‘La maldición de Rookford’: Hogar, amargo hogar

Una guerra devastadora, de 1914 a 1919. Unas víctimas contadas por millones,también entre los vivos. Una obsesión generalizada por hacer hablar a los ausentes. Una década, la de los veinte. Un país, Inglaterra. Una ciudad, Londres. Una joven escritora culta, inteligente, de mente científica, empeñada en combatir a los estafadores, y supuestos intermediarios, del más allá. Un duelo duro y secreto. Un ex combatiente y profesor, atormentado y sensible. Un encargo inquietante e imposible de eludir.

Un internado austero, que antes fuera mansión. Alumnos temerosos de otro que ya no existe.  Severas disciplinas, para cuerpos y mentes. Una crueldad implacable con los diferentes. Un ambiente ajeno a la alegría. Un espacio lleno de soledades. Un hombre y una mujer compartiendo culpas y heridas. Una atracción que progresa, mientras se acecha al intruso. Un ama de llaves, con la llave del enigma. Un niño aislado y triste,  por el que nadie espera. Otro, desfigurado, al que sólo pocos ven.

Una puesta en escena elegante y sutil. Un espléndido arranque. Unas densas e intensas observaciones a los personajes. Una sensualidad teñida de dolor y sombras. Unas criaturas desvalidas y llenas de determinación. Una sabia estilización de los lugares comunes del género. Los instrumentos más sofisticados para cazar fantasmas ajenos, que nada pueden contra los propios. Un pasado que emerge, unas piezas que encajan. Unos negros recuerdos que encuentran su lugar. Y, de pronto, todo se embarulla, se excede, se atropella y culmina de la peor manera. Una media hora final indigna , aunque no haga olvidar sus logros ya citados.

Un director, el británico Nick Murphy, con pulso firme, queriendo rizar el rizo. Un guión agrietado en la segunda parte. Una contención derrotada por el efectismo. Una conclusión que naufraga. Un tempo que se disloca. Una lógica distorsionada por los excesos. Unas concesiones algo tremendistas. Un misterio arruinado por sobreexposición. Un tono que se pierde… Unos protagonistas adultos, Rebecca Hall, Dominic West, Imelda Staunton y los infantiles, que lo dan todo. Una espléndida fotografía del catalán Eduard Grau. Una película inglesa prometedora, fascinante, imperfecta y malograda que, pese a todo, merece verse.

Las ganadoras del Festival de Málaga

Antes de su estreno en cines, queremos compartir con nuestr@s lector@s las primeras imágenes de las películas vencedoras del Festival de Málaga.

Por un lado, el tráiler de ‘Los niños salvajes’, de Patricia Ferreira, que ha obtenido la Biznaga de Oro a la Mejor Película…

En segundo lugar, el tráiler de ‘Carmina o revienta’, el debut de Paco León en la dirección, que ha obtenido la Biznaga de Plata y el premio a la Mejor Actriz para Carmina Barrios

‘Miel de naranjas’, que le ha valido a Imanol Uribe el premio a las Mejor Dirección y una mención especial a Ángela Molina

Y el tráiler de ‘A puerta fría’, por la que Antonio Dechent ha obtenido el premio al mejor actor…

‘De Nicolas a Sarkozy’: Fuego amigo

Los ingleses y los italianos han probado su talento con retratos fílmicos  inmisericordes, o dotados de una caústica ironía, de gobernantes en activo o de historia muy reciente. Así, ahí están las versiones de Nanni Moretti o Paolo Sorrentino de las vidriosas personalidades de  Silvio Berlusconi y Giulio Andreotti en ‘El caimán’ e ‘Il divo’ , respectivamente. En cuanto a los británicos, Stephen Frears describió con lucidez y agudeza a la soberana y, de paso, a un recíen llegado al poder Tony Blair en ‘The queen’. Pero, en cambio, su compatriota Phyllida Lloyd acometió un impúdico photoshop al maquillar la implacable personalidad de ‘La dama de hierro’, Margaret Thatcher.

Ahora acaba de estrenarse  esta película sobre cinco años, de 2002 a 2007,  claves en la vida política y personal del actual ocupante (confiemos en que por poco tiempo…) del Palacio del Elíseo. Su realizador responde al nombre de Xavier Durringer, es dramaturgo y director teatral también y obran en su haber cinco cintas. Esta, filmada en 2011, es la última y su título original es ‘La conquête’.

