Café de Flore: Fuera del tiempo…

Esta coproducción franco-canadiense, fechada en 2011, dirigida por Jean-Marc Vallée – quien sedujo a la crítica internacional con su multipremiado filme C.R.A.Z.Y. – es un ejemplo de las peculiares ofertas que, como excepción, nos trae la desesperante y previsible cartelera veraniega. Como ‘Silencio de hielo’, glosada hace muy poco en el blog.

Se trata de cintas atípicas, que suelen llegar con cierto retraso, con vocación de estilo y minoritarias, proyectadas en vos, fuera de los circuitos amodorrados y aburridos en los que imperan, en general, las convenciones comercial  y narrativa más recalcitrantes.
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‘Silencio de hielo’: Las niñas de las bicicletas

Un ocho de julio de 1986. Un tórrido verano, en una pequeña población alemana. Dos hombres circulan en un vehículo rojo, por una carretera comarcal. Una niña de once años pasa en bicicleta. El coche se detiene… Un espesura de trigo dorado los rodea. Un cuerpo inerte en un lago. Un caso no resuelto.

La misma fecha, veintitrés años más tarde. Idénticos lugar y paisaje. Otra chica. Otra bicicleta. Otro coche. Un hombre solo, esta vez. Otra desaparición. Un rastreo. Un policía jubilado, al que persigue la impotencia. Una mujer fuerte y sólida, que mantiene vivos los recuerdos. Un inspector recién viudo, presa de un crispado duelo. Una policía embarazada, que le comprende y le apoya. Unos compañeros que empatizan. Un jefe rígido e intolerante. Una investigación en punto muerto.

Un arquitecto con mucho que ocultar. Un padre de familia, con un pasado oscuro. Un profesional fuera de sospecha. Un ciudadano que cuida y que destruye. Un terrible mensaje, que llega a su destino. Unas atracciones mórbidas y peligrosas. Unas pulsiones prohibidas, en común. Unos videos que encierran claves. Otra niña, otro caso. Una comunidad en alerta. Un culpable al que hay que detener. Unos agentes del orden bajo presión. Unos sentimientos en carne viva.

Unos seres presas del tormento. Una incandescencia que sube con la temperatura. Un climax difícilmente soportable. Un desquiciamiento generalizado. Una sensatez, que se conjuga en femenino. Un thriller de alto voltaje emocional. Una banda sonora, que subraya el caos. Unos personajes bien dibujados.

Una puesta en escena atípica y enfática. Una grandilocuencia, aliada al exceso. Una ópera prima, de Baran Bo Odar, arriesgada e intensa. Un paisaje de luz, que revela lo oscuro. Un verano de muerte, rodeado de vida. Un final inquietante. Una dura mirada al abismo de lo llamado humano. Una película que, con todos sus defectos y carencias,  o precisamente por ell@s, merece ser vista.

‘Prometheus’: Otra odisea del espacio…

Corre el año 2089 y una joven pareja de arqueológos descubre emocionada que en cuevas situadas en diversos, y alejados entre sí, lugares del planeta Tierra se repiten pictogramas dibujados miles de años atrás, que parecen sugerir a los creadores de la especie humana, remitir al propio origen de la vida. Cuatro años después, se embarcan en una expedición – patrocinada por un millonario mecenas, ya difunto- en la que irán en busca de tales seres. Pero lo que encontrarán,no será nada de lo previsto.

Diecisiete son los tripulantes de la nave. Tod@s científic@s, a excepción del piloto y un androide, estupendo Michael Fassbender, culto y refinado, rendido admirador de ‘Lawrence de Arabia’ y de su personaje central, bajo los rasgos de Peter O´Toole. Sus personalidades son dispares, pero salvo la representante del filántropo y directora de la expedición – una rigurosa, fría  y excesivamente encorsetada, Charlize Theron – todos sienten intensamente la pulsión de descubrir el misterio. Y no les importa arriesgar sus vidas para conseguirlo.

