‘La señorita Julia’: Clase y género

Sin pretensiones de exhaustividad, ni de documentar a un autor y a una obra que han tenido, tienen y tendrán a tant@s expert@s que les escriban, apuntar tan sólo que el sueco August Strindberg era dueño de, además de un gran talento, de un trastorno esquizo-paranoide. Defensor de las mujeres en su juventud, luego se sintió perseguido por el movimiento feminista y se transformó en un recalcitrante misógino.

‘La señorita Julia’ puede leerse en este sentido, aunque es bastante más compleja que todo eso. Se trata de un clásico universal, incontablemente representado en el teatro. Pero no sólo. Ha conocido dos versiones televisivas, una operística y esta es la tercera de sus adaptaciones al cine. Las anteriores fueron en 1951, a cargo de Alf Sjöberg, en 1999. a cargo de Mike Figgis y esta que nos ocupa, a cargo de Liv Ullmann – cosecha del 38 – actriz, guionista y realizadora noruega, bien conocida y estimada, que, con ella, hace el número cinco de sus trabajos tras la cámara.

La historia, como saben, sigue a la hija de un conde y rico terrateniente que, en la noche de San Juan de 1874, decide – en ausencia de su padre – transgredir las normas y seducir a su criado, un lacayo, en la cocina de su mansión, y con la única presencia de la cocinera y presunta novia del sirviente . Pero este hecho le traerá fatídicas consecuencias. La directora ha trasladado la acción de Suecia a Irlanda y ha seguido fielmente el texto, de cuya escritura también es responsable.

En sus 129 minutos de metraje, se confrontan un hombre y una mujer. Unidos por el deseo mutuo, separados por todo lo demás. Teóricamente, la mujer es superior al hombre, en términos de clase. Pero es inferior en términos de sexo. Y el primer aserto tampoco es tan obvio, puesto que ella no posee nada por sí misma. Su fortuna, su posición, sus privilegios y su estatus se los debe a su padre.

Liv Ullmann sabe mostrar muy bien, con sensibilidad y lucidez, estas complejidades argumentales. Desvela que, tras las odiosas  arrogancia y prepotencia iniciales, el personaje femenino se muestra como una figura trágica desprovista de identidad, e inmersa en sus contradicciones. Y el masculino, por contra, tan sumiso e impotente, tan desvalido como inútilmente rebelde. Conmovedor en principio, culto y esclavo de su condición servil, pero que se revuelve  con sadismo contra una señora, a la que sabe vulnerable. Entre ambos, otra mujer, doliente y sensata, consciente de su clase, respetuosa de las normas y desgarrada por la herida sentimental.  Pero el verdadero amo es esa presencia invisible, el conde, el patrón.

Se le ha reprochado su estatismo, su excesiva fidelidad al texto, hasta el dramático final. Su carencia de intensidad y pasión. Quien esto suscribe discrepa. Cree, al contrario, que se trata de una mirada intensa, profunda y valiente, en clave de clase y género, a una obra demoledora, de la que revela tanto el eros como el pathos. Apoyada en un reparto y en un equipo técnico-artístico que rozan la excelencia. Como las de Samantha Morton y, sobre todo, las de ese tándem incandescente. Como las de ese tour de forcé interpretativo entre una soberbia Jessica Chastain y un inmenso, contra todo pronóstico, Colin Farrell.  Aún pueden verla, si bien doblada. No dejen de hacerlo.

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