‘Mentes maravillosas’: Dos hombres y un destino

Los dos hombres que han coescrito, interpretado en sus principales papeles y codirigido esta coproducción entre Francia y Suiza, fechada en 2021, de 92 minutos de metraje, son el escritor, actor, cineasta y filósofo suizo aquejado de parálisis cerebral Alexandre Jollien, cosecha del 75 y el actor, director de cine y escritor francés Bernard Campan, cosecha del 58.

Ambos son responsables de una historia – esta del desafortunado y manido título castellano de ‘Mentes maravillosas’ en lugar del más sutil e idóneo original ‘Presque’ – en la que dos individuos tan diametralmente opuestos como el director de una funeraria, soltero y solitario, entregado a su trabajo y un atípico, culto, ilustrado, lector empedernido y devoto de la filosofía repartidor de productos ecológicos, con discapacidad cerebral, se conocen a través de un accidente…

… Y las piruetas del destino hacen que terminen viajando juntos en compañía del féretro de una anciana y de las cenizas de un chico muy joven. Dos hombres vivos, un chico y una mujer muy mayor, ambos cadáveres, comparten un viaje singular para cumplir las últimas voluntades de los segundos. A través de ese periplo entre dos países Francia y Suiza, estrecharán sus vínculos, tendrán encuentros divertidos y cambiarán sus vidas.

Esta sinopsis – que parece, de entrada, tópica, pródiga en clichés y habitada por el dejá vu – no hace justicia a una película que no cae en ternurismos, ni en paternalismos, ni en sentimentalismos edulcorados aunque sea tierna y emotiva.

Porque el que sufre la incapacidad es, se insiste, un hombre extraordinariamente cultivado cuyos autores de cabecera, a los que cita continuamente, son Sócrates, Nietzsche o Spinoza, junto a estoicos, epicuréos y un largo etcétera. Porque no se centra en su enfermedad aunque sí refleje críticiamente la reacción de la gente ante ella, ante él.

Porque es un canto a la vida y a la libertad también para un hombre atormentado por un doloroso secreto, que ha constreñido su existencia a unos márgenes muy estrechos. Porque derrocha humor fino e ironía, porque asume la muerte como parte de nuestra experiencia terrenal. Porque es un canto a la independencia y a la autonomía que la sociedad y el entorno no permiten en ciertas personas.

Todas estas cualidades, que hacen muy recomendable su visión, no impiden que esta firmante tenga algunas reticencias con respecto a ella. La visita de la mujer prostituída. El tópico enamoramiento fiel y devoto de la secretaria. Las críticas a la progenitora en exclusiva cuando, en realidad, Jollien fue internado y enclaustrado de la realidad por sus padre y madre. Esos toques misóginos…

Su luminosa fotografía se debe a Christophe Offenstein y su animada banda sonora a Niklas Paschburg. La interpretan con talento y una excelente química los coguionistas, junto a Hélene Gremillon, y codirectores ya citados, Bernard Campan y Alexandre Jollien, a quienes acompañan un@s secundari@s solventes.

Escrito queda. Véanla.

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