‘Reparar a los vivos’: Latidos

Ha querido la casualidad, o la causalidad…, que quien esto firma hubiera terminado de leer la novela negra del autor francés Franck Thilliez, Latidos inmediatamente antes de ver ‘Reparar a los vivos’. Porque esta película de su compatriota la guionista y directora Katell Quillévéré, cosecha del 80, aborda un tema parecido, aunque con un enfoque y una perspectiva radicalmente opuestas.

103 minutos de metraje. La escriben la propia realizadora y Gilles Taurand, sobre la novela homónima de Maylis De Kerangal. Su fotografía, tan incisiva como sugerente, se debe a Tom Harari y su hermosa partitura al gran Alexandre Desplat. La historia se centra en el gravísimo accidente de un joven surfista, que le deja en muerte cerebral, y en la decisión que deben tomar sus devastados progenitores sobre si ceder sus órganos, y más concretamente, su corazón,  o no hacerlo. Y a partir de ahí…

Digámoslo cuanto antes. ‘Reparar a los vivos’ es una declaración de amor a la solidaridad, a las segundas oportunidades, a la vida después de la muerte que suponen las donaciones de órganos, a la sanidad pública y a sus trabajadores-as, especialmente a quienes intervienen en este proceso – que está descrito aquí con toda minuciosidad – y lo hacen posible.

Los latidos del corazón físico y del metafórico están muy presentes. Y el factor humano del donante, de la receptora, del personal hospitalario, de l@s del Centro de Transplantes, con sus circunstancias familiares, afectivas y personales, también.

Sobre todo, en el caso del primero – con su pasión por el surf, heredada de su padre, y su primer amor –  y la segunda- una música soltera, con dos hijos varones, absoluta dependiente hasta en los gestos más nimios, desahuciada, pero que lo lleva con elegancia y que esconde un secreto del pasado – están especialmente bien tratados. Con sensibilidad, delicadeza y auténtica emoción.

Aunque funcione como un escalpelo en los procesos quirúrgicos, vistos muy desde dentro, incluso en ellos reviste a los pacientes con una dignidad conmovedora. Contiene planos hipnóticos y metáforas especialmente logradas, aunque no todas las subtramas estén satisfactoriamente desarrolladas. Muy bien interpretada, además, por Emmanuelle Seigner, Ann Dorval, Tahar Rahim y Alice Taglioni, que toca también el piano, junto a un reparto más que correcto.

De todas, todas, véanla.

 

 

 

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