Nuestro protagonista, a punto de tocar poder, en mayo de 2007, se encuentra personalmente muy abatido por el abandono de que ha sido objeto por parte de su mujer, Cécile Ciganer, verdadera estratega de su victoriosa campaña. En soledad, recuerda los cinco años claves que le llevaron hasta este momento agridulce.

Durringer dibuja a este hombre tosco, tremendamente ambicioso e hiperactivo, hijo de padre húngaro y madre griega, tan conservador como demagogo y populista, enfrentado fundamentalmente al fuego amigo proveniente de las filas de su Partido y de sus compañeros de Gabinete. Presidente de su Coalición, ex alcalde de Neuilly, y Ministro del Interior no es bien visto ni por el Presidente, ni por su colega de Asuntos Exteriores.

En efecto, la indisimulada hostilidad, cuando no abierto desprecio, que le profesaban al personaje el entonces Presidente, Jacques Chirac, y su Primer Ministro, luego titular de la Cartera antes citada, Dominique de Villepin, está muy bien retratada. Especialmente aguda resulta la visión de los  almuerzos que ambos miembros del Gabinete compartían en las que las espadas se mantenían en alto, la agresividad verbal era continua y el choque de personalidades muy corrosivo. Al refinamiento cínico y elegante de de Villepin, Sarkozy oponía una rudeza deslenguada y ofensiva. Con el entonces primer mandatario del país, la relación era más contenida pero igualmente reticente por ambas partes.

Estos son los principales logros de una película que, siendo interesante, pudo haber sido absorbente. Que aún siendo muy ingeniosa, pudo haber sido irresistible. Que analizando muy bien al político, se queda muy corta al describir al hombre. Que estando bien construída, adolece de una cierta frialdad. Que dibuja un muy esquemático retrato de Cecilia Ciganier. Que siendo inteligente, pudo haber sido más ambiciosa… Pero a la que se le agradece su honradez y un excelso reparto sin fisuras, en el que destacamos al inmenso Denis Podalydés,  como el hombre al que esperamos ver  desalojado del poder en fechas muy próximas.

‘Los infieles’: Machos en celo

El cine francés, desde la opinión de quien esto suscribe, funciona mucho mejor en el drama, que en la comedia. En este género, tan díficil, parecen olvidar la sutileza y la elegancia, la fina ironía y el ésprit, para abrazar la vulgaridad más hortera y facilona. El todo vale de trazo grueso y de la sal gorda, de cara a la taquilla. Los gags grandguiñolescos, en el peor sentido del término, y los excesos incontinentes visuales y verbales.

Muchos de estos vicios (si no casi todos…) están presentes en esta película de siete  episodios que viene firmada por seis hombres y una mujer, entre quienes se encuentran- y éste es su principal reclamo comercial – los artífices de ‘The artist’, su director Michel Hazanavicious y su protagonista Jean Dujardin.

El común denominador de todas las historias es la compulsión de hombres en la cuarentena, profesionales bien situados y solventes, por el sexo fuera del ámbito conyugal, lo que se da en llamar infidelidad. Cualquier argucia es lícita para conseguirlo, aunque  concurran las circunstancias más extravagantes. Pero siempre a condición de objetalizar su deseo en mujeres a las que no consideran compañeras, ni siquiera aventuras o partners sexuales,  sino carne de coito, incluso de pago. Naturalmente los escenarios e historias son diversos y existen matices de calidad entre unos y otros, pero el leit motiv citado permanece inalterable.

Así, desfilan ante nuestros ojos una convención en un hotel de las afueras – uno de los mejores sketches, firmado precisamente por Hazanavicious – en el que Dujardin es el típico plasta  al que todos rehúyen y que, con la persecución del ligue a toda costa, roza el más grotesco patetismo. O el madurito presuntamente interesante fascinado por una ninfa adolescente que sale algo escaldado de una noche en principio prometedora. O la pareja a la que el juego de las verdades le estalla en la cara y en la convivencia. O la terapia de adictos eróticos. O los amigos de turismo sexual salvaje en Las Vegas que descubren lo inesperado…

La intención del filme (parece ser…) era desmitificar la búsqueda ansiosa, y tan burguesa, del placer prohibido. Era presentar el lado más vulnerable y tosco de los casanovas contumaces. Era mostrar las diferentes facetas de una masculinidad obsoleta, pero en plena vigencia. Era registrar en clave irónica  a una generación de hombres tan compulsivos como inmaduros… Era, o debería haber sido algo así. Pero no.

