‘Lincoln’: In Freedom we trust

Muchas son las visiones que ha dado el cine del carismático y fundamental presidente norteamericano, Abraham Lincoln. Incluyendo la extravagante del ruso Timur Bekmambetov, que lo sitúa como cazavampiros. Y en cuanto a sus intérpretes, destacamos a Walter Huston, John Carradine y Raymond Massey. Pero, sobre todos, al gran Henry Fonda de ‘El joven Lincoln’, a las órdenes del maestro John Ford.

Ahora Steven Spielberg recoge el testigo y, basándose en el libro de Doris Kearns Goodwin, con guión de Tony Kushner, aborda los últimos meses de la contienda civil norteamericana y de la presidencia y la propia vida del personaje, a manos de John Wilkes Booth. Con un metraje de 149 minutos, incide especialmente en la esencial aprobación de la  decimotercera enmienda. La misma que el 31 de enero de 1865 aboliera oficialmente la esclavitud en Norteamérica . Aunque los distintos Estados la ratificaran más tarde. Mississippi no lo hizo, por ejemplo, hasta… ¡1995!.

Así que gran parte del relato describe la búsqueda a la desesperada de los veinte votos cruciales que decidieron la votación, incluso con métodos heterodoxos y dudosamente legales. Pero no únicamente. También dibuja el talante y la personalidad del protagonista, no sólo en su esfera pública, sino también en la privada. Sus no siempre fáciles relaciones conyugales, y las paterno-filiales, por otro lado tan caras al realizador.

Y lo hace sin reparar en medios, con una producción cuidadísima y una excelente factura . Como lo es también el trabajo de investigación exhaustivo, que le llevó varios años, para plasmar un verdadero fresco de una época histórica clave para decidir el destino de su país. A pesar de lo cual, el profesor y maestro Vicenç Navarro le reprocha en un lúcido artículo de Público, ‘Lo que Spielberg no cuenta sobre Lincoln’, que no diera cuenta de las simpatías genuinamente socialistas del presidente y de su admiración por Marx y sus ideas.

Pese a tal carencia, que hubiera enriquecido a la historia y al personaje, Spielberg se ha empleado a fondo. Incluso ha llegado a negarse a sí mismo, a sus más conocidas señas de identidad, para someter su estilo a un severo autocontrol, en aras de procurar una narración clásica, densamente política, reverencial y solemne, en la que no faltan, sin embargo, rasgos de humor y ternura. Con la complicidad de un apabullante equipo técnico-artístico en el que destacamos la música de John Williams, la fotografía de Janusz Kaminski y las interpretaciones de Daniel Day-Lewis – prodigiosa composición, el Oscar será suyo – Sally Field o Tommy Lee Jones, por reseñar sólo a los más celebrados de un destacado e impecable reparto.

El resultado es tan majestuoso como prolijo. Sin llegar a aburrir, resulta a veces excesiva en su densidad argumental, en su obsesiva fidelidad a la crónica histórica, aunque dote de suspense y de cierta intensidad a la crucial votación parlamentaria y de cercanía y estaturas humana y moral a su héroe. Pero sabe transmitir su devoción por él y por su causa, nos lleva a su terreno y nos convence. Hay que verla.

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