Dos hermanos octogenarios, clásicos vivientes del cine europeo y universal, los italianos Paolo y Vittorio Taviani rodaron en Rebibia, una prisión romana de máxima seguridad, esta potente versión del clásico shakespeariano, Julio César, con algunos de los más peligrosos internos como actores. El resultado es esta película, que obtuvo el Oso de Oro en la Berlinale.
El arranque muestra el final de la representación en el escenario de la cárcel, con colores vivos, con un intenso rojo de fondo de escenario, y el público ovacionando en la sala. Luego retrocede en el tiempo, utilizando ya el blanco y negro, a la gestación del montaje, empezando por las hilarantes pruebas de casting y no se vuelve al color hasta el final, salvo en una escena aislada.
Dicho recurso es sabio, pues la negrura del interior del presidio combina perfectamente con esta tonalidad y lo que supone para estos hombres duros y peligrosos la incursión del arte en sus vidas, la asimilación del fondo y la forma únicas de esa obra inmortal y la posibilidad de expresarse creativamente. El color vuelve cuando la suerte ya está echada.
Este peculiar reparto formado por narcotraficantes, en su mayoría, y asesinos, unos cuantos, funciona a la perfección. La mayoría resultan ser grandísimos actores y prestan sus notables encarnaduras físicas a los personajes. Los Taviani los filman sabiamente, extrayendo de ellos humor, vis cómica, intensidad y talento y mostrándolos, tanto en los ensayos, muy comprometidos con la obra, como en su vida cotidiana e interrelaciones mutuas. Particularmente emotivo es el parlamento de Antonio, replicando al previo de Bruto, ante el cadáver de César, al que reaccionan todos esos hombres entre las rejas de sus celdas clamando libertad. Está en el texto, claro, pero también en sus mentes y deseos…
Un filme lúcido, irónico, intenso, poderoso y emotivo, que ha revelado a unos actores magníficos y a algún que otro escritor. Hay que verlo y disfrutarlo como se merece.
Una joven luminosa, profesora de primaria. Un chico marroquí, que la ronda enamorado. Un maduro doctor, protector del muchacho. Una propuesta. Una boda. Una luna de miel nada convencional. Un matrimonio sin casa. Una solución tramposa y forzada. Un@shij@s que van llegando. Una progresiva despersonalización. Una profunda infelicidad. Un padrino rico, poderoso y despiadado. Un control. Un maltrato. Una mujer desdichada. Una trágica y terrible determinación.
Una coproducción entre Bélgica, Luxemburgo, Francia y Suiza. Un director, el belga Joachim Lafosse. Una puesta en escena que ilumina lo oscuro. Unas elipsis sabiamente intercaladas. Una música que subraya y potencia. Unos interiores que devienen cárceles. Dos hombres sometiendo a una mujer. Una alienación seguida paso a paso. Un rostro devastado por el pesar. Una víctima y sus víctimas. Un final que cierra un círculo.
Una apuesta decidida por la libertad de la mujer. Una radiografía feroz del infierno doméstico. Un impío registro de los desastres familiares. Una actriz superlativa, una composición desgarradora, Emilie Dequenne. Unos pavorosos efectos secundarios de la opresión. Una cinta que no juzga, ni condena, sólo muestra. Una realización que deja fuera de campo el pathos final, que sabe desvelar u ocultar, según convenga o no. Una película, otra, que no deben perderse.
Palabras de Ektoras Lygizos, hombre de teatro, realizador, guionista y productor de esta ópera prima griega, integrada en la Sección Oficial, en la rueda de prensa que siguió a la proyección : «Es la historia de un ‘pobre nuevo’, de un joven que está aprendiendo a ser pobre en el día a día. De un joven dotado, culto, de clase media, para el que ya no hay un lugar en la sociedad porque ciertos dones no son ya valiosos…».
