‘Mil veces buenas noches’: Los ojos de Rebecca

El título de esta película – coproducción entre Noruega, Irlanda y Suecia, firmada por el guionista, realizador y reportero gráfico noruego, Erik Poppe, cosecha del 60 – remite a la frase de despedida, en la escena del balcón, de Julieta a Romeo.  Y también a las veces que la protagonista, Rebecca, fotógrafa que documenta las atrocidades de zonas en conflicto, se despide de su familia antes de iniciar uno de sus peligrosos viajes, del que no sabe si volverá indemne.

La cinta arranca, de una manera poderosa e impactante, con el personaje central siendo testigo, con su cámara, del siniestro y terrible ritual de la preparación de una terrorista suicida. Ritual que registra paso a paso, y cuyo proceso sigue en el coche que las traslada hasta su mortífero objetivo. Entonces… el impacto de la onda explosiva la alcanza. Tras este grave accidente, vuelve a casa y el marido le plantea un ultimátum porque no quiere, son sus palabras, acabar reconociendo su cadáver en la morgue de cualquier país extranjero. Ella accede, pese a tener muchas propuestas – es una excelente y reconocida profesional – pero el equilibrio doméstico y conyugal, tienen dos hijas, será desde entonces más que precario.

Una de las claves temáticas de la historia es la difícil conciliación de las vidas laboral y familiar, más aún cuando se trata de trabajos de riesgo y, sobre todas las cosas, cuando se trata de una mujer. En este caso, además, es tramposamente esquemática y tendenciosa en su enfoque, pues incluye un incidente peligroso, de escasa credibilidad, que implica a la mayor de las niñas. Tal asunto proporciona argumentos al esposo quien muestra su carácter más autoritario, frente al rostro civilizado y comprensivo del inicio. La ambigüedad de un guión – del propio realizador, junto a Harald Rosenlow Eege – que hace aguas por demasiados flancos, es más obvia aquí. A un hombre, nunca se le plantearía semejante cuestión… A las pruebas, y a los hechos, hay que remitirse.

Luego está la vertiente moral de combinar la vocación con los principios. De levantar acta de los abusos de poder, de la violencia indiscriminada y del terror, que se abaten siempre sobre l@s más débiles. Y de hacerlo con una desbordante pasión en la mirada. Con un sentido de la ética, de la estética, de la justicia y de la oportunidad. Con el coraje requerido para desvelar el horror anteponiéndolo a la propia seguridad e integridad físicas, a la propia supervivencia. En esto sí se destaca y se ‘redime’ a la protagonista frente a su ‘egoísmo’ doméstico. Aún así, resulta paternalista y bastante insatisfactorio.

La fotografía, de John Christian Rosenlund, como no podía ser menos, es espléndida. Pero la puesta en escena, resulta demasiado preciosista y evanescente para el material narrativo que tiene entre manos. Demasiados juegos de cámara… Más florituras y disgresiones de las necesarias, en un relato que pedía a gritos concisión y rotundidad. El noventa por ciento de su interés, reside en una espléndida Juliette Binoche. En su rostro, en sus gestos, en sus registros, en sus matices, en su espléndido talento para convertir su mirada en la mirada de su personaje, en los ojos de Rebecca.

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