De hecho, es lo contrario. La crítica se ausenta, dando paso a la astracanada. La benevolencia con la que se contemplan ciertos comportamientos y personalidades es más bien sonrojante. Los lugares comunes pretenden ser axiomas. El tufillo mundano resulta de un burdo costumbrismo. Su pretendida ligereza es banalidad. La coherencia se pervierte en inconsecuencia. Pocas veces nos es dado contemplar a las personas tras los estereotipos. Pocas veces, con excepciones, un reparto ha sido tan desaprovechado. Tras su factura resultona, se esconde poco más que un tramposo catálogo de machos en celo.

‘El exótico Hotel Marigold’: Indian tea

La nueva propuesta fílmica del británico John Madden -conocido, sobre todo, por su sobrevalorada y oscarizada Shakespeare in love, y por la notable La duda, pero también por la temible La mandolina del Capitán Corelli, con nuestra Penélope Cruz – tiene a la India como escenario y está basada en una novela de Deborah Moggach, con guión de Ol Parker.

Sigue a un grupo de jubilad@s ingleses que deciden pasar unas vacaciones en un hotel, que se anuncia como paradisiaco, en Jaipur. Sus razones son tan diversas como problemas matrimoniales, de salud, necesidad de evasión, económicos, de recuperación del pasado… Tratándose de una comedia amable cuyas aristas más amargas o agridulces son edulcoradas, es evidente que este grupo conseguirá sus objetivos o, incluso, algo mejor e inesperado.

Tiene un comienzo vibrante y caústico, con perversas observaciones sobre las circunstancias personales de cada cual y sobre su accidentado viaje hacia su  destino, así como la llegada al supuesto edén hotelero. Pero enseguida deriva hacia los registros más superficiales y tópicos, con un desarrollo de los encuentros y desencuentros de los personajes centrales tan previsible como acomodaticio.

Madden pierde la ocasión de enfrentar a estos ciudadan@s del antiguo Imperio con la ex colonia de ultramar y de cuestionar sus visiones con la realidad del país, en clave de comedia impía e irreverente. Pero le puede el sentimentalismo más ramplón y comercial, hasta el punto de ser incapaz de utilizar en beneficio de la propia historia el grandioso reparto con el que ha contado.

Un reparto de excelentes, inmensos actores y actrices que son lo mejor, lo único, de la función y que insuflan vida y credibilidad a sus inanes protagonistas. Verl@s y oírl@s en versión original  es el mayor placer que depara esta cinta, con la excepción de un sobreactuadísimo Dev Patel. Pero el resto… Maggie Smith, Judi Dench, Bill Nighy, Tom Wilkinson, Penelope Wilton, Diana Hardcastle y Ronald Pickup, de chapeau.

Grupo 7: Sevilla, bajos fondos

El sevillano Alberto Rodríguez es el responsable de títulos como ‘El traje’, ‘After’ o ‘7 vírgenes’ ganadora de una Concha de Plata en San Sebastián y merecedora de varias nominaciones a los Goya. Asimismo, la crítica le ha saludado como a uno de los realizadores españoles de mayor interés. Ahora estrena ‘Grupo 7’, en la que sigue a cuatro policías, que conforman el citado colectivo, encargados de ‘limpiar’ a la capital hispalense de gentes de mal vivir y de sus trapicheos traficantes, para que ofrezca un rostro impecable de cara a la Expo del 92.

La acción comienza en el año 87 y culmina con la inauguración del magno evento universal. En su desarrollo vamos asistiendo a las distintas operaciones que efectúan los personajes centrales  en las cloacas ciudadanas del centro histórico, su objetivo primordial, por ser el más turístico y la imagen de la metrópolis. Pero también se internan en territorios comanches  donde  enemigos feroces  les tienden peligrosas emboscadas, apoyados por l@s suy@s, los vecin@s de esos barrios marginales.  Conoceremos también a sus aliad@s, confidentes y cómplices en un entramado delictivo en el que la violencia, el matonismo, el abuso de poder, la brutalidad, las traiciones y las tentaciones al filo de la legalidad, están a la orden del día. Y, paralelamente, a  las personalidades, luces, sombras y vidas personales del cuarteto protagonista.

