuentes tan diversas como la filosofía, la espiritualidad, el misticismo, la ciencia ficción, el esoterismo, el ocultismo, la reencarnación, en sus peores versiones y mezclados con la clara intención de dominar las voluntades ajenas. Para ello contaba con una personalidad magnética y tiránica, en la que sus fines justificaban todos los medios.
Estamos ante una obra mayor. Una película intensa, perturbadora, desasosegante e hipnótica, a la que no le sobra, ni le falta un solo plano. Que sabe mantener – ¡y de qué manera! – el tour de force entre dos hombres opuestos, pero con profundas y secretas semejanzas. El uno pretende domar el lado salvaje del otro ignorando, en su inmensa arrogancia y soberbia, que el más perturbado de los dos, si cabe, es él.
Una obra que muestra la intimidad y la imagen pública de quien se arrogó de un magisterio sectario, enemigo acérrimo de las emociones y las pasiones humanas. Que registra impíamente, sin sombra de efectismo o trampa, los insidiosos ejercicios y pruebas con los que sometía a sus ‘discípulos’ y captaba sus mentes. Con un apabullante dominio del clima, del tempo, de la cámara, de la puesta en escena. Tan preciso como un mecanismo de relojería, con un equipo técnico artístico en estado de gracia. Y para el reparto… no hay palabras. Amy Adams, Laura Dern y ese dúo excepcional de dos actores en la cima de su talento. Los prodigiosos Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman, a quienes todos los reconocimientos les son debidos. De ninguna manera pueden perdérsela.