El septuagenario Ridley Scott no retomaba el género de la ciencia ficción desde hacía 30 años, los mismos transcurridos desde ‘Blade Runner’. Y lo hace con esta ‘Prometheus’, que pretende ser una precuela de ‘Alien’ y que no acaba de encontrar sus señas de identidad entre la acción, el terror y el fantástico futurista. Ello pese a dos guionistas solventes como Jon Spaiths y Damon Lindelof, uno de los cocreadores de la celebérrima serie ‘Perdidos’. Aún con eso y pese a contar, como es habitual en este tipo de superproducciones, con un equipo técnico-artístico apabullante, en el que no se han escatimado medios, la cinta no acaba de funcionar.

Y no lo hace porque desaprovecha los elementos que la conforman. Porque se pierde y se dispersa con una pretensión de transcendencia pseudoespiritual, de moralina religiosa de corto alcance, que empobrece su discurso y su mensaje. Porque carece de pasión y de aliento. Porque raras veces sabe crear un clima y una atmósfera. Porque, a pesar de estar dotada de un diseño artístico y unos impactantes efectos especiales , no les aporta esa grandiosidad que traspasa la pantalla. Porque no sabe insuflar vida a los personajes secundarios – ni siquiera a los principales, excepción hecha del citado Fassbender y de Noomi Rapace que defiende el suyo con la fuerza que la caracteriza – que no están bien dibujados, ni a sus interrelaciones.  Porque su pretendido misterio se nos queda corto. Porque esperábamos una gran película y ha resultado ser otra odisea del espacio

‘El caballero oscuro’: La leyenda renace.

Han pasado algunos años desde que Bruce Wayne se retirara de la vida activa como salvador oficial de Gotham City, en su alter ego de Batman. Considerado culpable del asesinato del héroe nacional y, en realidad, caballero más que oscuro, Harvey Dent, y gravemente afectado por secuelas físicas derivadas de  su feroz pelea a muerte con el Joker, nuestro protagonista vegeta, aislado y deprimido, sin que los esfuerzos de su fiel mayordomo por devolverle su ánimo perdido, se revelen útiles. Pero la irrupción de un nuevo y poderoso villano aliado a las más crueles fuerzas del mal y un acariciado y secreto proyecto para el que cuenta con una atractiva socia, lograrán sacarle de su letargo…

Christopher Nolan imprime a este, aquí esbozado muy esquemáticamente, material narrativo – del que ha sido también, como en las dos anteriores de la trilogía, responsable junto a su hermano Jonathan- toda su potente artillería visual. Todo su impactante manejo de la cámara. Toda su capacidad de seducción. Todo el lirismo y la oscuridad que la historia requerían. Toda la carga crítica subyacente en la mitología del héroe. Toda su clarividencia de adelantado a su tiempo, sin dejar de ser tan intrínsecamente contemporáneo. Toda su melancolía en la visión de una urbe tan devota como ingrata. Toda su empatía con los malvados, que se revuelven contra su estigma de parias. Toda su capacidad de sorprendernos y burlarnos. Toda su impecable construcción de personajes, a l@s que dota de una conmovedora intensidad. Toda la suntuosidad y la fuerza de una admirable puesta en escena, con la complicidad de un equipo técnico- artístico superlativo.

Así,  en los departamentos de arte, de diseño de producción, de casting, de efectos especiales, musical, vestuario, maquillaje… en los que destacaremos la partitura de Hans Zimmer. La fotografía  de Wally Pfister. El montaje de Lee Smith. Y del reparto… Christian Bale dota a Wayne-Batman de un estilo tan elegante como romántico. Gary Oldman, irreprochable. Liam Neeson, una presencia tan sólida. Tom Hardy, un maligno tenebroso y fiel. Morgan Freeman, el empaque hecho actor. Marion Cotillard, sensual y huidiza. Anne Hathaway, la gran sorpresa, una estupenda Cat Woman. Y… tant@s más pero, sobre tod@s, el grandísimo, emotivo, genial, Michael Caine. Mucho talento conjurado en unos absorbentes 165 minutos de gran cine comercial, de una historia que pudo ser banal y resultó más grande que la vida…

‘Margaret’: Accidente con huella

Sobre el norteamericano Kenneth Lonergan, firmante de esta cinta, sabemos que es un reputado dramaturgo y guionista y que debutó en el 2000 tras la cámara con la celebrada comedia ‘Puedes contar conmigo’. Esta es, pese al tiempo transcurrido, su segunda película. Un proyecto que le ha costado años materializar. De hecho, figuran en sus títulos de crédito como productores Sidney Pollack y Anthony Minghella, que nos dejaron en el 2008.