El realizador  imprime a esta historia, cuya escritura ha compartido con Rafael Cobos, la adrenalina y el dinamismo requeridos en un ejercicio cinematográfico de género muy autóctono. Dicho de otra manera, enraizado en fondo y forma con sus orígenes andaluces y sevillanos sin que ello haya provocado  vicios costumbristas y sin renunciar a una factura cuidada y a una elaborada puesta en escena. La naturalidad y credibilidad que transmiten situaciones y diálogos, no están reñidas con una búsqueda de estilo fiel al meollo del relato y a sus coordenadas geográfico-históricas.

Pero la cinta flaquea al mostrar la intimidad. En el registro más personal, resulta tópica  y, aquí sí, estereotipada. A este Grupo 7- masculino plural, como es costumbre en la filmografía de su director- le faltan mujeres que les den las réplicas en pie de  igualdad y no sólo distinguidas secundarias a sus sombras, pese a Inma Cuesta…  Y también matices en el desarrollo de las evoluciones vitales de cada uno de ellos y en los de sus características personales, enfrentadas a los acontecimientos en los que han tomado parte. Las de uno de ellos se ve reducida a un mero esquema repetitivo.

Con todo y pese a ello, una película altamente recomendable de un realizador de talento y oficio al que hay que seguir, con un reparto entregado del que, y lo digo a casi un año vista, van a salir algunas nominaciones a los próximos Goyas. Excelentes, sin desmerecer al resto, Mario Casas, Antonio de la Torre, Estefanía de los Santos y Joaquín Núñez. Una visión nada complaciente y demoledora de ciertos estamentos policiales y de los submundos urbanos subyacentes a los oropeles hispalenses del 92.

‘En tierra de sangre y miel’: Los desastres de la guerra

La actriz Angelina Jolie – que debuta tras la cámara con esta cinta de nacionalidad norteamericana- ha declarado que la rodó por su deseo de contar una historia que expresara la incapacidad de la comunidad internacional para intervenir en conflictos. Que explorara y comprendiera la Guerra de Bosnia. Que mostrara la violencia, especialmente sexual, contra las mujeres en estos contextos y el papel que les toca sufrir. Que señalara la responsabilidad por los crímenes bélicos y la dificultad para cerrar las heridas.

Así que, una vez documentada por los contendientes y por los diferentes organismos  que tomaron parte directa o indirectamente en el terrible conflicto, escribió, produjo y realizó esta historia tan ambiciosa y bienintencionada en sus objetivos, como fallida en sus resultados.

Ambientada en la década de los noventa, se centra en la relación entre una pintora bosnia de religión musulmana – Zana Marjanovic, lo mejor de la función – y un policía serbio – irregular y algo sobreactuado, Goran Kostic -. Ambos son aparentemente felices mientras las tres etnias residentes en el país coexistían pacíficamente. Pero la guerra lo cambia todo y, aunque continúan intermitentemente con sus encuentros, lo hacen en calidad de prisionera y guardián ya que  ella ha sido enviada, junto a otras mujeres de su credo, a un campo de internamiento.

La cinta abarca todo el período bélico, desde 1992 hasta 1995, con epígrafes anuales que reseñan tanto la evolución del conflicto como la de la relación de la pareja protagonista, que van agudizándose en el sentido más cruel y feroz del término. Muestra, pues, en paralelo, los asesinatos a sangre fría contra una indefensa y cercada población civil, por parte de los francotiradores serbios y los abusos de dominio, control y poder del ahora jefe de las tropas contra su sojuzgada, e igualmente indefensa, presa y amante.

La actriz y realizadora intenta narrar con honestidad los terribles desastres y daños colaterales de una contienda que costó la vida a cerca de cien mil personas, población civil incluída, de las que la inmensa mayoría fueron bosni@s,  víctimas de la criminal limpieza étnica serbia. Y lo hace desde una óptica progresista y pro-mujeres, que se agradece.

