‘Théo & Hugo’: En el mismo barco…

Para las víctimas del Club de Orlando. Para quienes sufren persecución, agresiones, cárcel y muerte por sus afectos y deseos.

Teatro Alameda, 20.30 de la noche del pasado miércoles. Como colofón al Ciclo LGTB, que organizan el Colectivo Defrente y la Fundación Triángulo, integrado en el seff365, se proyecta la francesa ‘Théo &Hugo’, escrita y realizada por Olivier Ducastel y Jacques Martineau. En la taquilla, se nos advierte que el aire acondicionado de la sala no funciona. Pero la temperatura exterior es muy agradable y dentro no se está mal.

Quien esto firma, tres mujeres más y seis hombres, somos los únicos-as espectadores-as de esta sesión. De un film inédito en nuestra ciudad. De una película singular y valiosa, de difícil estreno comercial. De una película de temática y tratamiento ADULTOS que será muy complicado – ojalá no fuera así… – revisitar en pantalla grande. Una verdadera lástima.

Pese a todo ello, en esta entrada va a intentarse no hacer ningún spoiler aunque se incurra en algunas abstracciones. La historia, que transcurre en dos intensas horas de la madrugada de un domingo desde las 4 hasta las 6, sigue a dos hombres jóvenes, que se conocen en el cuarto oscuro de un club gay, y prolongan su encuentro, entre las más diversas e inesperadas vicisitudes, por una ciudad solitaria.

Aunque pueda tener algo en común con dos películas tan dispares como ‘The living end” (1992), de Greg Araki y ‘Weekend’ (2011) de Andrew Haigh, lo cierto es que las coincidencias son tangenciales. Porque el relato es tan potente como inquietante en este caso.  Con un arrollador comienzo, veinte minutos de duración, de sexo comunitario y explícito en los sótanos de la discoteca, al compás de la música techno.  Todo ello unido al toque lírico, dentro de la promiscuidad indiferenciada y colectiva, del deseo a primera vista de los personajes.

Y luego, la sorpresa imprevista. La que les lleva al lugar más inesperado como el toque agridulce y dramático de una noche tan hermosa como desenfrenada. La intimidad naciente, a la vez reforzada y puesta a prueba, en una tesitura tan desconcertante como lógica. Porque en este caso se huye de los caminos trillados, así que los protagonistas, y espectadores-as, se ven sometidos a los caprichos del destino.

97 minutos de metraje. Música electrizante y fotografía llena de fuerza y sugerencia de Manuel Marmier. Con unos estupendos, y derrochando mutua química, Geoffrey Coüet y François Nambot. Un auténtico regalo el de su proyección en Sevilla. No saben cuanto se alegra quien esto firma de haberla visto.

 

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