Y así, sigue a este adolescente contratenor de talento y desempleado, en su errático deambular en una Atenas hostil e indiferente que no tiene nada que ofrecerle. Ni trabajo, tras ser rechazado en una prueba de voz, ni como operador de marketing telefónico donde le cuelgan, sin darle oportunidad a explicarse…
Pero, sobre todo, en su piso, con el hambre siempre al acecho, compartiendo el alpiste con su pájaro, hurgando en bolsas de basura, robando un puñado de azúcar del anciano vecino al que eventualmente cuida, telefoneando a una madre ausente y distante -«las familias, el soporte imprescindible, ya no ayudan. Ni quieren, ni pueden ayudar» -, malvendiendo sus escasas y mínimas pertenencias o algunas de quienes ya no van a necesitarlas.
Pero el director no olvida tampoco las pulsiones eróticas del protagonista y nos lo muestra siguiendo a una joven, con la que llegará a tener ciertos contactos físicos, que ella rechazará en el cuerpo a cuerpo cuando descubre horrorizada que la extrema privación del chico provoca que pierda mechones de pelo. O el autoerotismo, con una descarnada escena masturbatoria en la que el hambre y el sexo se confunden en la eyaculación. O sus ‘duchas’ con una botella de agua fría cuando se la cortan por impago en su apartamento y se ejecuta el embargo.
Y su búsqueda de un espacio ruinoso donde él y su canario, al que nunca olvida y siempre alimenta, puedan guarecerse. Y… Esta desgarradora experiencia individual, relatada sin ningún tipo de énfasis o dramatismo, en esta cinta más que notable, documenta y da fe, mejor que muchas proclamas y panfletos, de que los terribles fantasmas que recorren Europa en este siglo son la miseria y la desesperación.
Cuando terminó la proyección de ‘Amour’ un respetuoso silencio, más denso aún que aquel con el que fué seguida su proyección, se hizo sentir paradójicamente sobre un Lope de Vega casi completamente lleno. Haneke cierra en negro y va deslizando los títulos de crédito tras haberte expuesto al poderoso influjo de una cinta abismal, en el sentido más intimista y menos espectacular del término. Y te la llevas a casa, claro que te la llevas. E intentas recomponer sus piezas y las tuyas…
Es la una y cuarto de la madrugada y quien esto suscribe se niega a hacer una crítica al uso. Se niega a hablar, por ejemplo, de la Palma de Oro en Cannes. Se niega a hablar, por ejemplo, de que es una coproducción franco-germano-austríaca, de 128 minutos de metraje. Se niega a hablar, por ejemplo, de que, con seis candidaturas, es la película más nominada para los Premios EFA en las categorías de Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actriz, Mejor Actor y Mejor Guión, escrito por el propio realizador.
Sí quiere hacerlo, en cambio, de esa pareja magnífica de octogenarios franceses, músicos y enormemente cultivados sobre los que un día se cierne la oscuridad. Sí quiere hacerlo, en cambio, de esa relación respetuosa, cortés, exquisita a la que la enfermedad pone a prueba. Sí quiere hacerlo, en cambio, de esa sucesión de momentos cotidianos tan aparentemente sencillos que se transforman en titánicos esfuerzos, cuando el cuerpo y la mente no responden. Sí quiere hacerlo, en cambio, de la determinación de una mujer admirable de no ser una carga. Sí quiere hacerlo, en cambio, de la lucha de un hombre heroico por mantener a raya a la impotencia. Sí quiere hacerlo, en cambio, de las vejaciones de la edad, de la dependencia y de un mal que avanza progresivamente entre las paredes de una casa.
Y de cómo el realizador nos introduce en los momentos más íntimos con una ternura tan profunda como ajena a cualquier sentimentalismo. Y de cómo el realizador posa su mirada en una forma de vida acechada por la muerte. Y de cómo el realizador nos golpea con una dureza tanto más insidiosa cuanto más ajena a cualquier concesión dramática.
Y de cómo el realizador nos muestra sin ambages la vejez en el cuerpo, en los movimientos, en el esfuerzo titánico y lleno de dignidad de ganarle el pulso al día a día, cuando tienes que cuidar de tí mismo y de la persona amada. Y de cómo el ojo de su cámara se detiene, desmembra, escruta y nos revela lo que nos negamos a ver.
Y de cómo el realizador ha contado con dos protagonistas excelsos, prodigiosos, a quienes todos los honores les son debidos, Emmanuelle Riva y Jean Louis Trintignant y con la impecable presencia de Isabelle Huppert.
