‘Frantz’: Heridas de guerra

Cuando se filma un remake, aunque sea una versión muy libre,  de una obra maestra de un maestro como Ernst Lubitsch – tal que ‘Remordimiento’ (The Broken Lullaby’, 1932) – hay que pagar un peaje. Las comparaciones resultan inevitables. A veces, también odiosas. De todas formas, François Ozon – cosecha del 67, un cineasta tan sugerente como irregular, capaz de lo mejor y de lo peor – ha arriesgado aquí con todas las consecuencias. Y esa valentía le honra.

Pero también es cierto que la película original es una ilustre desconocida en la filmografía de su autor para el-la espectador-a media, e incluso para las personas más inquietas y cinéfilas. En este caso, el francés juega con ventaja. Curioso que, como en la Historia y en el relato, también hay aquí un contraposición franco-alemana o germano-francesa.

Escrito todo esto, ‘Frantz’ es delicada, tiene una factura impecable, un aliento lírico y trágico, romántico y antibelicista, un hermoso tratamiento cromático en el que se alternan el blanco y negro básico y el color, para ciertas y especiales ocasiones.

Transmite una visión desesperanzada y muy dolorosa de las heridas de una guerra aberrante, imperialista y patriarcal, la I Mundial en este caso, en la que los progenitores de ambos bandos empujaron a sus hijos a matar y a ser asesinados. Y el remordimiento, y el duelo, y la necesidad de perdón, que se derivan de saber que tu supuesto enemigo es tu semejante. Alguien tan sensible y cultivado como tú, alguien que, como tú,  quería vivir y amar.

Todo ello sabe contarlo muy bien el realizador, especialmente en la primera parte. Una primera parte que es muy fiel al espíritu de su modelo pero que, al tiempo, está dotada de una poderosa voz propia y de unas singulares señas de identidad, en su fondo y en su forma.

La segunda es otra cuestión. Ahí se desmarca claramente del original, para bien y para mal. Para bien, porque nos regala el punto de vista del país vencedor y de las suspicacias que despierta allí una joven de nacionalidad enemiga, como las que despertó el soldado francés protagonista en Alemania, cuando pretendió purgar lo presuntamente imperdonable. Para bien, porque nos regala también la mirada de esa chica singular y culta sobre una ciudad tan fascinante como hostil.

Para mal porque complica innecesariamente la historia, que en el original era redonda. Para mal porque, para quien esto firma, sobran los personajes de la familia y entorno del joven. Para mal, por la visión misógina de una madre dominante. Para mal, porque el relato exigía otra conclusión y la elegida resulta artificiosa y postiza.

113 minutos de metraje. La preciosa fotografía es de Pascal Marti. Y la no menos excelente banda sonora, de Philippe Rombi. Pierre Niney y Paula Beer ofrecen lo mejor de sí mismos, todo su talento. A su lado, el resto del reparto, si bien digno, queda apagado. Especialmente en lo que se refiere al padre del Frantz del título, que no puede luchar con el recuerdo imborrable de la extraordinaria composición del gran Lionel Barrymore en la película original.

La disfrutarán mucho más quienes no conocen la versión de Lubitsch. En cualquier caso, una propuesta valiosa y notable, que debe ser vista de todas, todas.

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