‘120 pulsaciones por minuto’: Lazos de sangre

Hombres y mujeres jóvenes unid@s por los lazos de una sangre contaminada de un virus destructivo. Aún más, mortal de necesidad, en el París de los años 90, donde se sitúa la historia de esta película francesa – de 143 minutos de metraje, escrita por su realizador Robin Campillo y Philippe Mangeot y muy bien fotografiada, en su luz y en su negrura, por Jeanne Lapoirie – que se hizo con el Gran Premio del Jurado en Cannes, entre otros múltiples reconocimientos, y fue seleccionada por su país para competir por el Oscar a la Mejor Película de habla no inglesa, pero no llegó al sprint final.

Gente en la flor de la vida que, en su mayor parte, se sabe condenada a muerte, a corto, medio, o poco más, de plazo, que emplean todas sus energías vitales en el activismo frente a un Gobierno – presidido entonces por Mitterand – que les deja en la estacada; frente a un laboratorio que se niega a informarles de sus investigaciones y nuevos tratamientos; frente a organizaciones de enferm@s pseudooficiales que resultan más cómplices que críticas; frente a sí mism@s, cuestionándolo todo y cuestionándose en debates y acciones ininterrumpidas.

Gente que dedica el tiempo que les queda, y-o supervivientes comprometid@s, a un activismo incansable. Sensibilizando, provocando, creando conciencia con procedimientos radicales de fondo y de forma. Gente que, pese a todo, tiene tiempo para divertirse y para amar. Para amar a alguien a la desesperada en el breve plazo del que disponen -“Lamento haberme cruzado en tu camino” – en el placer, en el dolor, en la angustia y en el tránsito.

Robin Campillo no engaña. Enseña sus cartas desde el minuto uno. Sin concesiones. Como el compromiso político de sus personajes. Pueden ustedes gustar o no. Desde el punto de vista de quien esto firma, es una película militante, honesta, justa, pertinente y necesaria. Pero también erótica, sensual, emotiva y lírica pese a sí misma, pues tampoco es complaciente con el drama que describe, ni con la trágica conclusión, ni con las ceremonias de un adiós revestido de tanta dignidad como cercanía.

Con un reparto en estado de gracia en el que destacan el carismático  argentino Nahuel Pérez Biscayart, la maravillosa Adéle Haenel y el sensible Arnaud Valois.

Sean valientes y véanla.

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