El resultado es una película estremecedora, una obra mayor implacable y trágica, que conmociona e impacta en lo más hondo e intensamente personal. Asómennse a su precipicio, si se atreven…
Enfrentarse a una película tan extraña, radical, sugerente, fascinante, insobornable, intensa, divertida, chocante, provocadora, emotiva, tierna y poliédrica como esta ‘Holy Motors’, del singular cineasta francés Leos Carax, supone aceptar unas reglas de juego cuyos códigos intuyes, pero desconoces. Supone aceptar que las palabras con las que intentas aprehenderla se queden cortas frente al torbellino de sensaciones y reacciones de distinto signo que te van invadiendo a lo largo de sus 115 minutos de metraje.
Decir que arrasó en Sitges con los premios a la Mejor Dirección, a la Mejor Película Fantástica, el Jose Luis Guarner de la Crítica y el del jurado Méliès d´Argent de largometraje europeo. Sitges la coronó y en Cannes, las opiniones se dividieron entre ovaciones y abucheos. Con una cinta como esta, todas las percepciones y los juicios son tan legítimos como posibles.
Por tirar algo del hilo argumental, el relato sigue a un actor llamado irónicamente Oscar – excelente Denis Lavant, actor fetiche-alter ego de Carax – quien va interpretando personajes diferentes en ambientes tan contrapuestos como habitaciones de hotel, paisajes desolados, fábricas abandonadas, escenarios o exteriores. Es conducido en una limusina blanca por una mujer, Céline, -estupenda Edith Scoub-, una dama elegante, que le recuerda sus citas y le salva de más de un apuro.
Y va encontrando e induciendo en este intransferible y bizarro itinerario a gente de todo tipo con la que establece vínculos dispares, desde la violencia al romance, desde el rigor a la dulzura, desde la formalidad a la sociopatía. Compañer@s de viaje como l@sinterpretad@s por Eva Mendes, Michel Piccoli o Kylie Minogue – que interpreta maravillosamente un precioso tema musical y que coprotagoniza con Lavant un dueto romántico-nostálgico más que intenso – dan fe de estos desvaríos.
Se han señalado influencias de Lynch, Truffaut, Godard… Y, sí, son rastreables y reconocibles en este filme tan denso y complejo. Pero es también de una autoría incuestionable y una recomendación sine qua non. Véanla con una mirada abierta y receptiva, déjense transportar y atrapar por ella. No lo lamentarán.
Matteo Garrone, el realizador romano que impactara con su film ‘Gomorra’ en el 2008, consiguiendo el Premio a la Mejor Dirección del Cine Europeo con este potente título, ha conseguido, cuatro años después el Gran Premio del Jurado en Cannes con esta ‘Reality’, a concurso en la Sección Oficial.
Un pescador napolitano vive con su numerosa parentela en una casa comunitaria, en lo que en su día fué una mansión, en estado ruinoso. Felizmente casado y con tres hijos, intenta, junto a su mujer, ganarse la vida como puede, incluyendo trapicheos variados. Pero un día es incitado a presentarse al casting de Gran Hermano, pasando las dos primeras fases. A partir de ahí, su mente y su existencia darán un paranoico y obsesivo vuelco a la inútil espera de ser seleccionado para el programa.
El realizador contempla a su protagonista y a sus circunstancias a la vez mordaz y compasivamente, aunque el exceso grandguiñolesco le pueda al retratar a personajes y ambientes. Arranca bien, con vitalidad y energía, en la escena de las bodas donde el héroe local, un ex concursante del reality, es la estrella de la función y nos va mostrando el contexto en el que se desenvuelven los protagonistas. Es una película coral, de patio de vecinos, trasladado no sólo a la casa, sino a la calle y a cualquier ambiente. Tiene el tono desaforado de una comedia de situación en la que se nos muestra una suerte de parque temático de la horterada.
Y tales excesos le pasan factura porque no mide los tiempos, ni el ritmo. Su crítica, que se pretende corrosiva, se quema en el propio pintoresquismo. Sus caracteres y situaciones, estupendo su reparto, rozan la caricatura. Se extiende, se dispersa, los árboles no le dejan ver el bosque, el guión se le va de las manos. De puro hiperealismo, despierta la incredulidad. Tiene, no obstante, momentos y situaciones que dejan entrever la película que hubiera podido ser con contención, humor negro y una visión mucho más ácida sobre ese exagerado microcosmos.