Una adolescente neoyorquina, judía, de posición acomodada, – magnífica Anna Paquin -, de padres separados, con un entorno familiar artístico, culto y refinado. Su madre es actriz y su hermano menor toca el piano. Asiste a una escuela privada de su etnia en la que el profesorado es dialogante y estimula a la clase con debates y tiene las tendencias de una joven privilegiada de su edad. Pero un accidente que provoca involuntariamente, con resultado de muerte, alterará su modo de vida y minará su equilibrio emocional.

Hasta aquí un tema tan reiterado en la ficción como la irrupción del drama, con diferentes variantes, en una existencia apacible y aparentemente ordenada. Lo que diferencia  a ‘Margaret’, en este caso, lo que le confiere una identidad propia, es su tratamiento. El enfoque narrativo y la puesta en escena.

Y es así porque, en este caso, el realizador renuncia explotar la tragedia aunque la muestre. Aunque muestre de una manera descarnada y cruda el atropello y la muerte en directo de la víctima. Renuncia incluso casi a montar el material filmado, para darnos la medida del errático itinerario emotivo y moral de la chica. Renuncia a incidir estéticamente en los aspectos más resultones e icónicos de Nueva York. Por el contrario, la resalta desprovista de glamour con planos reiterados de las multitudes que la pueblan, como individualidades carentes de sentido grupal o comunitario.

Y también, para terminar, pero no por último, bloquea una posible identificación empática con los personajes. Tanto con la protagonista, como con las personas adultas que la rodean, o a las que va encontrando en su camino, que nos son mostradas como vulnerables, confusas, contradictorias y raras veces estables.

Se ha señalado con razón su carácter misógino. Y es cierto que los personajes femeninos revelan mayores desequilibrios, contradicciones y desaciertos que sus homónimos masculinos. Pero también lo es que se comprometen mucho más a fondo que éstos y son más consecuentes.

En resumen, una película nada convencional y desasosegante que registra, partiendo de un relato intimista, el malestar de una ciudadanía profundamente marcada por los atentados del 11-S,  desconfiada y anómica, individualista hasta el autismo e insolidaria. Con un reparto más que solvente en el que se agradecen las presencias de Mark Ruffalo, Jean Reno, Kieran Culkin o Matthew Broderick. Merece la pena ir a verla.

‘Elefante blanco’: Los renglones torcidos de Dios

El realizador, guionista y productor argentino Pablo Trapero ha demostrado sobradamente que gusta del riesgo en fondo y forma. Ahí están algunos de sus títulos para demostrarlo. A saber, ‘Leonera’, ‘Mundo grúa’ o ‘Carancho’. Tales cintas muestran también su inequívoco compromiso con l@s desposeíd@s y su visibilización de los aspectos más ingratos y ásperos de la sociedad de su país. Una aproximación la suya drásticamente diferenciada con la de la mayoría de los cineastas porteños, que prefieren factura, contenidos, narrativas y enfoques mucho más convencionales y clásicos.

En ‘Elefante blanco’, la historia sigue a dos sacerdotes, uno nativo y el otro de origen belga, que sobreviven a un grave atentado en Centroamérica y, llevados por su irrenunciable vínculo con los desheredados, se establecen en una de las más peligrosas y paupérrimas barriadas de Buenos Aires, vivero de traficantes, delincuentes de todo tipo, toxicómanos y mafiosos, pero también de gente a la que la vida le arrebató todo cuanto poseían. Pretenden al tiempo que evangelizar a sus habitantes, rescatarles de las garras de las drogas y de sus mercaderes y mejorar la calidad del infernal entorno construyendo viviendas dignas presuntamente subvencionadas por el Obispado local. Cuentan para tan ímproba tarea con la inestimable ayuda de una generosa y solidaria trabajadora social, muy implicada con la causa.

