‘El acusado’: 20 minutos de acción…

El título de esta crítica se debe a la deleznable frase que pronunció el padre de un violador, Brock Turner – de 21 años, estudiante de la universidad de Stanford, ex nadador al que esperaba un brillante futuro con vistas a las Olimpíadas – proclamando que la sentencia a la que se enfrentaba a su hijo, por agredir sexualmente en 2015, con enorme violencia, a una chica inconsciente, era: «un alto precio a pagar por 20 minutos de acción»

Declaración que provocó un enorme escándalo y que fue parte de una carta en la que afirmaba que el joven no era violento y que la cárcel iba a destruirle. Y tuvo eco en el juez Aaron Persky, muy cuestionado por su veredicto, porque le condenó a tan sólo seis meses de prisión, de la que salió a los tres por «buena conducta» en 2016.

Es evidente que el actor de doblaje y de cine, guionista y cineasta de origen israelí y nacionalizado francés Yvan Attal, responsable de esta propuesta – cosecha del 65, con títulos en su haber como ‘Mi mujer es una actriz’ (2001), ‘Do Not Disturb’ (2012) o ‘Una razón brillante’ (2017) – conocía este caso porque hace exclamar una frase casi idéntica al padre del protagonista.

Pero… no se adelantarán acontecimientos. Estructurada en cuatro capítulos titulados Él, Ella, 30 meses después y Alegatos finales, narra la historia de un joven brillante – de 22 años, estudiante de ingeniería con perspectiva ética en la universidad citada del caso real, Stanford, y pianista dotado – que vuelve a París donde su padre, un periodista célebre y prestigioso, va a recibir la Legión de Honor y su madre, una ensayista y feminista radical, cuya nueva pareja, un profesor de literatura judío agnóstico, tiene una hija, inteligente estudiante de 20, que prefiere vivir con él antes que con su madre ortodoxa estricta.

Él y ella se conocen, pues. Para invitarles a que lo hagan mejor, la madre de él y el padre de ella les animan a que vayan juntos a una fiesta que organizan los amigos del chico. Y ahí ocurre algo que hace que la chica le denuncie por violación…

A partir de ahí, el realizador nos muestra los hechos desde los puntos de vista de víctima y agresor. Pero, aunque roza una más que cuestionable equidistancia, sí tiene la honestidad de presentar al joven en sus contradicciones y secretos, en sus silencios y ocultaciones, que son, precisamente, las que dan la clave de su odioso comportamiento.

Sí tiene la honestidad de presentar a una joven rota, afectada de shock postraumático y a la que se le cuestiona el no haberse negado por miedo. Porque no hacerlo no significa consentir. Ni siquiera el sí – cuando se da en un contexto como en este caso de desigualdad, de violencia, de presión o de poder – es consentimiento.

Sí tiene la honestidad de resolver que dos personas que se aman, la progenitora de él y el progenitor de ella, separen sus caminos por razones obvias de incompatibilidad. Sí, pero…

…Desde el punto de vista de quien esto firma, Attal ha querido hilar tan fino que ha caído en una dispersión que resta y no suma al relato. Que no ha entendido que la contundencia y la empatía por la víctima no están reñidas con la complejidad. Que quien mucho abarca, poco aprieta.

Desde el punto de vista de quien esto firma, Attal – que ha hecho declaraciones, como poco, controvertidas al respecto – ha afirmado algo así que los agresores no son conscientes del daño que inflingen a las mujeres, cuando es justamente todo lo contrario…

Desde el punto de vista de quien esto firma, Attal ha presentado a una mujer antes madre que feminista. Nada que objetar. Pero sí que esté retratada tan esquemáticamente – pese al talento de Charlotte Gainsbourg, que la encarna – tan sin fisuras, sin dudas ni contradicciones, ni culpas aparentes.

También lo ha hecho, peor en este caso, con el padre del joven quien se cree tan seductor que no puede ser un viejo verde, en sus propias palabras. Pero lo es, vaya que sí lo es, pese al propio director. Chirría mucho porque el excelente Pierre Arditi tiene 77 años, con lo que le saca casi 30 a su ex en el filme, Gainsbourg, y 50 a la becaria- la emergente y carismática Camille Razat – que se convierte en su nueva compañera y madre de su bebé.

Ni como crítica de un hombre cínico y sin escrúpulos, de un burgués ilustrado presuntamente progresista y modelo amatorio del hijo se sostiene… Así que las mejores intenciones del relato se le han vuelto en contra al cineasta, en opinión de esta firmante, pese a la impecable factura de su producto…

…Una producción francesa fechada en 2021, de 138 minutos de metraje, del que sobran al menos 30, escrita por el propio director y su guionista habitual Yaël Langmann, sobre la novela de Karine Tuil que quien esto suscribe no ha leído. Muy bien fotografiada por Rémy Chevrin y con una banda sonora que subraya lo narrado firmada por Mathieu Lamboley. Ya se ha citado a parte del reparto, pero hay que destacar a quienes encarnan a los personajes centrales Ben Attal, hijo del cineasta, y sobre todo Suzanne Jouannet.

Todo lo escrito aquí tendrán ocasión de comprobarlo, de coincidir o discrepar con esta firmante, viéndola.

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