Esta nueva versión cinematográfica de la obra maestra del maestro Dickens, cuyo segundo centenario se celebra este año, debe ser la úndecima más o menos, incluyendo a las mudas. Su firmante es el bien conocido director británico Mike Newell -‘Cuatro bodas y un funeral’, ‘El amor en los tiempos del cólera’…- quien ha perseguido una fidelidad al texto original, abarcándolo en casi toda su extensión en 128 minutos de metraje.
Dicha fidelidad, de intención muy loable, y que tiene como aspecto positivo un naturalismo en la representación fílmica de la época, frente a las más estilizadas e idealizadas de otras adaptaciones, no garantiza el interés o la calidad del resultado final. En este caso, lamentablemente, actúa en sentido contrario. La narración, apresurada por no perder ningún detalle, de hecho los dispersa y debilita, haciéndose lineal y plana, presentándonos sin solución de continuidad y desprovistos de identidad propia a esos hombres y mujeres, maravillosos ‘secundarios’ dickensianos. Y esto resulta imperdonable.
En efecto, van apareciendo ante nuestros ojos sin hacerse reconocibles por esos detalles tan personales e intransferibles con los que los dotaba su autor. Eso provoca que el ritmo y el interés del relato se vean seriamente afectados y, aunque intenta alzar el vuelo en la segunda parte, no lo consigue . Sólo los protagonistas se ven resaltados, pero no se hacen con ello más complejos. Se resalta su deslealtad y su frialdad afectiva en uno y otro caso, pero pocas veces la complejidad y el tormento interior que les habitaba. Newell, según sus propias palabras, estaba especialmente interesado en profundizar en las zonas más oscuras de la novela, casi nunca retratadas. Y lo hace, pero se olvida paradójicamente de iluminarlas.
Estamos aquí ante un producto de una factura impecable, con un equipo técnico valioso y competente y con un reparto desigual. Lo irónico del asunto es que los minimizados secundarios funcionan muy bien, pese a las escasas oportunidades de sobresalir que les han deparado. Mejor que la muy sosa pareja central, Holliday Grainger y Jeremy Irvine, desprovist@s de alma, y mejor que una Helena Bonham Carter más gótica y burtoniana que nunca. Ralph Fiennes consigue transmitir, es marca de la casa, su tormento por una existencia devastada y Jason Flemyng compone con talento y emoción a ese precioso personaje de Joe Gargery.
Jorge Torregrossa debuta en el largometraje con esta cinta, tras un interesante currículum televisivo y en el cortometraje . Y lo ha hecho adaptando uno de los títulos sorpresa en el mundo literario del pasado año, avalado por público y crítica, la novela ‘Fin’, otro estreno en la escritura de David Monteagudo. Y lo ha hecho con una buena producción, con un, a priori, atractivo reparto y con dos pesos pesados en el guión como son Sergio G. Sánchez y Jorge Guerricaechevarría.
La historia sigue a un grupo de amig@s que, tras veinte años sin verse, se citan en una casa de la montaña en la que solían reunirse. Lo que, en principio, iba a ser una buena ocasión para retomar vínculos perdidos se va ensombreciendo progresivamente hasta estallar en conflictos personales, turbios secretos que salen a la luz y una serie de fenómenos inexplicables que les afectarán de una manera dramática.
Torregrossa maneja este material, tan denso como peliagudo, con una buena factura, pero con una aproximación equivocada a la historia original. Quien esto suscribe, ha leído el libro y, aunque los lenguajes son muy distintos y la fidelidad a un texto no la entiende ni literal, ni tópicamente, lo cierto es que lo ha banalizado de forma penosa.
En efecto, ni funciona el ritmo, ni – salvo excepciones- el reparto porque sus, por llamarlos así, personajes son meros clichés, carentes de vida . Está plagada de tópicos deudores, en el peor sentido del término, del subgénero de las conflictivas dinámicas grupales que estallan al menor asomo de provocación. Y los secretos y mentiras subterráneos se diluyen en una puesta en escena ora paisajística, ora teatral, al estilo de los psicodramas más añejos.
