No solo cine: No llores por mí, Argentina…

Otra cita imprescindible del Centro Andaluz de las Letras en la Biblioteca Pública Infanta Elena, de Sevilla, esta tarde-noche de enero. La de la presentación, a cargo de Fernando Iwasaki, de la reedición, once años después, corregida, ampliada, renovada y enriquecida, del libro de Andrés Neuman, ‘Una vez Argentina’. No fue un acto al uso, ni mucho menos, sino un divertido, chispeante, ingenioso y cómplice diálogo sobre la obra entre dos autores que, además, son muy amigos.

La directora de la biblioteca comentó que, en la obra, “vida y literatura se funden” y citó a Borges, “pertenecer a un país es un acto de fe”, para enfatizar que Neuman ha sido, por este orden, “argentino, granadino y, ahora, sevillano”. Y el presentador no le fue a la zaga, pues declaró que hizo lo propio con la versión anterior en Las Atarazanas. Confesó además que entre ambos hay historias personales y familiares muy parecidas y, a manera de magdalena proustiana, puso un alfajor en la mesa para que dejara fluir los recuerdos y endulzara la novela.

A partir de aquí, el protagonista calificó su libro de una ‘autobiografía prenatal’ en el que, aún expresado de manera simplista, pretende narrar un siglo de su país a través de la historia familiar y viceversa. Así que este material fue sometido a relecturas y reescrituras, contando con Internet y las redes sociales que entonces, en la primera versión, no existían. Ahora es distinto, “se puede regresar audiovisualmente al pasado”. Por ello cuando Alfaguara le propuso reeditarlo no lo pensó. Tenía ya todo completado y además las nuevas historias que le contaron, “el oído es el órgano más importante de esta novela”. Incluso “raíces alienígenas”, porque “somos equipaje”.

Iwasaki lo suscribió comentando que no reparó en cosas hace once años que ahora sí importan pero…”¿cómo se reescribe a los padres?”. Y Neuman, “hay que releer la propia infancia, entender el crimen familiar en términos de novela negra” Porque al cumplir años, según él, se pierden muchas cosas, pero se pregunta mejor. Se cuestiona y se sospecha de versiones anteriores. Definió la obra como diálogos con quienes ya no están, como “dialogar con fantasmas”. El periodo de tiempo que describe, de hecho, va desde 1900 hasta 1991 en que abandonó Buenos Aires. Dado que aún no tiene 40 años, su propia figura ocupa muy poco espacio en el texto.

Pero hay tant@s protagonistas, tantas narraciones en este relato coral y transgresor de memoria de ancestros, histórica y social… Como la de una tía secuestrada por la dictadura argentina, estando encinta, que reapareció misteriosamente y que estaba retenida a pocos metros de su casa. O como las de su padre ý la de su bisabuelo que se libraron del servicio militar fingiendo ser parientes de sendos futbolistas. O la de su bisabuelo gallego que perdió el acento, pero no la identidad, ni la descacharrante descripción, incluso física, que de él hacía su D.N.I. O la de su bisabuela que nació en un país indeterminado por las fronteras y las guerras. O de los cambios de nombre de sus parientes – “en mi familia, todo el mundo se llama como le da la gana” – y también de nacionalidades.

O la de su abuela francesa que leía a De Beauvoir, o la del abuelo que quemaba libros, una vez asimilados pero que, a súplicas de su esposa, salvó ‘Otras inquisiciones’, de Borges. O de los explotados colonos judíos argentinos, cuando el sionismo era de izquierdas. O de que la reparación de las víctimas de la dictadura permite cuestionar también a quienes lucharon contra ellas. O de la música en la novela, es la profesión de sus padres, familia de ‘músicos secretos’, pues él mismo estuvo a punto de nacer durante un concierto de la orquesta sinfónica. O del fiscal Nisman. O de que la información más valiosa de las familias está en las ovejas negras, como la que le proporcionó una tía ‘presuntamente loca’. O… de tantas y tantas cosas más de las que esta, necesariamente esquemática, crónica es solo un pobre y pálido reflejo.

Fernando Iwasaki finalizó el acto con un “vamos a recordar este día en el que estuvimos con Andrés y le escuchamos” Quien esto firma, suscribe. Por ello, se considera tan afortunada por haber estado presente – gracias al Centro Andaluz de las Letras y a la Biblioteca Pública Infanta Elena – en un acto tan enriquecedor, estimulante, divertido y gozoso. Por haber recibido un regalo único, literario y testimonial. Por haber asistido a este diálogo entre dos mentes maravillosas que desvelaron un libro singular.  Háganse con él, léanlo.

 

 

 

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