El ojo de la cámara de Trapero nos introduce, sin anestesia ni paliativos, en el submundo de la miseria más atroz, en las cloacas ocultas de la urbe donde no hay ni techo, ni ley. Donde las llamémoslas casas, irónicamente apodadas villas, son poco más que agujeros identificados por números tras puertas de chapa y latón. Pero donde hay clases, clanes y sangrientas luchas de poder. Donde no hay futuro, ni presente para nadie. Donde nadie, salvo sus vecinos y unos cuantos valientes, osa aventurarse. Pero también en la lucha cotidiana por dignificar un barrio salvaje lleno de buena gente al límite que espera, contra toda esperanza, que le devuelvan su perdida condición de personas.

Y lo hace con esa árida potencia visual que le caracteriza, y lo hace sin paños calientes ni concesiones,  con una inmersión oscura y salvaje en unas formas de vivir y morir tan invisibles como reales. Sin moralizar, ni predicar. Al lado de l@s oprimid@s. Junto a esos curas tan atípicos que entienden el apostolado de otra manera. Que sufren, aman, luchan y mueren de otra manera. Que se confrontan con una jerarquía eclesiástica a la que ciertas versiones de la condición humana les resultan distantes y ajenas. Y lo hace honesta y brutalmente, con buen pulso, llenando la pantalla de negrura y credibilidad.  Y lo hace con un reparto no profesional de habitantes de tales pesadillas ciudadanas y con un trío protagonista entregado y solvente. Jérémie Renier, Martina Gusman y el gran Ricardo Darín. Chapeau.

‘La delicadeza’ : Suave como satén

Una pareja idílica, joven, guapa y apasionadamente enamorada. Un fatal y absurdo accidente. Un largo duelo, volcado en el trabajo. Un compañero nada convencional. Una relación inesperada. Muchos esquemas que romper. Tres años después, la vida sigue…

Los hermanos franceses Stéphane y David Foenkinos han dirigido conjuntamente esta película, con guión del segundo y basada en su novela del mismo título, un éxito editorial en el país vecino. Y lo han hecho desde una óptica muy querida a cierto cine galo, especialmente proclive a la singularidad formal en el tratamiento de temas tan clásicos como recurrentes…

En efecto, guarda cierto aire de cuento realista que distancia y filtra el sentimentalismo con un toque de sutil ligereza, que impregna incluso los momentos más dramáticos. Este es un punto a favor de la cinta, igual que el hecho de saber transmitir el estupor ante un azar que varía el curso de los acontecimientos de manera tan imprevista como sorprendente.

Otro de sus logros reside en un personaje masculino – excelente François Damiens, justa réplica a la inspirada Audrey Tautou -, tan atípico como tierno y que respeta los ritmos y las circunstacias emocionales de su amada con una delicadeza, de ahí el título…, que no nos regala frecuentemente una oferta cinematográfica, en la que la virilidad no suele estar asociada a la sensibilidad.

Y son esos detalles de una relación que va consolidándose paso a paso, llena tanto de dudas y confusión como de matices los que confieren una seña de identidad a un romance fílmico, que sería trivial en otras manos. También lo es el tratamiento de la desolación que sigue a una pérdida irreparable y la empatía, al tiempo que desconcierto, que genera en el entorno familiar y amistoso.

Sin embargo, el ritmo decae, la cursilería la acecha peligrosamente aunque sabe combatirla con una fina ironía, la alarga innecesariamente en su tramo final y se hubiera agradecido una mayor oportunidad a unos personajes secundarios interesantes y resultones, que son sacrificados en aras del protagonismo de la pareja central. Con todo se hacen notar las presencias y el buen hacer de Bruno Todeschini, Mélanie Bernier y la siempre estimulante de Ariane Ascaride.

‘Ellas’: Verde celofán

Una solvente periodista francesa, mujer madura casada y con dos hijos varones, realiza un trabajo de investigación para la revista ‘Elle’. Se trata de un artículo sobre la prostitución juvenil y esto la lleva a entrevistar en profundidad a dos chicas universitarias que la ejercen, y cuyos testimonios provocarán un grave desajuste en su vida personal.