No hay gradación del suspense, ni densidad, ni intensidad, ni emoción, ni retrato de l@s protagonistas más que como meros esquemas dentro del guión amistoso. Se agradece que los de las mujeres, y no todos…, sean los más maduros. Pero el interés decae, como la intriga, apenas comienzan los hechos inexplicables. Y no alza el vuelo. Lástima.
Otra Sección de nueva creación sobre películas, en descripción del Certamen, «de enorme impacto, dirigidas al gran público». La componen ocho cintas, una de ellas realizada por una mujer, que entre adaptaciones literarias, terror, fantástico, mezcla de géneros y ciencia ficción nos harán transitar por los territorios cinematográficos más potentes.
Para no repetirme con lo ya glosado en la página oficial de este Certamen, los tres títulos estrellas, preestrenos porque esperamos verlos pronto en las pantallas comerciales o más alternativas de nuestra ciudad, son, a saber: ‘Holy motors’, del francés Leos Carax, que arrasó en Sitges, con cuatro premios de los grandes. Inclasificable, impactante, sorprendente, sublime, obra maestra o tomadura de pelo, tontería, banalidad, pretenciosa son los calificativos con los que el ex enfant térrible del cine galo ha dividido a la crítica a su paso por Cannes, donde participó en la Sección Oficial y donde fascinó e irritó a partes iguales. Tendrá un pase especial en el Lope de Vega como las otras dos y, naturalmente, no hay que perdérsela…
El propio Mike Newell presentará en Sevilla su nueva adaptación- la undécima, creo, incluyendo las mudas- cinematográfica de la obra de Dickens, ‘Grandes esperanzas’. Coproducción anglo-norteamericana, el británico ha filmado una versión formalmente suntuosa y oscura, según sus propias palabras, del inmortal texto literario, que ha merecido opiniones encontradas entre la crítica anglosajona. Desde «sorprendente y emocionalmente vinculante, la mejor adaptación de la obra» hasta «carente del humor genuinamente dickensiano, con aproximaciones e interpretaciones erróneas». Tendremos que verla para opinar al respecto.
Y la tercera es el thriller político-militar de Daniel Calparsoro‘Invasor’, que supone su regreso al cine, tras siete años, desde ‘Ausentes'(2005). Se trata de una adaptación de la novela del mismo título de Fernando Marías. Hay mucha expectación ante esta cinta, de la que no tenemos referencias críticas, pues la historia y el género parecen encajar a la perfección con la potencia y la fuerza visuales de su realizador.
Del resto, destacar el debut en la animación del parisino Patrice Leconte -‘El marido de la peluquera’, ‘Monsieur Hire’… – con la coproducción entre Francia, Bélgica y Holanda, ‘The suicide shop’. Con críticas dispares que saludan, no obstante, lo novedoso del experimento y que invitan a verla. Y la, a falta de referencias, delirante comedia holandesa sobre Amsterdam invadida por muertos vivientes, ‘Kill zombie’, de Martijn Smits y Erwin van den Eshof. De entrada, alucinatoria.
Apostar también por el riesgo y el valor de la coproducción entre España, Georgia y Rusia, que ganó el Premio Eurimages a su proyecto, y que está rodada en las estepas de Siberia y Kazajistán, ‘Chaika’, de Miguel Angel Jiménez. Se presentó en la Sección de Nuevos Directores de San Sebastián y se la ha descrito como una historia de amor entre almas devastadas en unos paisajes desolados. Habrá que verla…
Como el documental de la californiana Rachel Leah Jones, ‘Gypsy Davy’ sobre su casanova y peculiar padre, David Serva, a quien no llegó a conocer hasta poco antes del rodaje, un guitarrista flamenco norteamericano, su prole, sus mujeres y su forma de vida y arte. Presentada en Sundance. Veremos… Y otra sobre familias atípicas, la rumano-holandesa, ‘Everybody in our family’, del cineasta rumano, Radu Jude, con buenas referencias.
