Dos de dos: Orgullo y prejuicios

Quien esto firma, en shock por los resultados electorales del pasado domingo, no tiene las neuronas en su mejor momento, pero sí filmes ya vistos y pendientes de reseñar. Por ello, adelanta sus ‘deberes’, al hilo del Día del Orgullo LGTBI, a dos películas en las que la temática homosexual está presente aunque de manera radicalmente distinta. En la primera, los protagonistas son dos amigos adolescentes y en la segunda, un hombre maduro y un joven delincuente de poca monta.

La primera es brasileña y la segunda, venezolana. Tienen en común que ambas son óperas primas y una narrativa no convencional que, pese a sus valores, sirve para maquillar tiempos muertos, oquedades de guión, lentitud y silencios que no siempre se avienen bien con sus respectivos argumentos. Parece que los diálogos estuvieran mal vistos en este tipo de filmes, pero si todo se fía a imágenes más bien lánguidas, miradas y gestos supuestamente expresivos y morosidad en el ritmo, no teniendo el suficiente oficio… apaga y vámonos.

El riesgo citado de convertirse en un ejercicio de estilo vacío de contenido es más acusado en la primera. Hablamos de la producción de Brasil ‘La orilla (Beira- Mar), codirigida por Filipe Matzembacher y Marcio Reolon. De 83 minutos de metraje, el guión es de los propios realizadores. La fotografía, bella y sugerente, está a cargo de Joao Gabriel de Queiroz y la música, discreta y eficaz, la firma Felipe Puperi.

Porque la historia de dos amigos adolescentes que se redescubren afectiva y eróticamente en una suerte de viaje iniciático a las raíces familiares de uno de ellos, tiene demasiadas ambiciones y no tantos logros. Todo lo fía a una sutileza pretendidamente elegante, pero que carece de garra y de verdad. Da demasiadas vueltas sobre sí misma, con un narcisismo pretencioso y superficial. Una pena, porque la sinopsis podría haber llevado a un desarrollo mucho más prometedor.

La segunda es la venezolana ‘Desde allá’, de 93 minutos de metraje, cuyo responsable es Lorenzo Vigas, coautor también del guión junto a Guillermo Arriaga. La fotografía con oficio Sergio Armstrong y la preceden excelentes reconocimientos como los de Mejor Ópera Prima en La Habana y el León de Oro en Venecia, del año pasado.

Aunque dotada de una mayor densidad dramática, tampoco escapa a las convenciones de este nuevo cine de autor antes descritas. El más que improbable romance sobrevenido entre un pandillero y su cliente maduro debería haber sido narrado con desgarro y pasión. Por el contrario, el tratamiento es gélido y distante. Con unos giros de guión efectistas y difícilmente justificados. Y ese final…

Lástima, porque desaprovecha una ocasión de oro para profundizar en cierta prostitución masculina y en el poder absoluto del dinero en una sociedad clasista, machista y desigual. Su pretendida reivindicación homosexual casi roza paradójicamente la homofobia, pues el protagonista desea tanto como rechaza los jóvenes cuerpos que contrata por mor de sus prejuicios. Alfredo Castro hace un gran trabajo y es muy superior a un personaje incomprensible.

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