‘El mundo sigue’: Mi querida España…

Tercera de una trilogía que comenzó con ‘La vida por delante’, en 1958 y siguió con ‘La vida alrededor’, en 1959, ‘El mundo sigue’, 1963, está basada en la novela homónima de Juan Antonio Zunzunegui. Las tres están escritas, dirigidas e interpretadas por Fernando Fernán Gómez. Esa página imprescindible que es Wikipedia nos aclara que esta que nos ocupa”no se estrenaría hasta dos años después de su rodaje y que se la considera la ‘película maldita’ de su realizador, ya que tuvo problemas con la censura franquista durante su filmación, exhibición y distribución”. Se estrenó tarde, mal, apenas se mantuvo en cartel y no ha sido exhibida en televisión en décadas…

Pero hay que detenerse en algunos de los títulos españoles proyectados en 1965 para entenderlo. Como, por ejemplo, ‘El alma de la copla’, de Pío Ballesteros; ‘Cabriola’, de Mel Ferrer, con Marisol; ‘La familia y uno más’, de Fernando Palacios; ‘Más bonita que ninguna’, de Luis César Amadori, con Rocío Dúrcal; ‘La pérgola de las flores’, de Román Viñoly Barreto, con Marujita Díaz; ‘Whisky y vodka’, de Fernando Palacios, con Pili y Mili … y un largo etcétera de este tenor. Con dos notables excepciones, ‘La caza’, de Carlos Saura y ‘Nueve cartas a Berta’, de Basilio Martín Patino.

Al contrario que en estas dos muy valiosas cintas, Fernán Gómez se sitúa, sitúa la mirada de su cámara a ras del suelo. A través de una familia de barrio que padece en sus carnes la pobreza económica y moral de una dictadura atroz con la ciudadanía, pero que en esa década, llamada prodigiosa, se maquillaba con el desarrollismo… El realizador no le hace el juego y muestra, en clave de melodrama y sin anestesia, los años de plomo del régimen a través de un grupo humano unidos por lazos de sangre y separado por todo lo demás.

Honesta, valiente y desgarradora crónica de un tiempo y de un país, que no deja títere con cabeza. Su oscuridad, estremece. Su crueldad, solivianta. Su sinceridad, apabulla. Su intrepidez, desarma. Su puesta en escena – nada costumbrista, ni facilona, ni obvia – admira por su elaboración y complejidad. Prodigiosos esos flashbacks en la escalera del inmueble, en los que se resumen los recuerdos de unas vidas, de unas relaciones. El paisaje nacional en carne viva. Pero también su paisanaje. Esas gentes sin esperanzas, ni principios. Sin la épica, ni la lírica, de las víctimas. Al desnudo en sus miserias,  en su crueldad y en su cerrazón.

Centrada en la envidia y rivalidad extrema entre dos hermanas muy diferentes, revela – a través de ella – el terrible destino de unas mujeres alienadas, sin derechos, ni autonomía, ni libertades. Sometidas a maridos ruines y maltratadores, sin más destino que la sumisión o la “perdición”, o el desclasamiento. Pero enfrentadas entre ellas, en lugar de aliadas. Y los hombres… mezquinos, hipócritas, autoritarios, irresponsables, crueles y prepotentes, encarnados especialmente en el siniestro protagonista que compone Fernán Gómez con la excelencia que le caracterizaba.

Solo dos personajes tienen algo de luz en tanta negrura. Son los interpretados con toda solvencia por Milagros Leal y Agustín González. El tour de force entre Gemma Cuervo y Lina Canalejas se resuelve, a juicio de quien esto firma, a favor de la primera. La segunda resulta sobreactuada y a todas luces excesiva. Poblada de secundarios-as ilustres  – José Morales, José Calvo, José María Caffarel, el propio Agustín González, María Luisa Ponte, Ana María Noé y, desde luego, Francisco Pierrá –   resulta estimulante descubrir a unas jovencísimas y casi irreconocibles Marisa Paredes y Pilar Bardem y también a Fernando Guillén.

Un implacable y extraordinario retrato de la España más profunda que la dictadura escondía. De esa querida España, esta España mía, esta España nuestra, que cantara Cecilia, pero en un sobrecogedor ejercicio de Memoria Histórica brutal y nada complaciente. Que quien esto firma sepa, aún permanecerá en el cine Avenida, en una única sesión a las 20.30, otra semana más. Una obra maestra de un cineasta de excepción. De ninguna manera pueden permitirse perdérsela.

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