Pero… la complejidad del tema y las dos líneas argumentales requerían un tratamiento más riguroso e intenso que se le escapa de las manos. Resulta esquemática y fría, salvo en algunas escenas. Poco creíble, aunque esté dando cuenta de hechos lamentablemente ciertos. Los personajes unidimensionales y tópicos…El reparto deja que desear posiblemente porque la dirección de actores no haya sido la más adecuada y, aunque obvia el panfleto, se queda muy corta de resultados. Ni épica, ni trágica, ni lírica. Lástima.

‘Tenemos que hablar de Kevin’: La semilla del diablo

La realizadora escocesa Lynne Ramsay, cuyos títulos precedentes permanecen inéditos en nuestro país, es la firmante de la película que nos ocupa, coproducción entre Gran Bretaña y Estados Unidos. Basada en la novela original de Lionel Shriver, periodista y escritora que ganó con ella el prestigioso Premio Orange, su guión lo rubrican la propia directora y Rory Kinnear. En nuestra ciudad, acaba de estrenarse lamentablemente doblada y ha sido otra de las llamativas e injustas ausencias a las candidaturas a los Oscars de este año.

Se trata de un durísimo drama, en clave de thriller y de estilo inclasificable, en el que se nos cuenta la relación entre una madre y su hijo psicótico, que culmina en unos hechos terribles y sangrientos. El grupo familiar lo completan un padre manipulado por el chico, a quien éste consigue ganarse desacreditando la versión materna de su comportamiento,  y la hermana pequeña, una niña dulce y adorable, víctima asimismo de las maldades fraternales.

La puesta en escena, la forma narrativa, tan alejada de los cánones convencionales como de ciertos tics indies, convierte a este relato atroz en aún más terrorífico y desasosegante. Está estructurada como un puzzle en el que se entremezclan tiempos vitales y retazos biográficos de los personajes y del devenir de los acontecimientos, hasta culminar en el trágico climax y en el desolador presente. Puzzle que obliga al espectador a aguzar su inteligencia y a encajar las piezas.

Pero es también el retrato caótico y feroz de un núcleo humano unido por lazos de sangre, incapaz de reaccionar ante una psicopatía tan peligrosa como progresiva. Por sentido de culpa, por incredulidad, por inseguridad en las percepciones, por una permisividad mal entendida, por divergencias de opinión y desajustes entre los adultos, por alienación. Por las perversas manipulaciones de una mente enferma, retorcida, peligrosa y extraordinariamente dotada para el mal.

La mirada fílmica de Lynne Ramsay lo certifica así, sin juzgar, ni moralizar, ni condenar. Con un tratamiento de la imagen deliberadamente áspero e imperfecto. Con una banda sonora irónica y contrapuesta a lo narrado. Con unas agudas observaciones de un microcosmos social implacable con una mujer devastada, pero firme. Con un movimiento de cámara tan espasmódico y frenético, como angustioso.  Con una crónica de una maternidad conflictiva, dolorosa, alienante, culpable y plena de ambivalencias. Con la encarnación de lo peor de la especie en un joven tan terrible como seductor. Con la constatación de una psicosis infantil difícilmente comprensible. Con la tolerancia y ceguera paternas, hasta  límites catastróficos. Con ese plano final, ¿final?, tan inasumible desde los parámetros más normalizados.

Y lo hace, y lo relata, y lo retrata, y lo cuenta, y lo registra y no nos permite salir indemnes de su versión de esta historia. Cuenta para ello con un reparto memorable en el que destacamos a John C. Reilly, al descubrimiento de Ezra Miller y, sobre todo y sobre todos, a una inmensa, excelsa y desgarradora Tilda Swinton, injustamente ninguneada en los Oscars.

‘Luces rojas’: Pirotecnias…

El nuevo estreno de Rodrigo Cortés, tras sus notables y galardonadas, ‘Concursante’‘Buried’(‘Enterrado’), generaba grandes expectativas al tratarse de un thriller psicológico, con tintes paranormales. Al contrario que los anteriores este es  un film de gran presupuesto, con un espectacular equipo técnico y artístico, con más de sesenta actores, cuatro mil extras y unos protagonistas tan lujosos como Robert De Niro, Sigourney Weaver, Cillian Murphy, Toby Jones o Joely Richardson. Coproducción entre nuestro país y Estados Unidos, tiene un metraje de 119 minutos.