Este es el punto de partida de la cinta que nos ocupa, producción franco-alemana, dirigida por la polaca Malgoska Szumowska, también coguionista junto a Tine Byrckel. Cuenta con un trío de soberbias actrices, la siempre espléndida Juliette Binoche, y las excelentes Anaïs Demoustier y Joanna Kulig, y con una factura impecable, que sirve a la historia tanto como la traiciona. Nos extenderemos después sobre ello.

La estructura narrativa es interesante porque permite contemplar las conversaciones con cada una de las jóvenes, al tiempo que la puesta en imágenes de los relatos – los encuentros sexuales con los clientes – y, en paralelo, la vida doméstica y familiar – algo descontrolada y desigual para ella en relación a un marido más bien egoísta y desatento, y a un hijo adolescente tópicamente rebelde – de la reportera.

En la primera parte, Szumowska consigue integrar con una cierta coherencia de fondo y forma dichas líneas argumentales. Pero en la segunda, el conjunto se le va de las manos. En efecto, prefiere escorarse hacia el efectismo, hacia una vacuidad pretendidamente rompedora e intensa, hacia una banalidad disfrazada de trascendencia, hacia una gestualidad sin sustancia, hacia un erotismo que juega a porno suave de diseño…

Tal deriva confunde e intoxica el pretendido mensaje feminista – ¿feminista…? – que la anima. La visión de esas estudiantes prostituídas – que van por libres, sin mafias, ni proxenetas, con el solo y confesado objetivo de vivir mejor –  sirviendo sexualmente a hombres casados que podrían ser sus padres, quienes las pagan por prácticas eróticas que serían ‘incorrectas’ en sus lechos conyugales…

Esa visión resulta insidiosa y profundamente deshonesta porque, salvo en  episodios aislados, apenas si se nos muestra el dolor, la humillación, la indignidad y el alto precio que deben pagar ambas estando, como están, sometidas a un contrato no escrito de abuso de poder. Por el contrario, hay una cierta reivindicación perversa de sus pretendidos ejercicios de libertad y control, frente a la esclavitud del matrimonio burgués. Tópica y facilona oposición, siendo ambas situaciones más que cuestionables. Lo dicho, pierde el norte ético y estético y el verde celofán lo envuelve todo con sus tramposas mixtificaciones.

‘Hysteria’: Invenciones

Cuatro mujeres son las artífices de esta comedia – producción anglo-franco-alemana-luxemburguesa-  a la que el epígrafe de romántica le viene algo corto.  A saber, tres productoras Sarah Curtis, Judy Cairo y Tracey Becker. Y, por supuesto, la realizadora, Tanya Wexler. A ellas se añaden una co-guionista, Jonah Lisa Dyer y Sophie Recher en el diseño de producción.

Corre el año 1880, en la Inglaterra victoriana. Una época efervescente desde los puntos de vista científico, cultural, intelectual y creativo. Pero también oscura, represora, mojigata y rigídamente estrecha de miras en lo que respecta a los roles de género y, consecuentemente, a la visión de la identidad femenina.

En ese preciso momento confluyen los destinos de cuatro personajes. Dos hombres, dos médicos. Uno, joven y adelantado a su tiempo. El otro, maduro y prestigioso, que practica un heterodoxo – aunque totalmente respetable – masaje íntimo a sus pacientes, damas presuntamente aquejadas de ese conjunto de malestares difusos que se dió, y lamentablemente se usa aún en la actualidad, en llamar histeria.

Y dos mujeres, las hijas del segundo. Una, la mayor, feminista, comprometida con las causas de l@s desfavorecid@s, vehemente, apasionada, generosa y en guerra perpetua con su viudo progenitor. Otra, la menor, frenóloga, modélica ama de casa y anfitriona ejemplar.

