Archivo diario: septiembre 26, 2014

‘La isla mínima’: Aguas turbulentas…

Quien esto suscribe se enteró casualmente – estando a punto de comenzar la sesión de su muy querido club de lectura, en su muy querida librería La Extravagante – de que había un preestreno de esta película de Alberto Rodríguez – Sevilla, cosecha del 71 – en el cine Nervión, en el plazo de una hora y media. Quien esto suscribe se despidió apresuradamente de sus muy queridas compañeras y contertulias y salió apresuradamente de allí. Quien esto suscribe, no estaba en la lista.

Quien esto suscribe, no imaginaba lo que iba a encontrarse… un acto social en el que gentes del espectáculo, del cine, de la política, de los medios y un largo etcétera, confluían gozosa y multitudinariamente. Quien esto suscribe, no tenía salvoconducto. Quien esto suscribe, fue invitada a esperar, y lo hizo durante casi media hora a pie quieto, hasta que pasaran las personas autorizadas. Quien esto suscribe, encontró un hada madrina que hizo el milagro. Quien esto suscribe, finalmente, pudo pasar a la sala. Quien esto suscribe, lo dio todo por bien empleado. Y esto fue solo el principio…

Porque lo que tuvo ocasión de ver, tras tanta peripecia, proyectado en tres salas simultáneamente y presentado otras tantas veces por el director y parte de su equipo, es un film poderoso a tener muy en cuenta. Porque la historia de dos detectives que son ‘castigados’ a resolver el caso de la misteriosa desaparición de dos hermanas adolescentes, en unas marismas llenas de asechanzas y peligros, es única y singular en más de un sentido.

Porque combina sabiamente el thriller negro, negrísimo, con el trasfondo socio-político-económico de la España de la Transición, comienza el 20 de septiembre de 1980. Pero también es una mirada lúcida y crítica a una comunidad claustrofóbica, donde todos sus habitantes guardan secretos. Pero también posee una puesta en escena elegante y sutil, en la que silencios, gestos y miradas cuentan tanto como las palabras. Pero también está habitada por una violencia soterrada, acechante y cortante como un cuchillo, que te sorprende con la guardia baja.

Porque nos regala hermosos planos de unos paisajes vistos tanto desde las alturas como a ras de tierra, tan amplios como estrechos son sus interiores y su paisanaje, cortesías de Alex Catalán. Porque la surcan preciosas aves con sus gritos de vida y que son parte integrante de la historia. Como sus cielos, tan cambiantes. Como sus plantas. Como el agua que la recorre por todos sus puntos cardinales. Porque su banda sonora, de Julio de la Rosa, se mimetiza con el sonido y el ruido ambientales integrándose, sin innecesarios subrayados, como un elemento dramático más.

Porque tiene unas diabólicas elipsis, al servicio de un inteligente guión de Rafael Cobos y el propio realizador, que retan continuamente al espectador y no se lo ponen nada fácil. A veces incluso, este sería uno de sus peros, junto a un final potente pero algo apresurado, innecesariamente difícil y complicado. Porque nos recuerda que la España de la que hablan – tan bien ambientada la época, sin imposturas, ni mixtificaciones – forma parte de nuestro presente. Porque nos recuerda cuantas historias individuales y colectivas se cerraron en falso. Porque nos recuerda que hay clases, víctimas y verdugos y víctimas de las víctimas. Entre las cuales, las mujeres que la pueblan.

Porque se habla un andaluz profundo, no impostado, ni zarzuelero. Porque es densa, intensa, tenebrosa y posee nervio – esa persecución en coche por la marisma… – y emoción. Porque ha obviado los más trillados y facilones clichés del género. Porque te atrapa desde el minuto uno y ya no te suelta. Por su ritmo, su clima, su clímax y su atmósfera.

Porque es una historia coral, pero tiene dos claros protagonistas. Porque Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez -¡¡¡qué personaje el suyo!!!- también representan las dos caras de un país y las de dos policías tan antagónicos como complementarios. Porque ambos están que se salen. Porque tiene algun@s secundari@s de oro. Por todo ello, y por tantas cosas más, no se les ocurra perdérsela.

Post scriptum y fe de olvidos. Quien esto suscribe, terminó de redactar esta entrada a las tantas de la madrugada, tras el preestreno. Eso explica su olvido – aunque no se pueda escribir todo de todo… – al mencionar el excelente trabajo del técnico de sonido, Daniel de Zayas; del montaje de Jose M. G. Moyano, como representantes de un equipo técnico difícilmente mejorable. Y de la intensidad de las presencias, en sus breves pero inolvidables apariciones, del gran Antonio de la Torre y de Nerea Barros, como representantes, asimismo, de un reparto en estado de gracia. Subsanado queda.