‘Siempre Alice’: El arte de perder

Según la protagonista de esta cinta – ‘Still Alice’, en su título original, cuya traducción al castellano más ajustada sería ‘Aún Alice’ o, más libremente, ‘Sigue siendo Alice’… – el diagnóstico, la vivencia del Alzheimer, es el arte de perder. Perder la memoria, los recuerdos, a los seres queridos, el pasado, el presente, el futuro y la propia identidad. Esto lo declara ante una audiencia compuesta mayoritariamente de enferm@s del mismo mal que a su personaje- una eminente lingüista, profesora, escritora e investigadora – le ha sido diagnosticado cuando acaba de cumplir unos espléndidos cincuenta años y está en la plenitud de su carrera profesional.

Sobre esta enfermedad, más frecuente en ellas, hemos visto títulos como, entre otros, ‘Iris’, de Richard Eyre, ‘Lejos de ella’, de Sarah Polley, ‘Amour’, de Michael Haneke o ‘Arrugas’, de Ignacio Ferreras. Pero en todos, sus víctimas eran de una edad avanzada. La novedad de esta historia es, como se ha citado antes, la precocidad, y celeridad, de los síntomas y el que sean hereditarios. El que, además, como en tres de las citadas, haga estragos en otras tantas mujeres cultas, con éxito e inteligentes, con una situación socio-económica boyante y con parejas muy entregadas y bien avenidas es, sin embargo, una característica común.

El matrimonio formado por el estadounidense Richard Glatzer, escritor y realizador, de la cosecha del 52, y su colega, el británico Wash Westmoreland, de la cosecha del 66, realizan y escriben esta cinta, basada en una novela de Lisa Genova. Tiene 101 minutos de metraje, su fotografía es de Denis Lenoir, su banda sonora de Ilan Eshkeri, en su reparto están Alec Baldwin, Kirsten Stewart o Kate Bosworth, que cumplen con su trabajo dignamente. Pero, sobre todas las cosas, tiene a una espléndida Julianne Moore quien ya ha ganado un Globo de Oro, además de muchos galardones y nominaciones más, y que – lo hemos escrito ya en este blog – recogerá la estatuilla más preciada, si no hay sorpresas, el próximo 22 de febrero.

Porque ella, y solo ella, es el alma de una película que, aunque de factura cuidada, sin su entrega hubiera devenido plana y sin su contención hubiera devenido lacrimógena. De una película de quiero y no puedo, al entender de quien esto suscribe. Ni facilona, ni arriesgada. Ni cobarde, ni valiente. Ni intensa, ni contenida. Ni, desde luego, mejor de las que la precedieron. Ni novedosa, ni exactamente tópica, pero que tampoco sabe sacar partido de unas señas de identidad propias.

Ni un documento sobre el  implacable deterioro provocado por un mal impío, ni una exaltación de las cosquillas emocionales del espectador-a, aunque a nivel del grupo familiar contenga algún que otro lugar común. Pero lo cierto es que, como alguien le ha reprochado, exhibe una cierta indiferencia hacia otr@s enferm@s cronológica y de estatus diferentes al personaje central.

Solo ella, pues, consigue emocionar y transmitir la dimensión infinita de su pérdida. Su devastación y vulnerabilidad, pero también su fuerza y elegancia ante la inminencia del vacío más absoluto. El arte de perder, el arte de ganar, lo maneja Moore aquí con todo su oficio y su talento. Merece la pena verla solo por ella.

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