‘Bestias del sur salvaje’: La mística de la miseria.

Antes de que la erosión del ojo derecho perjudicara a quien esto firma, había ya preparado la crítica de esta película, que aterrizó en las carteleras la pasada semana. Se trata de una ópera prima, entre el drama y el fantástico, del cineasta y coguionista, junto a Lucy Alibar, en cuya obra de teatro está basada, Benh Zeitlin. Con sus 93 minutos de metraje, esta producción independiente ha cautivado a la crítica de Cannes que le concedió la Cámara de Oro y ha obtenido aplausos en los Certámenes de Sundance, Deauville y Seattle, antes de que la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood la consagrara como una de las cintas del año con las nominaciones a los Oscars para la Mejor Película,  Mejor Director, Mejor Actriz y Mejor Guión Adaptado. Todo un debut…

En los meandros del Mississippi vive una aislada comunidad, conocida como ‘La Bañera’,  separada del mundo exterior por un enorme dique. Cuando Hushpuppy – de seis años, huérfana de madre y con un padre bebedor, juerguista y seriamente enfermo -, toma conciencia de que su mundo se va, literalmente, a pique, deberá asumir decisiones correspondientes a una persona adulta y que conllevarán consecuencias importantes para su futuro.

Esta es la sucinta sinopsis de una cinta que cuenta con un reducido presupuesto y  que no está ligada a las grandes productoras. Aunque su equipo técnico es apabullante, véanse los títulos de crédito. Una cinta que posee ambición suficiente para crear una, en principio, atractiva amalgama de componentes realistas, documentales, etnográficos, mágicos y antropológicos. Una cinta dotada de buena factura, realizada con un cariño y una convicción innegables, se transmite… Pero, lamentablemente, eso no es todo y se impone hacer constar sus carencias, mitos y mixtificaciones.

En primer lugar, el uso y abuso de la voz en off. Este recurso es peliagudo y fastidioso cuando no está integrado como un elemento dramático más. Y lo es porque denota carencias a la hora de retratar la historia y a los personajes, como en este caso. Narrada por la protagonista, la más joven en optar a una estatuílla, perjudica incluso a su interpretación porque reduce sus registros expresivos a meros mohínes repetitivos. Y no digo que la niña no esté bien, pero sí que, sin ese lastre, hubiera estado mucho mejor.

Luego están las adulteraciones que la conforman. El elogio de la miseria atroz en el que malviven un grupo de personas adultas con vari@s niñ@s es insoportablemente tendencioso y falaz. El que tal mística de la marginalidad se disfrace de canto a una comunidad arcaica y solidaria, de outsiders del sistema, la hace aún más tramposa. Los ecos del Katrina resuenan pero, en lugar de una crítica a quienes permiten esas formas de vida insalubres y ajenas a los derechos humanos más elementales, se convierten aquí en una reivindicación orgullosa de tan penosas circunstancias. Ni siquiera invocando al realismo mágico, una de sus señas de identidad genérica, tiene un pase. El trato dado a ciertos animales, los valores tan discutibles que vehicula y hace suyos, la autocomplacencia narcicista que desborda… No es eso, no es eso.

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