Y hasta aquí llegan estas Hojas de ruta. No hay que obviar a las Secciones no mencionadas, a la emergente e interesante cinematografía griega, a los filmes portugueses, a los documentales, los cortometrajes, el Panorama Andaluz. Y a los nombres propios de Gonzalo García Pelayo y, sobre todo, de la maestra Agnès Varda, de la que hay que ver, entre muchos de sus títulos más emblemáticos, esa maravilla desgarradora que es ‘Sin techo, ni ley’.
Dieciseis películas componen esta Sección. Cinco de ellas realizadas por mujeres, dos en regimen de co-dirección. Desde el Certamen se la ha definido como «complementaria a la Competición Oficial y destinada a mostrar nuevos valores y nuevas miradas en el cine europeo contemporáneo». Se trata de películas innovadoras y arriesgadas desde el punto de vista temático y, sobre todo, estilístico. Películas de las que, pese a su paso por diferentes Festivales, no resulta fácil encontrar referencias críticas. Por lo tanto, esta va a ser una hoja de ruta algo errática, con muchas de las recomendaciones guiadas por la intuición o por afinidades genéricas o argumentales. Avisad@s quedan.
Como opciones más seguras contamos con la danesa ‘A Hijacking’, de Tobías Linholm. Un denso drama, en clave de thriller, sobre un carguero danés abordado por piratas somalíes y el rescate de cuyos rehenes lo deciden otros poderosos piratas de las altas esferas. La intensidad nórdica va a estar servida… Como el mestizaje entre el negro y el fantástico en la franco-portuguesa ‘A última vez que ví Macau’, de Joao Pedro Rodríguez y Joao Rui Guerra da Mata, apreciada en su paso por el Festival de Locarno.
La responsable de estas hojas de ruta no va a olvidarse de las realizadoras. Así, ‘Leones’, la coproducción entre Argentina, Francia y Holanda, firmada por Jazmín López, ópera prima experimental dedicada a sus compatriotas Alejandra Pizarnik y Alfonsina Storni, y a Kurt Cobain. O la checo-eslovaca, ‘Made in Ash’, de Iveta Grófova, propuesta al Oscar como Mejor Película de Habla No Inglesa. Y ‘What is love’, coproducción germano-austríaca de la vienesa Ruth Mader, entre el documental y la ficción. Tres miradas de mujeres, tan diversas como atípicas.
En el apartado de las más seguras, por decirlo así, al referirnos a cintas inclasificables y rupturistas muchas de ellas que exigen una visión más abierta y atenta, fuera de los cánones convencionales, dos títulos. La turco-germana,’Mold’, de Ali Aydin, León de Oro del Futuro, o mejor ópera prima en Venecia. Y la austríaca, exhibida en Locarno con buenas referencias críticas, ‘Museum hours’, del afgano afincado en N.Y. Jem Cohen.
Sin olvidarnos de las representantes de nuestro país, ‘Mapa’, de León Siminiani, una docu-ficción. Y ‘Otel.lo’, de Hammudi Al-Rahmoum Font, otra representación perversa de la tragedia shakespeariana. Ni de la belga-canadiense historia de amor homosexual entre dos músicos, ‘Hors les murs’, firmada por el belga David Lambert, que participó en la Semana de la Crítica de Cannes. Ni de ‘3’, del uruguayo Pablo Stoll, uno de los responsables de la singular ‘Whisky’, que practica una suerte de indie autóctono y bizarro, y que ha sido acogida con división de opiniones. Tampoco de la polaca ‘It looks pretty from a distance’ de Anka y Wilhelm Sasnal, que ha sido descrita por un crítico inglés como »intensamente enigmática». Ni de la historia libanesa, basada en hechos reales, sobre la conquista del espacio ‘Lebanese Rocket Society’, de Khalil Joreige y Joana Hadji Thomas, presente, asimismo, en la Sección Eurodoc.
En fin, que se ha hecho un repaso a casi todos estos filmes, de los que cabe esperar experiencias cinematográficas diferentes, para bien o para mal. De los que cabe esperar una ampliación de nuestra mirada y un revulsivo para nuestros esquemas como espectadores-as en el fondo y en las formas. De los que cabe esperar nuevos lenguajes con los que aprender y de los que disfrutar.