‘Sunset song’: La Ley del Padre

Quien esto firma siente todo el respeto por la singular filmografía del novelista, guionista, actor y cineasta británico, Terence Davies, cosecha del 45. Quien esto firma siente admiración por la elegancia de sus puestas en escena, por su refinamiento plástico y por su contenido crítico en obras como ‘Voces distantes’ o ‘El largo día acaba’, entre otras suyas, como la también notable ‘The deep blue sea’.

Quien esto firma ha estimado tales cualidades en esta película que nos ocupa. La impecable factura, tan clásica como transgresora. El tratamiento cromático y pictórico, de sus imágenes y planos. El paisaje como un protagonista y elemento dramático más. La estilización de la naturaleza. Su grandiosidad. La épica aliada al intimismo. El extraordinario trabajo de Peter Mullan, ese patriarca brutal y feroz.

Pero… considera que le sobra metraje. Que su academicismo opera en su contra.  Que es distante, cuando debiera ser intensa. Que es cuadriculada, lineal y, a menudo, previsible. Se sabe de antemano el tempo de las voces en off, un recurso tan legítimo como peligroso. Que se enroca en sí misma, sin una progresión dramática, pese – o quizás precisamente por ello – a los acontecimientos y los giros del relato. Que carece de la pasión que esta narración pedía a gritos, algo también imputable a la irregular Agyness Deyn, el personaje central.

La historia, adaptación de la novela homónima de Lewis Grassic Gibbon – de 135 minutos de metraje, guión del propio director, con una preciosa fotografía de Michael McDonough y una lírica partitura de Gast Waltzing – sigue a una joven culta e inteligente, inserta en una familia dominada por el terror a la ley tiránica, arbitraria y cruel de dos padres  en una pequeña comunidad rural. Dos padres, a saber, el biológico y el eterno. La religión, aliada al patriarcado, destroza sus vidas y cambia radicalmente su destino.

Davies muestra todo ello en una primera parte, la mejor de la película en opinión de quien esto firma, en la que el hijo más crítico y la esposa  son las víctimas propiciatorias de un hombre lleno de ira y de odio. Maltratador, abusador y violento, es un ser devastador al que se cuestiona, pero cuya estela destructiva pervive en la renuncia de la protagonista a seguir su vocación, en el alejamiento de los hermanos y en el destino fatal de la madre.

Sin embargo, tal carga crítica está diluida con un mensaje mitificado y mixtificador, tan ambiguo, tanto con el progenitor como con el cónyuge y ciertas de sus brutales reacciones. Al final, paradójicamente, salen reforzados. Más sutilmente el primero, muy claramente el segundo. La ley del Padre se ve, irónicamente, respaldada, pese a su antibelicismo.

Pues eso, escrito queda. También que, por todo y pese a todo, debe verse.

 

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