‘El misterio de la felicidad’: Sin rastro…

 

A Daniel Burman – argentino-polaco, de la cosecha del 73 -, firmante de esta cinta y responsable de su guión junto a Sergio Dubcovsky, se le ha llamado el Woody Allen bonaerense. Con el realizador neoyorquino tiene en común sus orígenes judíos, hacia los que proyecta una crítica ironía en el terreno de las relaciones más íntimas. Pertenece a la Nueva Ola del cine de su país y en su filmografía hay títulos tan interesantes y reconocidos como ‘El abrazo partido’, Gran Premio del Jurado y Oso de Plata, en el Festival de Berlín de 2004 o ‘Derecho de familia’, Cóndor de Plata de la crítica en 2006. Está considerado por la prensa especializada como uno de los cinco mejores guionistas y realizadores patrios. Fuentes de la indispensable Wikipedia.

La historia sigue a dos socios y amigos de toda la vida en una empresa de electrodomésticos. Su relación es tan inmejorable y cómplice que se cuentan todo y todo lo hacen paralela y simétricamente. Su forma de vestir, su llegada al trabajo, sus despachos contiguos, su ocio en el hipódromo, sus gestos y aficiones. El reparto de papeles en el negocio es complementario y nada parece enturbiar esa placidez laboral y personal… hasta que uno de ellos, que está casado, desaparece sin dejar rastro. La esposa y el otro comenzarán sus pesquisas implicando en ellas a la policía – que se lo toma con escepticismo – y a una suerte de coach espiritual más que extravagante. En esta aventura descubrirán mucho más de lo esperado.

Burman muestra lo mejor de sí mismo – partiendo de la base de que esta es una obra menor en su currículum – en la primera parte del filme. La descripción del modus vivendi de ambos. Sus similitudes y diferencias. La convicción casi inquebrantable por parte del que se queda – un competente, aunque algo falto de matices, Guillermo Francella – de que están en el mejor de los mundos y que nada va a alterar el orden de cosas en el que se mueve nos es mostrada con una irónica ternura. Pero, sobre todo, la irrupción de una irresistible y desternillante Inés Estévez en el rol de la mujer abandonada es, sin lugar a dudas, lo mejor de la cinta. Su personalidad tan asertiva como caótica. Su manera de situarse en el espacio que le corresponde, sin mimetismos conyugales, por propia iniciativa.

La forma en que ve las cosas y las cuenta. Sus adicciones a los fármacos y sus devaneos alcohólicos. Su receptividad y disposición a asumir sobre la marcha las situaciones más peregrinas en las que se ve inmersa. Su causticidad e inocencia. Todo ello, junto a sus líneas de diálogos, es lo mejor de un relato que, de haber mantenido ese ritmo y esa intensidad, habría sido mucho más estimulante. Comparada con la alleniana, ‘Misterioso asesinato en Manhattan’, carece de su inteligencia, de su sutileza y, en definitiva, de su calidad. Porque, aunque tenga los destellos antes descritos, todo se va al traste en la segunda mitad.

Y lo hace porque desaparece la intriga, aunque persistan los interrogantes, y no es sustituida por ninguna otra cosa. Y lo hace porque neutraliza al personaje femenino en beneficio del de Francella. Y lo hace porque plantea varias subtramas – algunas incluso contradictorias entre sí – sin desarrollar ninguna. Y lo hace porque abandona el humor en beneficio de una pseudonostalgia transcendente y trasnochada. Y lo hace porque su final, aunque abierto, es bastante sonrojante, indigno de la inteligencia que ha mostrado su realizador en otros casos.

Ya están advertid@s para lo mejor y para lo peor. Ustedes mism@s…

 

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