‘To the Wonder’: El ruido y las nueces…

Quien esto suscribe, es amante del cine singular del inclasificable productor, guionista y realizador Terrence Malick. Nueve películas en cuarenta años de carrera, de la que esta que reseñamos es la sexta – y de las siguientes, una de ellas está en gestación, otra filmándose actualmente y otra en fase de post-producción – implican un cuidado en la elección de los temas a tratar y de la forma de hacerlo, al margen de las presiones de la industria. Un dato que le honra y a tener tan en cuenta como sus reconocimientos internacionales en Berlín y en Cannes, además de sus nominaciones a los Oscars.

Quien esto suscribe, defendió apasionadamente ‘El árbol de la vida’, frente a sus much@s detractores-as y así lo registró en este blog. Quien esto suscribe, apoyó su valentía, sus vueltas de tuerca, su densidad visual y argumental, su planificación, su osadía, su apuesta decidida por filmar y mostrar la vida, la naturaleza, las relaciones, el cosmos, los microcosmos,  y hasta el más allá en un ejercicio en el que fondo y forma se fusionaban con un resultado fascinante e hipnótico.

Pero esto no ocurre en ‘To the Wonder’… La historia de un amor entre dos países. De las distintas fases de una pareja. De un hombre entre dos mujeres y una niña. De un sacerdote católico, con crisis de identidad. De una comunidad cerrada y agrícola, frente a una urbe sofisticada que son, esquemáticamente expuestos, algunos de los temas , por llamarlos de alguna manera, que la sobrevuelan, no poseen garra, ni emoción, ni interés, ni consistencia argumental alguna.

Antes al contrario.  Estamos ante una cinta habitada por la transcendencia sin base. Por la banalidad más pretenciosa. Por la peor versión de la forma de hacer de su director. Por el dejá vú más copista y tramposo. Por devaneos, o mejor sería decir, desvaríos, pseudoreligiosos, panteístas y reaccionarios, con la excusa de filosofar sobre el Amor y la Fe. Por una pareja sin química. Por un Ben Affleck, más inexpresivo que nunca. Por un Javier Bardem, que roza la caricatura e incurre en el cliché. Por una Olga Kurylenko, que se limita a flotar en todas sus escenas. Sólo Rachel McAdams le imprime alguna credibilidad y fuerza a su mínimo personaje. En fin… No, Mr. Malick, así no.

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