La realizadora, de nacionalidad norteamericana, sabe imprimir, sin embargo, en este relato esa sutileza tan británica por la que las aristas más escabrosas – ¡un docto científico entregado a prácticas masturbatorias, junto a su joven ayudante a quien la actividad le provoca una tendinitis…! – son tratadas con la máxima asepsia y profesionalidad, aún rebosantes de ironía. La propia invención del vibrador es tan azarosa como creativa y resulta divertida la imagen de los distintos modelos del aparato a través del tiempo, mientras se proyectan los títulos de crédito finales.

La otra invención de la historia, el propio e infamante concepto de histeria, no parece lo suficientemente cuestionada, pero sí compensada por la asunción implícita – imposible explicitarla, dadas las coordenadas histórico-temporales en las que transcurre la acción – de un centro, de un ritmo y de una autonomía en el placer sexual femenino, a años luz de los rígidos esquemas anatómicos aún hoy vigentes.

El registro amoroso, con sus inevitables titubeos, confusiones, idas y venidas tiene a una mujer afirmativa – maravillosa, como siempre, Maggie Gyllenhaal – como sujeto irrenunciable y a un hombre – un tierno Hugh Dancy – que se aviene a una relación igualitaria y eso es muy de agradecer. Y también el resto de un reparto irreprochable, Felicity Jones, el gran Jonathan Pryce y un Rupert Everett casi irreconocible por los estragos del botox.

En suma, una película agradable y singular, con una feminista tras la cámara desmontando, con incisiva ironía, mitos y mixtificaciones.

‘Sueño y silencio’: Lo raro es vivir

Horas después de la visión de ‘Sueño y silencio’, el cuarto largometraje de Jaime Rosales, las imágenes y las sensaciones que despertaron permanecen en la retina del recuerdo. Unas imágenes en un blanco y negro, de granulado duro, salvo cuando abre y cierra el filme con dos momentos del proceso creativo de Miquel Barceló y en un plano aislado, casi al final de sus 11o minutos de metraje.

La sinopsis reza así: «Oriol y Yolanda viven en París con sus dos hijas. El es arquitecto, ella es profesora. Durante unas vacaciones en el Delta del Ebro, un accidente transformará sus vidas». Pero esta síntesis no es un manual de instrucciones, es apenas un punto de referencia, un asidero para enfrentarse a una experiencia cinematográfica radical.

Una experiencia fílmica en la que el guión de la película no tenía diálogos y los improvisó el reparto durante el rodaje de cada escena. En la que no hay lo que se entiende por dirección de actores (destacamos, por cierto, a la sevillana Yolanda Galocha en un papel protagonista). En la que no se repiten tomas, sino que es una toma única para cada situación. «En la que la improvisación inicial es la única, verdadera e irrepetible». En la que  abundan los planos fijos con los personajes fuera de campo. En la que nunca vemos un plano- contraplano para ilustrar una conversación. En la que las personas se integran en los espacios domésticos o exteriores con la misma solidez o liviandad de los objetos o los paisajes.

Muchas de estas características descriptivas de un estilo tan insobornable y a contracorriente, especialmente en un cine tan mayoritariamente conservador en fondo y forma como el nuestro. ya estaban en su ópera prima ‘Las horas del día’. En la magnífica y ganadora sorpresa de los Goya de 2008, ‘La soledad’. O en la tan inquietante como incomprendida ‘Tiro en la cabeza’. Pero en cada propuesta parece ir aún más lejos, aunque persistan sus señas de identidad tras la cámara.

‘Sueño y silencio’ es una película extrañamente luminosa dentro de la oscuridad de su historia . Extrañamente conmovedora, pese, o precisamente por eso, al ascetismo y distanciamiento con el que aborda una tragedia familiar  y sus daños colaterales. Clamorosamente expresiva en sus silencios. Viva y palpitante, pese a la aparente morosidad de su ritmo narrativo. Intensa hasta lo insoportable, en su pudor emocional y expositivo. Con una rara capacidad de sugerencia en su búsqueda de una espiritualidad inserta en la vida cotidiana. Con un reparto no profesional que da lecciones de maestría  al mostrar que hay esperanza contra toda lógica, porque el caprichoso azar mueve sus hilos en la rara circunstancia de vivir.