‘Una casa en Córcega’: Legados

Para Conchi y Estefanía, amigas, cinéfilas, animalistas de pro…

Para una mirada crítica – como la de la abajo firmante – teñida de colores diversos, entre los que está el verde animalista, no resulta fácil declarar su admiración por una cinta, como esta, que tiene un personaje, unas escenas y una filosofía tan contrarias a la que ella profesa. Menos mal que este blog permite a su responsable matices y disgresiones, puntualizaciones y añadidos, que en una reseña al uso no cabrían…

Porque ‘Una casa en Córcega’ – ópera prima franco- belga del  profesor de filosofía, periodista, productor, guionista y realizador, Pierre Duculot, fechada en 2011, de 83 minutos de metraje – es, a despecho de reservas antiespecistas, una estimable película. Y este es uno de los supuestos más insidiosos en los que la abajo firmante puede encontrarse. Y este es uno de los supuestos que obliga a determinadas precisiones en el registro de sus cualidades y valores. Y este es uno de los supuestos en los que, salvo excepciones, la abajo firmante se siente solitaria e incomprendida.

La sinopsis da cuenta de la inesperada herencia recibida por una chica de treinta años, con un modo de vida y una relación sentimental insatisfactorios. Su abuela, a quien ha querido y cuidado mucho, le deja, al morir, la casa a la que alude el título original, ‘en el culo del mundo’. En una pequeña aldea, de apenas doce habitantes. Antes de decidirse a ponerla a la venta, como le instan sus pareja y parientes, decide ir a verla. Y tal visita provocará un antes y un después para ella.

El arranque, tan sobrio como eficaz en su planificación, sitúa perfectamente la frustración de la protagonista. Laboral, familiar, sentimental. Su duelo, la lectura del sorprendente testamento y su inconmovible determinación de visitar su legado in situ. Y una vez allí, su amor a primera vista por un lugar inhóspito, unas gentes algo hoscas, pero hospitalarias, una casa amenazada de ruina y la hermosura de un paisaje que deja sin aliento, y que nos sirve la espléndida fotografía de Hichame Alaouié.

Pero también, una vez allí, su inexplicable fascinación por un apuesto pastor,  tan sobrio como aparentemente encantador, pero cazador de jabalíes,  en su tiempo libre, con sus amigos no menos simpáticos. Dejarle a su puerta el cadáver del pobre animal es un juego de niños… Pero también, una vez allí,  la protagonista ayuda al citado, entre risas, a coger a un precioso y tierno cabrito blanco, reservado al consumo navideño. Pero también el realizador, con varios cortos en su haber sobre contrastes entre diversas formas de vida, refleja sus complacencias con una comunidad rural, a la que muestra sin ángulos oscuros.

Cierto es que la conclusión es realista. Cierto es que mima a sus personajes, aunque algunos sean de una sola pieza. Cierto es que muestra la fuerza de una mujer en la búsqueda de sus raíces más profundas, contra todas las dificultades. Cierto es que revela la solidaridad familiar. Cierto es que sabe eludir con elegancia los esquematismos que acechan a la historia. Cierto es que evita las tentaciones de la autoría, en beneficio del relato.  Todo ello, nobleza obliga, es tan cierto como que la abajo firmante no le perdona a su responsable su falta de respeto por otras criaturas, con tanto derecho como las humanas a la vida y a la tierra.

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