La historia se centra en dos investigadores de fraudes metapsíquicos, que ponen en evidencia y registran a lo largo de la geografía norteamericana – en domicilios particulares o espacios públicos o privados donde han sido requeridos – las patrañas con las que videntes sin escrúpulos se aprovechan de personas crédulas y vulnerables. Son una doctora y su joven ayudante, Weaver y Murphy, algo sobreactuados. Pero la reaparición de un célebre psíquico les desafía, poniendo en peligro sus vidas y sus propias certidumbres racionales.

El realizador, que sabe manejar la cámara y dotar del clima adecuado a los relatos que filma, se pierde aquí, lamentablemente, en pirotecnias visuales y juegos espectaculares vacuos y efectistas que dañan irremediablemente sus propuesta. El guión, que firma el propio Cortés, es confuso y sometido a la dictadura del estamento fílmico más comercial. De los tics de ciertos productos del género, tan convencionales como pretenciosos. Porque, para colmo de males, la cinta está recorrida por una presunción seudocientífica y una jerga intelectualoide tan banales como crípticas, tan supuestamente críticas como engañosas.

En sus dos primeras cintas, con pocos  medios y presupuesto, fue capaz de contar historias densas, tremendamente caústicas y corrosivas, que  transcendían la anécdota para implicar en su denuncia a las instancias superiores, que detentaban los poderes fácticos. Pero aquí ocurre a la inversa. Los árboles no le dejan, ni nos dejan, ver el bosque. Y se pierde en un batiburrillo acientífico, ampuloso y vacuo, que confunde la intensidad con el fogonazo, la densidad con la verborrea, la acción con la incontinencia de planos innecesarios en un montaje que se quiere trepidante y resulta de una obviedad lastimosa.

Y las actuaciones se resienten y pierden matices alcanzando de lleno a un Robert De Niro en su peor registro, cuyas apariciones presuntamente poderosas rozan lo grotesco. Confiemos que tras este apagón creativo con las luces rojas de las superproducciones al uso, el talento de Rodrigo Cortés vuelva a mostrarse en una pantalla con todo su brillo y calidad.

‘Intocable’: Diferencias reconciliables

Los realizadores franceses Eric Toledano y Olivier Nakache firman este título, que viene avalado por un éxito de taquilla importante en su país de origen, y también el guión . Acaba de estrenarse en nuestro país, donde asímismo parece que puede tener un largo recorrido comercial, y tiene un metraje de 115 minutos. La historia, cuyos protagonistas tienen sus alter-egos reales, la inspiró un documental sobre estos dos hombres que consigiueron mantener una amistad a toda prueba, pese a todas las circunstancias que objetivamente les enfrentaban.

En efecto, un rico, sibarita y cultivado aristócrata, tetrapléjico tras una caída en parapente, contrata – contra todo pronóstico – entre los aspirantes a ser su cuidador las 24 horas del día a un senegalés iletrado, procedente de ambientes marginales y casi delictivos, respondón y algo chuleta que ni siquiera optaba al puesto. Ambos personajes muestran caracteres, intereses e inquietudes contrapuestos, derivados precisamente del abismo que separa sus respectivos nacimientos. El uno, privilegiado desde la cuna y el otro, un paria destinado al inframundo social.

Resulta complicado imaginar(se) la relación entre dos personalidades tan antagónicas en eso que da en llamarse vida real. En la pantalla, los realizadores la vacían de conflictividad – debió existir, habida cuenta, además, del contrato laboral que les unía…-. Evaden, pues, el conflicto individual y de clase, para abrazar el limbo descafeinado del humanismo más tópico y tramposo.  Así, lo que pedía a gritos una acidez desmitificadora y una vena sarcástica e irónica, se resuelve en una sucesión de gags, misóginos en su mayoría. Y en situaciones sonrojantes, en las que el recién llegado se gana el corazón y las voluntades de su patrón y de todo el personal a su cargo.

En fin, la sutileza y la complejidad están ausentes. Ni trazas de enfrentamiento, ni de interacción mutua. Un reparto eficaz, una buenas banda sonora y factura al servicio de traviesas, acartonadas, plagiarias, previsibles y, como es obvio, muy taquilleras diferencias reconciliables.