‘Joven y bonita’: Ni putas, ni sumisas…

Sostiene la histórica y maestra feminista, Lidia Falcón, en el capítulo de su último libro, ‘Los nuevos machismos’, titulado ‘La perversión del discurso de la libertad en la prostitución’ que “utilizando la enseña de la libertad se está haciendo creer a la sociedad que la prostitución es una “profesión” libremente elegida por las mujeres que a ella se dedican”. Por el contrario…”es un drama que sufren millones de ellas en el mundo entero, que consiste en vivir sometidas a la utilización, a las vejaciones y humillaciones sexuales por parte de hombres de cualquier edad, clase, condición y estado físico”. Y cita al desaparecido Carlos París cuando escribió: “… es preciso reconocer que una mujer que ejerce la prostitución para proporcionarse bienes superfluos o elevar su nivel de vida está afirmando su inferioridad y dependencia económica respecto a los hombres a quienes se entrega”.

François Ozon – París, cosecha del 67 – con estimables cintas en su haber como ‘El tiempo que queda’ o ‘En la casa’- incurre en esta perversión citada en su última propuesta cinematográfica, ‘Joven y bonita’. En ella seguimos al despertar sexual de una adolescente a lo largo de las cuatro estaciones del año, marcadas por otras tantas canciones que firma Françoise Hardy. Una joven y bonita chica de diecisiete años, de familia acomodada, con un cómplice hermano menor, una madre y un padrastro que la quieren y una buena educación quien, tras una fallida primera relación, decide prostituirse en su tiempo libre. A partir de ahí, deberá asumir las consecuencias de sus actos.

Esta es una forma esquemática, claro, de situar la historia. Una historia en la que nada se juzga, pero tampoco nada se (nos) explica. Una historia narrada con la estilizada elegancia marca de la casa, al servicio de una pretendida transgresión, que no es tal sino una trasnochada fantasía  misógina, como el propio realizador, que lo único que realmente pervierte es la credibilidad y consistencia de un guión que hace aguas por todas partes.

El que haya encandilado sin fisuras a una crítica mayoritariamente masculina habla bien a las claras de cómo la joven ninfa protagonista es un objeto de consumo, en lugar de un sujeto con voz propia. Una joven y bonita anatomía al servicio del otro, de clientes más que maduros, presumiendo de un ‘elección’ que no es más que la peor de las servidumbres. Quien paga, manda. Es sabido. Esta adolescente hosca y misteriosa nunca es vista en su integridad y ni siquiera cuando la humillan o maltratan en su dignidad física y emocional, deja de perseverar en esa absurda e inverosímil propensión al peligro y al sometimiento, ¿por móviles económicos?, al poder masculino absoluto.

Ozon transmite insidiosamente, a través de su personaje -una convincente Marine Vacth– la idea de ternura, gentileza y deseo en lo que no es más que una sórdida transacción comercial en beneficio del cliente. Y lo envuelve en una factura refinada y sutil, pero habitada por burdas contradicciones internas. Para no hablar de ese final grotesco… Ni putas, ni sumisas. No, no y no.

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